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Querido David:

Es un alivio refrescante, lo digo sin ironía, encontrar a alguien que escribe sin pedir permiso, que arriesga afirmaciones sin el miedo pusilánime al qué dirán. Ya eso basta hoy para considerarte un heterodoxo, aunque me temo que tus reflexiones, lúcidas en varios tramos, acaban encallando en las aguas estancadas de la nostalgia por una pureza anterior que nunca existió.

Dices que la democracia es un totalitarismo encubierto, un mecanismo protestante de homogeneización disfrazado de contrato social. Que ha servido para exterminar pueblos en nombre de la ciudadanía, y que el demos no somos nosotros, sino las oligarquías partitocráticas y los monopolios del buenismo global. En parte tienes razón. Pero reducir la democracia a eso es como reducir el amor al matrimonio burgués del siglo XIX. Lo degenerado no invalida lo genuino.

Confundes el síntoma con la enfermedad, y la enfermedad con el huésped. Democracia no es votar cada cuatro años ni es Feijóo, ni Puigdemont, ni siquiera Putin con su “democracia soberana”. No es Rousseau, tampoco. Es más vieja, más peligrosa y más exigente. Democracia, si ha de valer algo, no es gobierno del pueblo sino ejercicio del individuo. Un individuo que no delega su criterio en papas, pastores, ni pedagogos del espíritu.

Ahora bien, si el antídoto que propones al “totalitarismo democrático” es resucitar la teología política del De Rege de Juan de Mariana, permíteme alzar una ceja. Sí, el jesuita defendía el regicidio como acto de justicia frente a tiranos. Pero no olvides que detrás del regicidio muchas veces acechaba el sacerdote, es decir, el poder que bendice el puñal si es por la causa justa. Has leído con pasión la Rerum Novarum y ves en León XIII un héroe solitario que enfrentó al liberalismo y al socialismo desde una tercera vía, distributista y tomista. Bien. Pero no idealices, ya que el Estado moderno, ese que acusas de mutilar a la familia, fue también la tabla de salvación frente a familias que usaban la propiedad no como abrigo, sino como mazmorra.

Tampoco puedo dejar pasar tu caracterización de Kojève como “carnicero hegeliano”. Con todo respeto: ahí te pasas de frenada. Kojève era un genio. Uno de esos escasísimos pensadores que supieron leer a Hegel sin quedar atrapados en su dialéctica como moscas en ámbar. Su lectura del fin de la historia no es una apología del conformismo tecnocrático, sino una advertencia: una vez cumplido el proceso dialéctico, el hombre corre el riesgo de disolverse en la burocracia de lo idéntico. Que su idea fuera cooptada por Fukuyama o los burócratas de Bruselas no lo convierte en verdugo, sino en Casandra. Que Kojève trabajara como funcionario no lo hace menos filósofo, del mismo modo que Cicerón no dejó de ser sabio por haber sido cónsul.

Y a pesar de tu crítica brillante y feroz a la religión democrática, se te escapa un detalle fundamental y es que la democracia no ha matado al republicanismo. Lo ha suplantado, sí, pero solo porque el republicanismo no ha sabido renovarse. Mientras tú propones regresar al De Rege, la maquinaria democrática sigue avanzando porque, al menos en la superficie, promete algo que la mayoría necesita creer: participación, dignidad, pertenencia. Que sea mentira es otra cosa. Pero frente a la mentira, la nostalgia no basta. Hace falta una ética del coraje y del límite. Algo más próximo al estoicismo cívico que al altar de Trento.

Por eso te invito a mirar con ironía lo que veneras, y con compasión lo que detestas. Te espanta la alegría de la izquierda imperial por León XIV. Bien. Pero no caigas tú en la trampa simétrica de celebrar al nuevo Papa solo porque parece antitético al progresismo siliconado. Que León XIV cite a León XIII no garantiza que entienda el momento. El problema no es que haya progresistas o conservadores. El problema es que todo se ha convertido en etiqueta y eslogan. Y mientras se juega esa guerra de etiquetas, los verdaderos dueños de la realidad, los que controlan datos, algoritmos y deuda, ni se inmutan.

Dices que democracia es superstición. ¿Y qué no lo es? El comunismo lo fue, el fascismo lo fue, el nacionalismo lo sigue siendo. La superstición no es un régimen, es la incapacidad de pensar más allá de la tribu. Por eso no hay régimen inmune. Lo único que puede inocularnos contra la superstición es la crítica constante, la duda metódica, el esfuerzo individual por distinguir entre el símbolo y la sustancia.

Me quedo con algo que apuntas casi sin querer: la posibilidad de que el nuevo Papa quiera enfrentar la Revolución Digital como León XIII enfrentó la Revolución Industrial. Si eso es cierto, habrá que escucharlo. Pero no por nostalgia, sino porque quizá nos esté diciendo, entre líneas, que aún queda una grieta por la que colarse, una rendija en la máquina, un espacio donde el hombre no sea todavía un terminal de redes neuronales artificiales.

Mientras tanto, sigamos defendiendo lo único que nos queda: el derecho a pensar sin permiso.

Con cordial escepticismo,

Gonzalo Saiz

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