Ya no se sabe qué es la democracia
No es lo mismo que nuestra vida la gobierne el mercado que el Estado. No es lo mismo el poder de la ley que el poder del dinero. El capital no conoce división de poderes.
No hace muchos años, en 2018, Steven Levitsky publicó, en colaboración con Daniel Ziblatt, un libro titulado Cómo mueren las democracias (How Democracies Die). La ideología de esta obra se nos reitera con frecuencia a través de múltiples medios de comunicación de forma intensa, recurrente e hiperbólica. A veces, su contenido se parece a un relato de terror anglosajón, valga la redundancia. Como si resultaran imprescindibles, necesarias y catequéticas, se nos exhiben sus tesis como un imperativo o programa sin el cual la realidad, la democracia y el siglo XXI no se pueden comprender ni aceptar.
Sin embargo, es posible interpretar nuestro mundo, nuestra política y nuestro segundo milenio cuestionando las tesis de este libro y, sobre todo, explicándolas dialécticamente, desde criterios ajenos e incluso contrarios a las ideas de sus autores.
El planteamiento de Levitsky es muy simple respecto a la democracia: la democracia muere porque un individuo que consigue democráticamente el poder actúa como un dictador y convierte la democracia en un régimen totalitario. La tesis es plana pero atractiva, por verosímil, fácil de orientar en toda dirección geográfica y apta para potenciarla en cualquier momento de la historia. Y desde luego también en nuestro presente. Es una tesis elaborada para que se asuma acríticamente y se la acepte sin mayores cautelas.
Sin embargo, la realidad, la democracia y el siglo XXI son, a mi juicio, superiores a una simplificación de este tipo.
Mi tesis es, de hecho, muy diferente, y desde ella se puede explicar la de Levitsky, mientras que lo contrario no es posible: desde la planicie de los argumentos de Levitsky no se puede plantear ni comprender la complejidad que exige la realidad. Y menos aún la múltiple relación de ideas que moviliza realmente una democracia. Hablemos de la realidad y no de las ficciones que impone la ideología de cada persona o de cada grupo de personas. El mundo no cabe ni en el yo ni en el nosotros. El gremio y el individuo no bastan para explica por sí solos lo que es cosa de todos.
En mi Ensayo sobre el fracaso histórico de la democracia en el siglo XXI. La posmodernidad democrática como medio de destrucción de la libertad y del Estado moderno (2020, 1ª ed., y 2024, 3ª ed.), se sostiene que la democracia, al margen de episodios históricos más o menos mitificados, como la Atenas de Pericles, es el contenido de los Estados de la Edad Contemporánea, y que si los Estados se disuelven o desvanecen en la globalización de un mercado sin límites, la democracia desaparece también, disuelta en el totalitarismo de un mundo sin fronteras ni leyes políticas específicas. No es lo mismo que nuestra vida la gobierne el mercado que el Estado. No es lo mismo el poder de la ley que el poder del dinero. El capital no conoce división de poderes. Ni poderes alternativos al propio, en una lucha constante por el dominio absoluto del contrario.
Cuando el Estado está hipotecado por el mercado, quien manda es el capitalismo global. El derecho mercantil se impone al derecho civil. Considerar que una democracia muere porque cae en manos de un dictador supone ignorar quién mantiene, o cómo se mantiene, económicamente un autócrata. Y, sobre todo, quién está con él y contra él, y por qué y para qué lo está. Argumentar de ese modo es como quedarse mirando al dedo que apunta a la Luna, ignorando los movimientos de la propia Luna.
El mercado no quiere demócratas: quiere consumidores. Los derechos del consumidor caben en una hoja de reclamaciones. Los derechos de un ciudadano exigen una Constitución política, un código civil. No pueden reducirse ―como tampoco la libertad― a un derecho mercantil unilateralmente elaborado por el comercio. Y a la medida de un comercio gestionado por el más fuerte de los mercaderes.
Las ideas de Levitsky, consistentes en considerar enemigos de la democracia a quienes tienen una idea de democracia diferente a la suya propia es extremadamente peligrosa, porque equivale a hablar en términos tales como «la democracia soy yo». Es una paráfrasis de la divisa absolutista de Luis XIV: «el Estado soy yo». Y quien no me obedece a mí está contra mí: o contra la democracia (que es lo mismo, pues «yo soy la democracia»). De este modo, puedes perdonar a tus enemigos, pero nunca debes ni puedes perdonar a los enemigos de la democracia. El imperativo categórico (kantiano) está garantizado y la alienación colectiva completamente asegurada: es exigencia legal indiscutible.
Resulta paradójico, pues, que en nombre de la democracia se pueda hablar en tales términos, y considerar, además, que quien se atreva a hacerlo de forma diferente es, de hecho y de derecho, un enemigo de la democracia, es decir, un enemigo de todos y de todo. Porque, reducido todo a tal simpleza, quien piensa de forma diferente, u original, es un «enemigo» político del poder «democrático», uniformado y global. La globalización proscribe la originalidad. En Estados Unidos, practicar una teoría literaria contraria a las políticamente correctas supone ser reo de anatema. Y en el resto del mundo, dominado por los imperativos de este país, ocurre exactamente lo mismo. Los estudios culturales no han desplazado a los estudios literarios por casualidad. La disolución de la literatura en cultura no es arbitraria ni espontánea: está muy pensada y muy elaborada. La cultura es la invención, sin duda anglosajona, de los pueblos que carecen de literatura.
Sin embargo, la democracia es superior e irreductible a cualquiera de sus ideologías, pues hemos de asumir que varias ideologías forman parte de ella y la integran y constituyen como tal, armoniosa o conflictivamente, de forma legislativa, ejecutiva y judicial (entre otras formas y poderes). El poder económico puede formar una tétrada también. Del mismo modo que las ciencias y las artes. Reducir la democracia a una sola de sus posibles ideologías, de forma exclusiva y excluyente, es algo por completo antidemocrático, y no puede convertirse en divisa democrática de ninguna opción que no incurra en totalitarismo. Adviértase además que la distancia que separa el idealismo del totalitarismo es invisible. Y muy posmoderna.
A mi juicio, las democracias occidentales, que son las únicas que históricamente se han desarrollado tras el absolutismo secularizado de la Ilustración anglosajona, mueren en el siglo XXI, reemplazadas por otro tipo de ordenamiento político, cuyo fundamento no es el Estado, sino el mercado. Un mercado global que ha comprado lo que desde el Renacimiento es el funcionamiento político del Estado moderno y, sobre todo, contemporáneo.
Vincular, como hace el liberalismo idealista, el comercio a la democracia es una ficción. Potencia comercial y mercantil es China, y para este país la democracia es una demostración contundente de degeneración y corrupción políticas que hay que combatir. La China actual es enemiga de la democracia e incompatible con ella, y no por eso ha dejado de ser una potencia comercial de primera magnitud. Y todo apunta a que en unos años será la mayor potencia comercial del planeta. La República Popular China, aliada del comercio, es incompatible con la democracia.
Ya he dicho muchas veces que los ricos no tienen ideología: los ricos tienen dinero. La ideología es la emoción de los pobres. El mercado del siglo XXI, totalitariamente global, ha hecho de la democracia una experiencia política histórica y obsoleta. Prescindible para sus intereses. Porque su continente, el Estado, es un inconveniente para la libertad de los mercados. Los Estados imponen impuestos, aranceles, fronteras… es decir, problemas mercantiles. Un mundo sin fronteras es un espacio mucho más libre. Libre para el comercio, naturalmente, que es quien gestiona este concepto elitista de libertad. Sin embargo, en nuestro siglo XXI, la libertad del consumidor está diseñada por el mercado, no por el trabajador. Y hoy la figura del trabajador es legalmente invisible. Todo es mercado porque el mercado lo es todo. ¿Y la libertad? La libertad lo es para el mercader: frente a otros mercaderes. La libertad se la reparte el comercio entre sí. A ti no te queda ni el aire que respiras.
Con esta explicación no pretendo defender nada, sino explicar lo que hay. Parece que es ya indiferente ―para las personas comunes y corrientes, y también para las supuestamente más inteligentes― lo que ocurra con la democracia, el mercado o el Estado, entre otras cosas porque no puede ser de otro modo, a menos que me engañe a mí mismo, dado que nuestro papel en el mundo es soportar lo que hay, como todo hijo de vecino, y sobrevivir como es posible hacerlo, es decir, sin disponer de poder alguno para cambiar nada. Nos han obligado a que todo nos resulte indiferente, dada la imposibilidad de acción y la interdicción de libertad.
Un problema deja de serlo cuando no podemos resolverlo. Por el momento, tenemos poder para escribir y publicar algunas cosas en algunos medios. Todo ello irrelevante, dicho sea de paso. Lo demás ―esperanzas, expectativas, proyectos, etc.― es teatro y publicidad. Mi papel en el mundo, como el de cualquiera de cuantos me leen, es sobrevivir ante las adversidades que nos rodean. Si alguien se cree Superman, enhorabuena. Ahí tiene el mundo: que cambie lo que quiera. Pero que no olvide esto: la realidad destroza a quien es incompatible con ella. Y en este régimen de incompatibilidades los idealistas son una presa especialmente grata y vulnerable.
El mercado tiene una historia larga. Ha tenido muchos enemigos. Y por el momento ha sobrevivido, lentamente, a todos ellos. Y muy poderosos enemigos: desde la Iglesia, en la Edad Media, hasta el Estado, desde el Renacimiento hasta hoy. Porque hoy, en el siglo XXI, el Estado ya está en manos del mercado. Y ya no es un adversario, sino un heril instrumento al servicio de los intereses del mercado global. Un chico obediente. Es, en realidad, el chico de los recados del mercado global. Como para gestionar una democracia están los Estados del siglo XXI…
Antonio Escohotado sostenía en su trilogía Los enemigos del comercio, a la que he dedicado varios vídeos en mi canal de YouTube, que estos —los enemigos del mercado— eran los comunistas, porque lo prohibían: cancelaban o derogaban el comercio. Por su parte, Paolo Prodi, en su libro Séptimo: no robarás. Hurto y mercado en la historia de Occidente, al que también he dedicado una larga serie de vídeos, considera que los enemigos del comercio son los que hacen trampas e ilegalidades en el ejercicio de las operaciones comerciales y mercantiles. Los que subvierten, violan y transgreden las leyes mercantiles, pues, de este modo, con trampas, el mercado no puede sobrevivir. Para unos, el enemigo es el comunista. Para otros, el enemigo es el tramposo. Para el mercado, sin embargo, el enemigo es el Estado. Levitsky considera, a su vez, que el enemigo es quien tiene de la democracia una idea diferente a la suya propia. Escohotado es anticomunista; Prodi, legalista; Levitsky, absolutista ilustrado. Tú, lector, sé paciente, y ganarás en salud. Yo, por mi parte, me limito a interpretar lo que hay. No tomo partido, porque no tengo poder para hacerlo. Lo que yo digo es irrelevante. Igual que lo que digas tú, por mucho que comentes cada cosa que leas.
Como Levitsky, otros portavoces de esta neoilustración absolutista y totalitaria, pensada globalmente para domesticar al pueblo —a ese vulgo al que desprecian soberana e irracionalmente—, según los intereses de unas élites contra otras élites, llegan a considerar que sólo se puede permitir el voto a aquellas personas que el poder considere inteligentes o aptas, de modo que los disidentes resulten algo así como los «medios seres» de los que hablaba Ramón Gómez de la Serna en su obra teatral homónima. Un espanto espeluznante, desde luego.
La Ilustración —siempre anglosajona— sólo ha producido monstruos. Hay más racionalismo en el Siglo de Oro español que en siglo XVIII europeo. Léase el soneto de Quevedo titulado «Contra los que quieren gobernar el mundo y viven sin gobierno». Los sueños de los ilustrados, como los sueños de los idealistas, sus herederos, sólo provocan realmente insomnio. Y espanto. ¿En dónde está el Quijote de los perilustres ilustrados? Esperamos en vano, tras el siglo XVIII, una altura de pensamiento y de racionalismo literario como el aurisecular de la tradición hispanogrecolatina. No lo habrá, porque no son capaces de él. Nunca tendrán un Quijote. La anglosfera nunca tendrá su Quijote. Entre otras cosas, porque nunca tuvo ―ni tendrá― un Cervantes.
No busquen soluciones en mis palabras. Porque mis palabras son explicaciones, no recetas de magia, aruspicina o presciencia. Observo y constato que la gente persigue ―neurótica― soluciones donde sólo es posible ofrecer explicaciones. Una explicación no es una solución. Del mismo modo que un hecho no es un problema. Y de igual modo que un problema no se resuelve, sino que se transforma.
Lo que para una persona es un problema para otra es solamente un hecho, con frecuencia irrelevante o insignificante. Exigir a una interpretación una solución es lo mismo que exigir a un abogado que gane un pleito solamente por interpretar jurídicamente unos hechos o unos antecedentes de hecho, o exigir igualmente a un médico que sólo con un diagnóstico solucione o cure una enfermedad.
La gente está tan necesitada de soluciones, sobre todo políticas, ideológicas y emocionales, que exige al intérprete la «curación» de sus problemas geopolíticos. Como si los problemas geopolíticos fueran problemas personales. Yo soy un intérprete de la literatura, no el hada madrina que soluciona a la gente problemas ideológicos, emocionales o de cualquier otro tipo. Quien busque soluciones en mis interpretaciones se confunde a sí mismo. Y me confunde a mí con lo que no soy. Quien para sobrevivir necesite confundirse, hará bien en consultar con un psiquiatra o con un filósofo, según pretenda mejorar o porfiar. Yo no soy ni lo uno ni lo otro.
Sobre el autor
Jesús G. Maestro es un profesor y catedrático de Universidad especializado en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, que ha trabajado como teórico y crítico de la literatura y como editor y traductor. Es autor de tres obras de referencia: Crítica de la razón literaria (2017-2025, 25 vols.), Ensayo sobre el fracaso histórico de la democracia en el siglo XXI (2024) y Una filosofía para sobrevivir en el siglo XXI (2025).








Estimado señor
Me ha gustado su comentario , al igual que el texto de Jesús Maestro, todo es susceptible de analizar y enjuiciar.
Pero ha su comentario yo le apunralaria que no me parece que las ideologías sean buenas , las personas deberían aprender a tener a ser responsables lo que supone tener ideas propias y ni ideologías. Toda ideología supone en mayor menor grado estar alienado y seguir a un líder. Evidentemente que el problema es el ser humano , si desaparece el homo sapiens se acaba el problema. Pero eso es algo redundante. Hasta que eso llegue , que llegará , como hacemos para vivir mejor con las imperfecciones y estupideces del ser humano?.
Querido Jesús
Cuando afirmas que "los ricos no tienen ideología: los ricos tienen dinero" y acto seguido que la "ideología es la emoción de los pobres", lo razonable es concluir que no tener ideología es malo y tenerla, bueno. En modo alguno. Depende de qué ideología se tenga. Como dijo el recientemente fallecido Mario Vargas Llosa: hemos pasado de dictaduras militares a dictaduras ideológicas. Ejemplos unos cuantos: Rusia, China, Corea del Norte, Cuba, Nicaragua, etc.
Por lo demás, cuando hacemos referencia al término ideología lo focalizamos exclusivamente en ideología política, esto es, ser de derechas o de izquierdas, no en su concepción más amplia: Conjunto de ideas fundamentales que caracteriza el pensamiento de una persona, colectividad o época, de un movimiento cultural, religioso o político, etcétera.
Por último, el Estado, el mercado el capitalismo, etc. son personas con nombre y apellidos no algo abstracto ergo el problema es, ha sido y seguirá siendo el ser humano