Ser conservador y progresista o no ser (sobre el Papa León XIV)
La democracia moderna ha sido desde sus inicios napoleónicos una forma de totalitarismo que ha intentado exterminar poblaciones con la excusa de homogeneizar a la ciudadanía.
No he encontrado ni el tiempo ni la manera de hacerlo, pero desde hace algo más de una semana quiero escribir un texto que se pregunte si la democracia no se ha convertido para nosotros en una forma de superstición que nos somete a los intereses de aquellos que dicen tener la fuerza (la “cracia”) del demos o pueblo. A poco que lo piensen se darán cuenta de que la democracia es una trampa contractualista propia de la sociedad protestante de mercado en la que todos vivimos desde hace casi trescientos años, que hace que el pueblo no seamos los ciudadanos, sino los partidos y sindicatos (la partitocracia), pero también las grandes empresas monopolísticas (el filantrocapitalismo). De hecho, según la doctrina defendida por el anarco-calavera Hayek y su círculo de creyentes, el mercado es la mayor forma de democracia, en tanto en cuanto somos los ciudadanos los que decidimos a todo momento y en tiempo real, mediante una compra que equivale a un voto, qué empresas prosperan y cuáles no, por lo que es perfectamente legítimo, e incluso obligado, que sean estos emporios los que representen orgánicamente nuestros intereses.
El caso es que en mi próximo artículo quiero mostrar que la democracia moderna ha sido desde sus inicios napoleónicos una forma de totalitarismo que ha intentado exterminar poblaciones (el siglo de la democracia es el de los genocidios) con la excusa de homogeneizar a la ciudadanía y crear una especie de estado universal de libres e iguales. Unos quisieron hacerlo según el diseño comunista y otros según el capitalista, pero al final, como anunciaron las tesis sadomasoquistas del fin de la historia de Kojève (y de Fukuyama) ambos modelos se han entendido muy bien y se han fusionado mediante una gran OPA como la que pretende hacer el BBVA al Sabadell solo que ejercida sobre la indefensa ciudadanía.
La democracia moderna jamás ha tenido nada que ver con promover el disenso, la tolerancia y mucho menos la esfera pública habermasiana. Prueba de que la democracia es un timo, una especie de palio para esconder las intenciones más descerebradas, está en que todos la defienden, sean Feijóo, Otegi, Sánchez, Putin (“democracia soberana”), Susanna Griso, Franco (“democracia orgánica”) Puigdemont, los jémeres rojos (la Kampuchea democrática) o las más lindas y suizas muchachas cuperas (¡ay, que suspiros tengo lanzado yo—y un compañero de Brownstone— a la indiferente pantalla viendo a Anna Gabriel, la donna angelicata del anarquismo democrático y animalista!). En resumidas cuentas, que les prometo para la próxima semana un texto de crítica a la democracia y les adelanto que acabo concluyendo que la Unión Europea, diseñada en gran medida por un carnicero hegeliano como Kojève, es la forma suprema de la democracia (y que tenemos, en consecuencia, que tener miedo y estar preparados para lo que venga).
Pero el caso es que tengo que escribir el artículo de esta semana, y tras mucha contaminación mediática con respecto al cónclave que ha acabado eligiendo a León XIV como Papa, quería compartir ciertas reflexiones al respecto. Digamos que me he asustado escuchando los razonamientos de personas expertas, que tanto defendían que la elección del Papa debía ser entre todos los católicos del orbe como que el nuevo patrón de la barca de Pedro tenía que ser progresista sí o sí. Esto último no es algo que me haya sorprendido, porque hoy en día ser progresista es lo mismo que hace setenta años defender la castidad hasta el matrimonio o la necesidad de llevar un cilicio en el muslo cada vez que uno quisiese darse un pequeño placer cotidiano como comerse una bomba de crema o beberse un Málaga Virgen. Es decir, ser hoy en día progresista y cantarle el Aleluya a todas las diabluras protestantes de liberadora auto-determinación—desde el divorcio hasta el matrimonio homosexual pasando por el aborto o la eutanasia—es reaccionario.
Sí que me ha pasmado, sin embargo, la alegría de la izquierda imperial madrileña (Sumar y Podemos, si es que no me han entendido) con la elección de León XIV como Papa. Los opinadores más ilustrados—lectores todos de solapa y tutorial de youtube—aseguran que estamos ante un gol por la escuadra al tradicionalismo, pues el nuevo Papa es defensor de la doctrina social de la Iglesia propuesta por León XIII en Rerum Novarum (1891) y es, sin duda alguna, de “izquierdas”. Qué quieren que les diga: no soy un experto en la historia de la Iglesia, pero tengo un mínimo de cultura general al respecto además de mi vetusta edición de la Historia de los Papas de Ranke, y si hay un texto que me he leído varias veces es precisamente el Rerum Novarum de León XIII, por lo que mi desconcierto es abracadabrante. Si algo hace esta encíclica es someter a una feroz crítica tanto al liberalismo como al socialismo, dejando claro que ni la propiedad privada es una invención del primero ni la justicia social del segundo, sino que tanto el uno como el otro destruyen la propiedad privada para la mayoría, así como la noción de bien común.
Sin recurrir a sofismas ni a medias tintas, León XIII denuncia que “un número sumamente reducido de opulentos y adinerados ha impuesto poco menos que el yugo de la esclavitud a una muchedumbre infinita de proletarios”. “Para solucionar este mal”—alerta—“los socialistas, atizando el odio de los indigentes contra los ricos (…) empeoran la situación de los obreros todos, en cuanto tratan de transferir los bienes de los particulares a la comunidad (…) despojando [a estos] de la esperanza y de la facultad de aumentar los bienes familiares y de procurarse utilidades”. La solución que León XIII propone a este falso dilema ideológico entre liberalismo y socialismo es una teoría de justicia social derivada de Santo Tomás de Aquino denominada distribucionismo, que consiste en “defender por igual a todas las clases sociales observando inviolablemente la justicia llamada distributiva”.
Para León XIII la propiedad privada es indisociable de la Humanidad porque es aquello que diferencia al ser humano del animal. De hecho, debido a su racionalidad “es de necesidad conceder al hombre no sólo el uso de los bienes, cosa común a todos los animales, sino también el poseerlos con derecho estable y permanente”. Una sociedad de seres humanos sin propiedad—sea por el estatalismo desbocado del socialismo o por la expropiación masiva llevada a cabo por el liberalismo—no sería una sociedad justa porque atacaría la base de todo orden social: la familia.
Si hay algo que preocupa a León XIII es la destrucción que la modernidad está llevando a cabo de “la familia o sociedad doméstica”, que define como “bien pequeña, es cierto, pero verdadera sociedad y más antigua que cualquiera otra, la cual es de absoluta necesidad que tenga unos derechos y unos deberes propios, totalmente independientes de la potestad civil”. La moderación del Santo Padre desaparece en este punto y se convierte en espíritu guerrero, pues llega a legitimar la rebelión contra todo estado que tenga como finalidad sacar poder a las familias:
(…) siendo la familia lógica y realmente anterior a la sociedad civil, se sigue que sus derechos y deberes son también anteriores y más naturales. Pues si los ciudadanos, si las familias, hechos partícipes de la convivencia y sociedad humanas, encontraran en los poderes públicos perjuicio en vez de ayuda, un cercenamiento de sus derechos más bien que una tutela de los mismos, la sociedad sería, más que deseable, digna de repulsa (…) Querer, por consiguiente, que la potestad civil penetre a su arbitrio hasta la intimidad de los hogares es un error grave y pernicioso.
¿Podemos afirmar campanudamente, por lo tanto, como hace la diácona priscilianista Yolanda Díaz y sus palmeros que León XIV, al reclamar el legado de León XIII, es un papa progresista porque parece querer preocuparse por los pobres? Desde luego que no, porque si hay algo ajeno a León XIII (un Papa heroico entre muchos Papas villanos, mequetrefes y acomodaticios) y a la tradición católica es el marco mental protestante y su división progresista/conservador. La democracia moderna ha invisibilizado la fecunda y plural historia occidental de luchas por el bien común y la justicia social para convertirse en un régimen totalitario que hace imposible el pensamiento político, y que muy probablemente en el futuro será visto como una tiranía al servicio de la Revolución Industrial para justificar la expropiación de poder político y de riqueza—en definitiva, de libertad—a la mayoría.
La democracia ha cometido un gran crimen político: se ha comido al republicanismo. De hecho, si leen textos previos al triunfo de la modernidad protestante que ha marcado a sangre y fuego a la Humanidad durante los últimos trescientos años, se darán cuenta de que para defender el bien común y ampliar derechos antes nadie hablaba de democracia, sino de republicanismo. El cambio terminológico (democracia en lugar de res publica) ha sido catastrófico, pues de lo que se trata ahora es de legitimar un sistema que ya no se preocupa por el bien público—por aquello que nos compete a todos—sino por dar plenos poderes a un pueblo o demos abstracto que, insisto, no somos ni usted ni yo, sino aquellos que nos representan en forma de partitocracia o de monopolios filantrocapitalistas.
Fíjense, por ejemplo, en que no encontrarán democracia que contemple la legítima posibilidad del magnicidio por razones de defensa del interés común y la justicia social, a diferencia de lo que sucedía en el republicanismo que atraviesa la Edad Media y cuaja en un texto como el De Rege (1610) de Juan de Mariana, apologeta del regicidio siempre y cuando el monarca atente contra la res pública (de ahí que, para homenajear a Mariana, llamasen Marianne a la alegoría de la Revolución Francesa, que empezó siendo un fenómeno atado al republicanismo católico del s. 17 para mutar en precursor del totalitarismo democrático protestante que acabó expandiendo, como una mortífera bomba racimo, el código civil napoleónico por todo el planeta). Sin embargo, sí que hallarán en todas las democracias legitimación presuntamente contractualista para la persecución—e incluso aniquilación—de sus ciudadanos y protección aforada de sus dirigentes. Este privilegio de las élites gobernantes frente a la plebe gobernada es, insisto, una rareza moderna.
¿Debemos, entonces, alegrarnos por la elección de León XIV como Papa todos los que defendemos el ideario anti-tecnócrata que se evidencia en un medio como este? Pues quién sabe: en un principio quizás sí, pero de manera muy moderada. Todo dependerá de lo que haga el Sumo Pontífice pero ante la posibilidad de que hubiese llegado un impulsor del poshumanismo al Vaticano es una buena señal que León XIV asegure que “el mal no prevalecerá” y explique que ha escogido su nombre para hacer lo que León XIII con respecto a la Revolución Industrial, solo que en relación a la Revolución Digital y a la tiranía poshumana de la Inteligencia Artificial. De hecho, si algo destaca en la Rerum Novarum de León XIII es la defensa del trabajo como un derecho humano que debe ser tanto asegurado como regulado. Si hay en estos felices tiempos huxleyianos algo que esté amenazado es precisamente el trabajo y, por ello, la misma dignidad humana.
Hay otro elemento para la esperanza, aunque resulte entre pedante y esotérico referirlo. León XIII, el que presuponemos que es el gran ejemplo para León XIV, fue un Papa furibundamente anti-hegeliano, que en Aeterne Patris (1879) propuso la filosofía de Santo Tomás de Aquino como el pensamiento verdaderamente racional a recuperar en la crisis espiritual, política e ideológica de finales del s. XIX (de ahí su apuesta, por ejemplo, por la justicia distributiva o doctrina social de la Iglesia). Hegel es el inventor del mito del Amo y el Esclavo y, en definitiva, de esa fábula supremacista y protestante (ajena por completo al igualitarista pensamiento católico) que habla de una lucha por el autoreconocimiento que cuaje en la figura de un ciudadano que ha de identificarse plenamente y sin resquicios con el Estado. Como les explicaré la próxima semana, la recuperación de la cordura solo puede ser anti-hegeliana por lo que esperamos que el nuevo Papa ahonde en esta vía sin complejos modernos.
Por la misma razón, solo podemos aplaudir que León XIV lleve en su pecho una cruz que contiene reliquias de santos, entre las que destacan no solo las de un obispo español martirizado en una guerra moderna y hegeliana como fue la Guerra Civil, sino las de Giusseppe B. Menocchio, el obispo italiano que se negó a jurar fidelidad a Napoleón y sus “demócratas” intentos de crear un estado universal homogéneo.
Por último, les cuento algo que me ha pasado hoy y que evidencia que la locura moderno-protestante-democrática está llegando ya muy lejos y que necesitamos recuperar el sentido común y hasta cierta noción de identidad. Iba de camino con mi hijo mediano a cortar el pelo y, al cruzar la calle, nos encontramos con un señor de apariencia extranjera silbando alegremente y meando contra un contenedor. Pensé que podría ser algún alemán de los que vienen en caravana a pasar unos días a un camping que hay enfrente de la praia da Corna, el arenal principal de nuestro pueblo. El incauto de mi hijo, que solo tiene cinco años, me dijo con toda la inocencia del mundo:
—Papá, a ese señor se le ve el pajarito.
El cincuentón playero, que era idéntico a Friedrich Merz, el nuevo canciller alemán, se giró de manera brusca y manteniendo la chorra en la mano empezó a gritarnos.
—No es un pajarrrito, payaso, es un águila imperrrial—le vociferó al pobre de mi hijo.
Se acercó a nosotros, nos mostró unos tatuajes con calaveras y estrellitas europeas que llevaba en el pecho y nos amonestó por referirnos de esa manera a su miembro. Nos dijo que en Alemania ya se estaba discutiendo hacer obligatoria una instrucción militar para los hombres como en Polonia. Aseguró que la guerra contra los rusos era inminente y que era responsabilidad de todos los europeos defender la democracia, incluso para aquellos como nosotros que solo nos dedicábamos a gastar y a beber y que no sabíamos lo que valía un hombre. Se puso tan violento que tuve que llamar a la policía. Llegaron los nacionales, a los que también insultó, mientras informaba a los pocos vecinos presentes de que había venido a la Ría de Arousa porque le habían dicho que aquí había descendientes de los germanos y los celtas pero que se estaba encontrando solo con nenazas y con cobardes africanos.
—La democrrracia eurrropea—chillaba, mientras se lo llevaban esposado—.La democrrracia. Hay que defenderrr la democrrracia.
Sobre el autor
David Souto Alcalde es escritor y doctor en Estudios Hispánicos por la Universidad de Nueva York (NYU). Ha sido profesor de cultura temprano moderna en varias universidades estadounidenses. Especializado en la historia del republicanismo y en las relaciones entre política, filosofía y literatura, en los últimos años se ha centrado en explorar los fundamentos del autoritarismo contemporáneo: tecnocracia, poshumanismo y globalismo. Es colaborador habitual de distintos medios y miembro fundador de Brownstone España.





Querido David:
Es un alivio refrescante, lo digo sin ironía, encontrar a alguien que escribe sin pedir permiso, que arriesga afirmaciones sin el miedo pusilánime al qué dirán. Ya eso basta hoy para considerarte un heterodoxo, aunque me temo que tus reflexiones, lúcidas en varios tramos, acaban encallando en las aguas estancadas de la nostalgia por una pureza anterior que nunca existió.
Dices que la democracia es un totalitarismo encubierto, un mecanismo protestante de homogeneización disfrazado de contrato social. Que ha servido para exterminar pueblos en nombre de la ciudadanía, y que el demos no somos nosotros, sino las oligarquías partitocráticas y los monopolios del buenismo global. En parte tienes razón. Pero reducir la democracia a eso es como reducir el amor al matrimonio burgués del siglo XIX. Lo degenerado no invalida lo genuino.
Confundes el síntoma con la enfermedad, y la enfermedad con el huésped. Democracia no es votar cada cuatro años ni es Feijóo, ni Puigdemont, ni siquiera Putin con su “democracia soberana”. No es Rousseau, tampoco. Es más vieja, más peligrosa y más exigente. Democracia, si ha de valer algo, no es gobierno del pueblo sino ejercicio del individuo. Un individuo que no delega su criterio en papas, pastores, ni pedagogos del espíritu.
Ahora bien, si el antídoto que propones al “totalitarismo democrático” es resucitar la teología política del De Rege de Juan de Mariana, permíteme alzar una ceja. Sí, el jesuita defendía el regicidio como acto de justicia frente a tiranos. Pero no olvides que detrás del regicidio muchas veces acechaba el sacerdote, es decir, el poder que bendice el puñal si es por la causa justa. Has leído con pasión la Rerum Novarum y ves en León XIII un héroe solitario que enfrentó al liberalismo y al socialismo desde una tercera vía, distributista y tomista. Bien. Pero no idealices, ya que el Estado moderno, ese que acusas de mutilar a la familia, fue también la tabla de salvación frente a familias que usaban la propiedad no como abrigo, sino como mazmorra.
Tampoco puedo dejar pasar tu caracterización de Kojève como “carnicero hegeliano”. Con todo respeto: ahí te pasas de frenada. Kojève era un genio. Uno de esos escasísimos pensadores que supieron leer a Hegel sin quedar atrapados en su dialéctica como moscas en ámbar. Su lectura del fin de la historia no es una apología del conformismo tecnocrático, sino una advertencia: una vez cumplido el proceso dialéctico, el hombre corre el riesgo de disolverse en la burocracia de lo idéntico. Que su idea fuera cooptada por Fukuyama o los burócratas de Bruselas no lo convierte en verdugo, sino en Casandra. Que Kojève trabajara como funcionario no lo hace menos filósofo, del mismo modo que Cicerón no dejó de ser sabio por haber sido cónsul.
Y a pesar de tu crítica brillante y feroz a la religión democrática, se te escapa un detalle fundamental y es que la democracia no ha matado al republicanismo. Lo ha suplantado, sí, pero solo porque el republicanismo no ha sabido renovarse. Mientras tú propones regresar al De Rege, la maquinaria democrática sigue avanzando porque, al menos en la superficie, promete algo que la mayoría necesita creer: participación, dignidad, pertenencia. Que sea mentira es otra cosa. Pero frente a la mentira, la nostalgia no basta. Hace falta una ética del coraje y del límite. Algo más próximo al estoicismo cívico que al altar de Trento.
Por eso te invito a mirar con ironía lo que veneras, y con compasión lo que detestas. Te espanta la alegría de la izquierda imperial por León XIV. Bien. Pero no caigas tú en la trampa simétrica de celebrar al nuevo Papa solo porque parece antitético al progresismo siliconado. Que León XIV cite a León XIII no garantiza que entienda el momento. El problema no es que haya progresistas o conservadores. El problema es que todo se ha convertido en etiqueta y eslogan. Y mientras se juega esa guerra de etiquetas, los verdaderos dueños de la realidad, los que controlan datos, algoritmos y deuda, ni se inmutan.
Dices que democracia es superstición. ¿Y qué no lo es? El comunismo lo fue, el fascismo lo fue, el nacionalismo lo sigue siendo. La superstición no es un régimen, es la incapacidad de pensar más allá de la tribu. Por eso no hay régimen inmune. Lo único que puede inocularnos contra la superstición es la crítica constante, la duda metódica, el esfuerzo individual por distinguir entre el símbolo y la sustancia.
Me quedo con algo que apuntas casi sin querer: la posibilidad de que el nuevo Papa quiera enfrentar la Revolución Digital como León XIII enfrentó la Revolución Industrial. Si eso es cierto, habrá que escucharlo. Pero no por nostalgia, sino porque quizá nos esté diciendo, entre líneas, que aún queda una grieta por la que colarse, una rendija en la máquina, un espacio donde el hombre no sea todavía un terminal de redes neuronales artificiales.
Mientras tanto, sigamos defendiendo lo único que nos queda: el derecho a pensar sin permiso.
Con cordial escepticismo,
Gonzalo Saiz