Llámame «facha»
Distinción entre profesor y progresor, entre quien se dedica a enseñar literatura y quien la inmunda en una lucha cainita y corrupta.
Gustavo Bueno contaba que la definición de hombre que más le gustaba era la que dio el ínclito Hesíodo tanto en su Teogonía como en Los trabajos y los días, pues, en ambas obras, el poeta campesino se había referido –como también lo hicieron Homero, el Educador de Grecia, y otras autoridades disparejas– al hecho singular de que el hombre es el animal que come pan.
Si a nosotros nos preguntasen qué es un progresor de literatura, le daríamos a nuestro interlocutor dos respuestas que hacen una. La primera, que merece el ordinal por su exactitud matemática y su verdad esencial, reza que el progresor es «el animal que dice facha». La segunda, la encontrará, usted, lector, en la semblanza que, a continuación, le ofrecemos de esta especie charlatana del género sepelio. Para su redacción hemos contado con la ayuda de una musa juntaletras, armada con una escopeta de feria, que adolece de una irrefrenable tendencia a darles cuartelillo a los excesos del ripio y la similicadencia.
Semblanza del progresor de literatura
Cayó la Unión Soviética debido a múltiples factores y hubo, entonces, quien extrajo conclusiones y se avino al realismo contante y sonante que explicaba aquel cataclismo, pero hubo, también, un gran tropel de idealistas contumaces que quisieron ganar en unidades de virtud cuanto los números rojos habían destruido en los balances ataúd de aquel Estado descosido y roto. A nosotros, todo esto nos sucedió en Suresnes: allí el marxismo patrio se trocó en socialdemocracia y, de los múltiples alumbramientos ipsofactos que en aquella ocasión se dieron, destaca el de los profesores que se imbuyeron de utopía y moralismo y se tornaron progresores trascendentes de estas causas funcionarios.
El progresor es el nieto más rana del término camarada, un tipo que, por obra de la Gracia mercante, ha expiado sus pecados contables, pero que, como ve que ya no puede perorar de economía, se ha vuelto latifundista del mesianismo moral y la utopía pamplina. Aquel que ayer fue retoño de la purga y la checa, hoy blande la bandera de la Heidi-filantropía y la de ese idealismo bobalicón de querer hacer borrón a cuanto ha habido hasta ahora para que un presunto homo novus inicie la cuenta nueva de una nueva Edad de Oro; pero es que además nuestro progresor también blande la bandera de una idea fullera de moral, el palabro-comodín que le permite seducir a los incautos que estudian ideología de lluvia tras los cristales de Hamelín.
El progresor aborrece el dinero que disfruta porque en ese dinero está escondida la victoria del capital sobre los sueños aureolares que los progresores les birlaron, con dolo, a sus padres; por eso, goza y sufre cada paga que acapara porque todas tienen su cosa de elixir y estreptococo, de connivencia con el leñador que segó su árbol ideológico con la motosierra burguesa y el oprobio. Y esto no se le escapa, pero, ¿plantearle, él, una moción de coherencia a su dismorfia financiera?, ¡ni modo ni manera! Para darle carpetazo a la cuestión, el progresor ha decidido aplicarle al asunto una mano de cinismo y pasarse por el forro de los cojones las putas contradicciones.
Los progresores viven como quieren, aunque, al mismo tiempo, su vida es un goteo de minutos de miedo peliculero, pues, en su delirio 24/7, temen que el lobo carcacasposo, con su aullido italogermano, pueda socavar los cimientos del chollo universitario. Pero lo que más temen los progresores es que llegue un día en que ya no puedan soñar de día y sus monsergas-matraca se tengan que enfrentar a la insufrible realidad de unos Campos de Criptana con los diez molinos de viento que ellos siempre habían creído gigantes ultraderechos. Su figurado sinvivir, que es su forma cojonuda de sufrir, instruye las horas que los progresores cobran sin pesar en sus nóminas y esta suerte de contrariedad, este alegre disgusto, se refleja en las clases-embudo que estos valientes neoalbigenses dedican a la guerra.
Entiende el progresor de literatura que esta debe fijar y dar esplendor al impoluto error de los alumnos inmaduros que sueñan políticas a por uvas y fantasías paparruchas detrás de la inopia de detrás del espejo de la tonta de Alicia que le echó queroseno al engaño idealista y, alentado por este impulso anacoluto, les suelta unas clases-mogollón de consignas sin seso que causan en los inteligentes un grandísimo estupor. Incluso las paredes de la uni, tantos años expuestas a lecciones tutifruti, se horrorizan al escuchar los sermones pancarteros que el Perpetuum (progre) immobile despacha sin pensar, y, tanto ha ido el zángano a la muerte, que se ve que ha habido desconchones a mansalva, que es la forma en la que el yeso quiere largarse del aula.
Todo lo que el progresor enseña en su carrera profesional es que hay unos fachas muy malos que son más malos que el Mal. Frente al enemigo que él ha decidido, el progresor de literatura-barricada se lanza a una batalla fantasma para proteger la libertad de su alumnado al tiempo que obtiene carta blanca para no enseñarle nada, que en esto consiste el rollo de levantarse uno en armas contra soldados del NO-DO.
Contra las ovejas y carneros que el progresor se figura Balones de Oro Excellence de La Liga de fascistas Adrenalyn XL, el progresor enfrenta unas clases de literatura indecente que son sumarios cerrados de interpretaciones majaretas para que sus alumnos aprendan la verdad antifascista que anida en el buen sentido de las buenas Letras.
El progresor previene a sus alumnos del peligro que suponemos los malvados familiares, vecinos, profesores, colegas y amigos de la infancia que, según él y a pesar de los vínculos que nos hermanan, queremos exterminarlos al modo patriarcal, con una saña inusitada y causándoles el daño fatal de acabarles la vida de forma definitiva, mortuoria y homicida. Contra nosotros, los esbirros de Moloch, la cofradía de la fascilatría, los más sádicos de la sadería –que, a despecho de la cronología, él nos percibe como déspotas presentes y, al mismo tiempo, como amenazas inminentes–, el progresor se tiene por el más firme creyente en un democratismo sinparangonismo y en unos informes derechos y libertades y en la igualdad que ha de acabar con quien no se quiera igualar y en la transparencia, la justicia y la honradez, así, todo en bloque y a la vez, porque el progresor se considera virtuoso al cien por cien. El progresor sufre el Efecto Dunning-Kruger, que consiste en creerse uno muy diestro en algo y muy excelente de excedentes de competencias inteligentes, cuando, en realidad, a uno le falta todo cuanto el engaño le miente y encarece.
El progresor enseña una literatura liporrebanada en las rebajas que la LOSU le aplicó a las rebajas rebajadas que se habían rebajado después de las Grandes Rebajas que rebajaron en Bolonia los matarifes rebajadores de cuanto se pudo rebajar en lo que ya, con afilado esmero, se había rebajado en las loncheadoras rebajadoras del Ministerio charcutero. Una vez pasada la literatura-fiambre por la embuchadora del dogma, esta extrude una ristra de ideologemas-proclama cuyo logos está al alcance de la ameba más precaria. Y así se lucha y así se gana.
Sus razones son de fogueo; su épica, una bufonada; su valentía, un imposible; su éxito, la impostura; su excelencia, satisfacer a la ANECA; su nobleza, la traición; su único sentido, perseverar en el error. Su Informe de Vida Laboral dice que siempre ha luchado en el frente de la universidad, en la vanguardia, donde los valientes se la juegan, con grandísimo peligro, contra enemigos nunca vistos.
Los progresores de literatura les cuentan a sus alumnos milongas de abuelo cebolleta que frecuentan la verdad con ninguna frecuencia. Los progresores quieren que los chavales aprendan lo que los progresores sueñan en sus delirios de grandeza cuando sueñan la proeza. Contra los analfabestias de derechas que construye su rencor, la literatura de la cultura al por mayor; contra las violencias y maldades que el progresor aprecia en los colegas que desprecia y fascistiza con alevosía, la trasnochada y cansina sesentayochización de unas Humanidades cautivas; contra la tradición hispana que su autoodio rechaza, la jeri (defenderá) gonza anglo (a todas horas) americana; y, contra la clase cabal que su razón ocluida se obstina en evitar, las aulas fariseas de la logomaquia sin fronteras. Y, así, con un seis y con un cuatro, el progresor termina el horrendo retrato de su horrendo adversario.
La supuesta amenaza que supone el facha justifica sus cuarenta años de dar la clase-tabarra y los cuarenta contratos con quinientas sesenta pagas para pegarles el palo a unos chavales cautivos en un tren de lavado. «¿Qué dice la literatura, profesor?» y el progresor responde: «La literatura dice que el fascismo es lo peor». Y los chavales tienen que encontrar en los textos el casus belli que entusiasme a sus maestros. La literatura, entonces, se convierte en una dócil plastilina cacatúa y, la lectura, en la ridícula forma en la que el esclavo se hace trampas al solidario para lograr el favor de su amo y señor.
Cuán podrido ha de estar todo para que hasta el mismísimo Joaquín Sabina haya salido estos días a decirle al hastío que ya basta de dar la lata con el cuento progrecito. Y se ha visto a Santiago Segura tratar de razonar con una entrevistadora dictadura y sufrir, en el intento, la frustrante experiencia de la incredulidad y el desaliento.
Hay deserciones por doquier y hasta los burros se caen del suyo (que es un caer pistonudo), pero no se mueve un alma en el concierto departamental, que la universidad es la Piedra Negra de La Meca occidental. Nunca se ha visto un basalto con tan inconmovible firmeza. Ni siquiera el amor de aquel Quevedo que le perdió el respeto a la ley severa para seguir prendido de esotra parte, en la ribera, lució una fidelidad como la que el progresor consagra, a diario, al postureo moral.
Desde articulistas de El País a presentadores de La Sexta, podemos contar bajas de la causa progrecita, pero el marcador se mantiene a cero cuando uno se pone a buscarlas en los campus del silencio. Y piense, lector, que ha caído lo que no había caído nunca, han caído tertulianos a sueldo de Radio Televisión Española e incluso políticos ultrasiniestros y se han bajado estrellas de los Goya a ras de suelo y se ha podido ver a algún resucitado de la SER moviendo su exqueleto, pero no se ha visto progresor que se haya movido una micra del recto proceder que dicta el credo de los Barbie-antifascistas.
No se puede imaginar un argumento o una fuerza capaz de hacer mella en estas voluntades fortaleza. No hay fidelidad perruna ni querencia equina ni amor a Dios que compararse pueda al rigorismo inmarcesible del progresor de Letras.
Permítanos, lector, que, llegados a este punto, hagamos un breve excurso. Con ello entorpeceremos, sin duda, la fluidez del texto y sabemos que usted no está para cuentos –créanos que lo sentimos–, pero le aseguramos que el excurso es, sin duda, preciso, pues aquí tratamos de un término recién acuñado que acaso su lexicón no tenga, todavía, registrado.
Mohamed Said al-Sahaf (o «Alí, el cómico») fue el portavoz más cachondo del Gobierno de Sadam y el mejor Ministro de Información que este pudo encontrar entre los candidatos Husein a mentir de verdad. En 2003, mientras el ejército estadounidense tomaba Bagdad, el ministro negaba en la televisión lo que la televisión se obstinaba en mostrar; de hecho, mientras al-Sahaf abundaba en su estrafalario negacionismo torero, en una pantalla situada a su espalda y expuesta al mundo entero, el mundo entero reía, en tiempo real, la realidad que impugnaba el relato oficial. Caía una estatua de Sadam derrocada por civiles iraquíes y tropas americanas, al tiempo que Al-Sahaf, con toda su cara y su humor sideral, celebraba la victoria más trilera de la Historia estrafalaria. Irak caía, pero el bueno de al-Sahaf les decía a los suyos que estaban a punto de ganar. ¡Que grandísimo Ministro de Información espectacular! ¡Y cuán parejo se nos hace a la figura del progresor por su tesón!
Llamamos falacia de al-Sahaf (una prima hermana de la lítote, el oxímoron y la ecolalia en el espejo) al racionalismo LSD de aquellos que afirman haber visto lo contrario de lo que han visto y, encima, se lo creen. Como no pueden asumir los hechos que les disgustan, tampoco los pueden decir y, entonces, para hacerle un baipás a este cortocircuito, se dedican a mentir cuanto cabe imaginar entre los becarios más ultra de la Oficina más jeta de las Artes Escénicas del embuste más vulgar. Y tanto se dedican los progresores al timo que, al cabo, ellos mismos acaban creyéndose las estupendas trolas que sueltan a troche y moche en sus lecciones-vertedero para estudiantes al paño que aprueban porque no leen los libros que no convienen.
Hecho el excurso, concluimos catastróficamente que el progresor es el más grande cultor de la falacia de al-Sahaf; de hecho, lo es mucho más que el propio al-Sahaf. Y si a usted, lector, esta recontrarreconfusión le produce un gran dolor de intelección, aplíquese a la herida aquello de Joaquín María Bartrina: «Si quieres ser feliz, como me dices, /no analices, muchacho, no analices», pues no cabe el analista feliz cuando este observa el estercolero con una lupa de aumento.
Los jóvenes les desprecian, el presente impugna sin piedad sus razones-receta, la vida les ha quitado la máscara mil veces, pero ahí sigue el progresor, erre que erre, en sus trece, agotando sexenios de cansancio, arrastrando el peso muerto de la suerte.
Algunos progresores mosqueados nos han escrito correos monoadjetivados porque ya son siete los artículos estilete que nos ha publicado Brownstone y todos los han leído y en todos se han visto, en algún punto delincuente, representados, y ahora tratan de aliviar con el insulto laxante el estreñimiento intestinal que les ha provocado el reflejo especular de estos siete desacatos sin ambages. Sepa, lector, que los correos anatema de nuestros amigos progresores tienen con la amistad y el afecto la misma relación que tiene la mononucleosis con el beso. Nuestros amigos progresores, incapaces de entrar en la lucha de las razones, nos han mandado un «facha» con dos pares de obsesiones y los restos de un seso descompuesto.
Cuando nuestros amigos progresores se sirven del adjetivo de los horrores para justificar su vileza y nuestra cancelación, el adjetivo esplende un despiporre multicolor de alegrías rebeldes y felices, honorables y dignas, y decididamente salutíferas. Aquel significante sin significado, harto de estar en boca de todos los necios de estas últimas horas, se reclama virtuoso, se recrece de libertad y pasa de lo ínfimo a lo hímnico y allí empieza a nombrar lo ejemplar, lo comedido, lo razonable, lo constructivo, lo conveniente, lo positivo y cuanto resulte contradistinto de los mezquinos valores de los grandísimos trincadores que lo han chuleado sin medida en despachos prevaricadores y cátedras de pacotilla.
«¿Estas blanqueando el fascismo?». No, estoy negreciendo tu caradurismo y denunciando esta jugada tan tuya que consiste en endilgar malas famas y vocablos kriptonita mientras hozas tu sueldo-estafa en las pocilgas bicoca de una universidad en Babia. Sabe que, aunque no puedas apreciarlo, tu pregunta es la sepultura de la inteligencia que te quedaba.
El progresor, que ignora las exigencias de la dialéctica, se acoge al logos paleolodo de emprenderla contra el neurofisiólogo que ha sacado a la luz el encefalograma-espanto de sus clases de ir tirando. Incapaces de argumentar, los progresores acuden al ataque personal contra aquellos millonarios de argumentos para anegar de vergüenza los nauseabundos tinglados que llaman departamentos. La verdad y la tradición, en esta materia, siempre habían dicho que una razón se enfrenta a una razón adversa y que luego hay que ver con qué fuerza lo hace y con qué acierto y que hay que examinar el fundamento de cada idea, pues no es oro todo lo que uno dice, que las ideas también tienen raíces. Y esta es toda la cera que arde. No hay más recorrido. Todo lo que salga de esta rutina secular será un racionalismo impedido gestado en una huerta del Monte de los Olivos.
Los amigos progresores que me escriben correos trastornados para mandarme un «facha» con su afecto embustero y con una deleznable semántica escarlata es porque solo manejan diccionarios de una página que muestra en el epicentro de su blanco lactescente, en una discreta ínsula para leer, las cinco letras empresas, ¡que más no tiene, ay, ni las quiere tener!
PS1: Y, si usted, lector, es profesor y no progresor, no se me enfade, haga el favor, que para eso está la definición, para permitir la contradistinción. Reprima, estimado colega, la lectoegoencia, no se quiera protagonista de unas letras que, aunque usted no lo crea, no le tienen a usted en la cabeza.
PS2: Y si, además de profesor, es usted de la izquierda con ideas sensatas, haga el favor de advertir que esta semblanza describe al parásito glotón que les ha llevado a ustedes a sufrir una anemia rocinante, que incluso los desconoce la báscula del espejo cuando los tiene delante.
PS3: Y si, además de ser profesor y de la izquierda con ideas sensatas, es usted poeta que sabe de lo que trata, sea clemente con esta prosa que quise que fuese verso y no supe pasar a la estrofa. En las horas llevo la penitencia, pues, por mucho que trabajo y me desvelo, la de ser poeta es una de las gracias que el cielo no quiso regalarle a mi empeño.
Sobre el autor
Ramón de Rubinat Parellada es Doctor en Teoría de la Literatura por la Universidad de Lérida. Es autor, entre otras obras, de Lecciones del Quijote para Sílvia Orriols (2025), Razones fuertes contra un puñado de tópicos (2025), La virtuosa Extraña (2025) y Entender el Quijote y disfrutarlo (2024).






