Una semana en Saigón
Tardo más de una hora en pasar el control. No puedo evitar soltar un suspiro de alivio, quizá por la seriedad de la cara del policía, que me recuerda a la de una autoridad perdida en la otrora Europa.
En el avión de Estambul a Ho Chi Minh releí Sesenta semanas en el trópico para ver si más de veinte años después, las descripciones de Escohotado sobre Vietnam seguían vigentes. Tras llegar a la ciudad de Ho Chi Minh, antigua Saigón, veo en el control de pasaportes una cola kilométrica. Tardo más de una hora en pasar el control; saludo (Xin chào) al policía que me atiende, quien no se digna a dirigirme la palabra y, muy serio, rellena mi ficha comprobando el pasaporte. Emplea unos cinco minutos y, con un deje de indiferencia, me devuelve el pasaporte sellado, lo que me permite entrar, recuperar mi maleta facturada y coger un taxi. No puedo evitar soltar un suspiro de alivio, quizá por la seriedad de su cara, que me recuerda a la de una autoridad perdida en la otrora Europa.
El señor Anh, el taxista, habla un inglés bastante aceptable. Le pregunto cómo lo aprendió y me dice que le gustan los videojuegos desde hace más de treinta años y que aprendió inglés con ellos. Me fascina el tráfico de la ciudad; lo definiría como un caos ordenado. Saigón tiene entre 14 y 15 millones de habitantes y unos 9 millones de motocicletas, el medio de transporte más rápido y asequible. El señor Anh me dice que las más baratas las puedes comprar por 1000$ (26 millones de Dong ₫), mientras que las Vespas por unos 4000$ (₫26,400 = $1), me cuenta que son el sueño de todo vietnamita y me asegura tener una Vespa se considera un lujo para el ciudadano común. El salario medio mensual en Vietnam es de unos ₫7.7 (vietnamplus.vn/v) mientras que en Saigón es de ₫9.7 million ($367) (htalentnetgroup.com).
El lunes voy en taxi al laboratorio para trabajar; soy el único no vietnamita en todo el edificio, que tendrá unos 500 empleados. Trabajo con Onah, una mujer de 32 años con más de una década de experiencia en microbiología. Tiene un nivel de inglés intermedio y, a veces, para cuestiones complejas, usamos el traductor. Me sorprende gratamente, ya que se sabe el protocolo de nuestra empresa casi mejor que yo, con una capacidad de análisis y trabajo admirable. Me cuenta que su horario es de 8:00 a 17:00, de lunes a sábado, aunque siempre hace horas extra, ya que “Eurofins paga mejor que otras empresas de la ciudad”. Le pregunto si fichan y me dice que lo hacen con huella dactilar. Calculo que trabaja unas 60–70 horas a la semana, con una eficiencia que me asombra. Me dice que ahorra para en el futuro comprarse una vivienda cuando se case con su prometido, que también es científico.
Comemos a las 12:00: me pide arroz con carne, creo que pollo, y una deliciosa sopa caliente de algas, junto con un zumo de frutas; todo por unos 2 € (62.000 ₫). Me dice que tienen media hora para comer y media hora para la siesta entre las 12:00 y las 13:00. No puedo evitar sonreír cuando, a las 12:30, veo a los vietnamitas apagar las luces de la oficina y echarse a dormir media hora. Fascinante.
Después del trabajo diluvia, pero hace un calor muy húmedo. Tardo dos horas en volver al hotel por el caos del tráfico en un trayecto que, por la mañana, duró 35 minutos. Hacemos un tour por los mercados con dos guías, Wing y Tien Tien, estudiantes de Derecho de 26 y 21 años. Su nivel de inglés es muy bueno; bromean y nos explican la comida local. Wing aprendió inglés viendo películas y habla también algo de francés. Tien me dice que lo aprendió estudiando. Primero nos llevan al mercado de las flores, con puestos interminables. Tien me explica que los girasoles simbolizan alegría y optimismo y que son regalos comunes en los cumpleaños. Las flores las traen de las montañas y son un regalo muy común. Probamos mucha comida: desde la “pizza” vietnamita (bánh tráng nướng) hasta un delicioso estofado de ternera (bò kho) y unos noodles salteados con vegetales y camarones (mì xào tôm rau). La comida callejera es muy buena y barata; casi todo cuesta 1–2 €. Wing me explica que, en la planta baja, las familias cocinan para vender y que, normalmente, viven en la primera planta de esas mismas casas; a veces los restaurantes tienen dos alturas y la familia vive en el tercer piso. Miro el horario del lugar donde comemos: de 6:00 a 22:00, abierto todo el día. Me dice que es más rápido el papeleo para abrir un restaurante en la planta baja de tu casa, que para ser guía turístico, para lo que necesitas un permiso más complicado.
La gente come en la calle, en taburetes muy bajos, de los que en Occidente usarían los niños, y en bancos también muy bajos. Como los vietnamitas tienen, de media, menos altura (168 cm hombres y 156 cm mujeres) que los occidentales, esos taburetes les resultan cómodos. Además, el vietnamita está acostumbrado a descansar en cuclillas, pudiendo aguantar horas en esa posición. El tour termina con un delicioso helado de coco (kem dừa) mientras vemos a una familia beber y cantar karaoke en la calle, una práctica muy común en Vietnam. Todos sonríen; se les ve muy alegres. Al ver que somos extranjeros, la mujer del establecimiento nos regala dos cervezas e invita a brindar a la manera vietnamita: un, dos, tres, dzô.
El martes, después del trabajo, intento encontrar una tienda de seda. Veo vestidos tradicionales áo dài: trajes largos y ajustados con aberturas laterales, usados sobre todo por mujeres. Vietnam produce seda desde hace más de mil años, especialmente en el norte (Hanói) y en Đà Lạt. Después doy varios paseos y descubro un parque con pagodas y música. Para mi sorpresa, suena tango y veo a parejas de vietnamitas de entre 40 y 60 años bailando muy bien; sonrío de oreja a oreja. En menos de cinco minutos empieza a diluviar y una mujer me dice que me resguarde en la pagoda. Como buen extranjero, olvidé el paraguas y me toca esperar a que acabe la lluvia torrencial, que, según me dice la mujer, durará una o dos horas.
El miércoles voy a una librería buscando un libro bilingüe. Encuentro dos interesantes: el primero, Vietnam, A Brief History in Pictures (Lược sử nước Việt bằng tranh); el segundo, Truyện Kiều / The Tale of Kiều (Nguyễn Du). Esta segunda obra es un clásico cuyo autor, Nguyễn Du (1765–1820), fue un gran poeta de la dinastía Nguyễn. Fue proclamado “Đại thi hào dân tộc” (Gran Poeta Nacional) y la UNESCO lo considera patrimonio literario mundial. La obra fue traducida en esta edición por Michael Counsell, británico, sacerdote anglicano y escritor. Me parece admirable que alguien aprenda un idioma tan complejo para traducir un clásico.
El vietnamita pertenece a la familia austroasiática; se parece al jemer y a algunas lenguas minoritarias de Laos y Vietnam. Aunque hoy usa el alfabeto latino, durante más de mil años se escribió con chữ Hán (caracteres chinos) y, más tarde, con chữ Nôm, un sistema de caracteres adaptados al vietnamita. Tiene seis tonos y vocales abiertas, cerradas, largas y cortas, lo que lo hace aún más complejo que el mandarín. El vietnamita y el mandarín se parecen en que no tienen conjugaciones, declinaciones ni género gramatical.
El jueves, aprovechando que es mi primer día libre, hago una excursión a los túneles de Củ Chi. Usados por el Viet Cong, tienen una extensión de unos 250 km y tres niveles; el último alcanza hasta 20 m de profundidad. La razón es que las bombas de los B-52 estadounidenses tenían un alcance de 6 m de profundidad como máximo. Los túneles para turistas se han ampliado un 20% en tamaño, de lo contrario, la mayoría no podríamos entrar de lo pequeños que son.
A veces los soldados pasaban semanas dentro, por lo que tuvieron que construir respiraderos. Además de camuflarlos como termiteros, los guerrilleros esparcían pimienta y chile alrededor de las bocas y orificios de ventilación para saturar el olfato canino, ya que los estadounidenses usaron perros rastreadores. También colocaban jabón y ropa robada a soldados estadounidenses cerca de los accesos y “chimeneas” para “contaminar” el rastro con un olor familiar. Aún con el despliegue de miles de perros rastreadores durante la guerra, estas técnicas, sumadas a las trampas y a la peligrosidad de los túneles, limitaron su eficacia. La red incluía cocinas, pozos, depósitos, salas de reuniones, talleres y quirófanos rudimentarios. Para cocinar sin delatarse, usaban la cocina Hoàng Cầm (un sistema “sin humo” que dispersaba los gases por galerías largas y salidas alejadas) y solían hacerlo al amanecer, para que el humo difuso pareciera bruma matinal. La dieta básica era la tapioca, que nos ofrecieron para probar durante la visita. La vida era dura: escasez de aire, agua y comida; insectos, enfermedades, serpientes; largas estancias sin salir, con salidas nocturnas para abastecerse, y las bombas estadounidenses. El pueblo vietnamita es un pueblo muy duro. Antes de irme le pregunto al guía qué opina sobre Ho Chi Minh y me dice: “Fue un gran líder”.
Después de los túneles voy al Museo del Ejército. Allí se explica la historia de la Guerra de Vietnam (1955–1975) con muchos detalles, como la cantidad y tipos de bombas que usó EE. UU. También se exponen los agentes Naranja (mezcla 2,4-D y 2,4,5-T, contaminada con dioxina TCDD), Blanco (2,4-D + picloram) y Azul (ácido arsénico), el fósforo blanco y otras armas químicas, con paneles que explican su uso en la Operación Ranch Hand (1962–1971), cuando la USAF roció unos 19 millones de galones de herbicidas sobre Vietnam. Las malformaciones congénitas derivadas de estos agentes, junto con estudios toxicológicos y epigenéticos sobre TCDD, provocaron daños genéticos en los vietnamitas en hasta cuatro generaciones.
Recomiendo ver las fotografías de la exposición Requiem: By the Photographers Who Died in Vietnam and Indochina, comisariada por Tim Page y Horst Faas, con obras de Larry Burrows, Robert Capa, Henri Huet, Kyoichi Sawada, Sean Flynn, Dana Stone, Gilles Caron, Kent Potter o Keisaburo Shimamoto. Hay tres fotografías ganadoras del Premio Pulitzer: The Terror of War, Napalm Girl de Nick Ut; Saigon Execution, de Eddie Adams y Flee/Flight to Safety, de Kyōichi Sawada.
El viernes me despido de Onah, que está contenta porque los experimentos funcionaron. Me cuenta que se casará el año que viene a los 33 años, ya que en Vietnam no se suele vivir con tu pareja hasta casarte, algo bastante común en Asia. Me regala comida local y un llavero por recomendación de su prometido. Se lo agradezco de corazón. Hago un tour en Vespa y, por fin, entiendo por qué se usan mascarillas al conducir. La contaminación que se respira cuando uno tiene que moverse por Saigón es muy alta. En trayectos urbanos, motoristas y ciclistas registran las mayores exposiciones a partículas ultrafinas (UFP), mayor superficie depositada pulmonar y más ruido. Por ejemplo, un estudio de series temporales encontró un +3 % de hospitalizaciones por cada +10 μg/m³ de PM2,5 (Thuong et al., 2022).
El sábado voy a Núi Bà Đen (Tây Ninh), el pico más alto del sur de Vietnam que tiene unos 1000m, con pagodas y santuarios repartidos por la ladera. Es un santuario budista dedicado a Bà Đen o Linh Sơn Thánh Mẫu (la “Dama Negra”). También visito el templo Cao Đài, cuna del caodaísmo, fe sincrética vietnamita que integra budismo, taoísmo y confucianismo. Su emblema central es el Ojo Divino dentro de un triángulo, representación del Ser Supremo que “todo lo ve”. Me sorprende ver un cuadro con Víctor Hugo junto a Sun Yat-sen, líder revolucionario chino, y Nguyễn Bỉnh Khiêm, poeta y erudito vietnamita.
El domingo visito el Palacio de la Reunificación, cuyas verjas fueron derribadas el 30 de abril de 1975 por los tanques 843 y 390 del Ejército norvietnamita, y que se ha convertido en un símbolo del fin de la guerra y de la caída de Saigón. Ya en el aeropuerto, le pido a un señor vietnamita que me cuide las maletas un segundo. Tengo que usar el traductor, porque solo sabe decir “okay” en inglés. Me cuenta que es policía, como su padre y como los también son sus hijos, y que le gusta jugar al tenis, igual que a mí. Le digo que debe de estar muy orgulloso y me responde que “todo país tiene una historia de la que sentirse orgulloso”. Le comento que en España se ha perdido ese sentido del orgullo por nuestra historia y me mira con sorpresa. Me intenta invitar a cenar junto a su mujer en el aeropuerto, pero me niego educadamente. Me da su contacto y me dice que, si regreso, me invita a cenar a su casa con su familia y a jugar al tenis. Me desea alegría y paz y me despido, con mucha amabilidad, camino del control de pasaportes.
Sobre el autor
Gonzalo Saiz Gonzalo (1995, Irún) es un biólogo con doctorado por el Departamento de Medicina de la Universidad de Cork. Actualmente trabaja de investigador en Anabio Technologies, Cork, Irlanda. Es aficionado a la poesía y a la literatura.








Ciertamente, Vietnam es otra cultura. La guerra entre el norte y el sur les marcó.