Las guerras de las democracias europeas y el sacrificio de la «generación cervantina»
La democracia europea parece haber perdido de vista sus propios fundamentos y va camino de convertirse en verdugo de su propia población al pretender enviar a sus generaciones más jóvenes a la guerra.
Europa no quiere dejar a sus jóvenes en paz. Pienso, sobre todo, en los jóvenes nacidos ya en el siglo XXI, desde su primera década. Estos chavales ya no son propiamente milenaristas, ni comparten con ellos, con los milenaristas, la creencia en promesas de felicidad diseñadas por los búmeres. Estos chavales nacidos en los primeros años del siglo XXI no confían en la política, ni en las promesas de la democracia, ni ―ciertamente― en la democracia misma. ¿Se puede confiar en un régimen político que quiere enviarte a una guerra con la que no tienes nada que ver?
A esta generación, que los anglosajones llaman ―por pobreza lingüística― «alfa», yo la llamo cervantina o neocervantina, por un hecho capital: tiene las mismas inquietudes y características que moldearon la vida de Cervantes: vitalidad innata, lucha por la libertad y conciencia de desengaño. No es una generación idealista, como lo fueron los búmeres ―artífices de muchos engaños―, ni como lo fueron los milenaristas ―creyentes de todos los engaños―, sino como lo fue Cervantes: son pacientes, resignados, realistas y desengañados antes de tiempo.
Evidentemente, hablo en términos totalmente generales, pero sé lo que me digo. Llevo más de treinta años ejerciendo la docencia universitaria, y conozco al personal que tengo delante día tras día y año tras año. Estamos ante una generación que introducirá cambios que el sistema no podrá controlar. Es la generación cervantina. A medida que vayan leyendo el Quijote, se darán cuenta de la cantidad de lazos y cualidades comunes que tienen con Cervantes. La más importante de todas ellas es la negación del idealismo. No en vano la guerra es la distancia que separa a los idealistas de la realidad.
La militarización de los jóvenes en la Europa del siglo XXI
El reciente debate sobre la posible reactivación del servicio militar en distintos países europeos ha puesto sobre la mesa una cuestión que afecta, de manera directa, a los jóvenes de hoy.
No es un asunto menor: implica a toda una generación que deberá enfrentarse a las consecuencias políticas, sociales e ideológicas de un eventual proceso de militarización. Y, como suele ocurrir en estos casos, los discursos públicos que rodean este debate revelan contradicciones profundas en el seno mismo de las democracias europeas.
La reaparición del servicio militar —sea obligatorio o voluntario— afecta sobre todo a los hombres, lo que abre un frente de reflexión inevitable sobre las ideologías feministas que pretenden transformar la realidad sin contar con las situaciones inesperadas que nos depara el futuro inmediato.
Todos los movimientos ideológicos nacen y atraen adeptos con la pretensión de cambiar el mundo. Sin embargo, suele ser el mundo el que los cambia a ellos, y a sus líderes y dirigentes, quienes acaban por traicionar a sus propios seguidores. Los cambios sociales inesperados hacen que lo que antaño era absolutamente incompatible con las creencias y dogmas de una ideología hoy se acepte sin discusión. Las ideologías se adaptan a los nuevos cambios con más facilidad de la que parece. Con tal de seguir ahí, se acepta todo.
El ser humano no cambia la realidad: es la realidad la que convierte al ser humano en un cúmulo de contradicciones cambiantes en cada momento de la historia. Una cosa es predicar y otra muy distinta es dar trigo. Nos educan para la paz y nos ponen delante una guerra. ¿Qué hacer?
Volver a plantear la obligatoriedad o voluntariedad del servicio militar revela también las paradojas internas de la democracia, especialmente cuando las ideologías y políticas pacifistas, promovidas democráticamente durante décadas, se miden frente a sus propias promesas incumplidas.
En los últimos años se acumulan demasiados hechos que hacen pensar en el fracaso histórico de la democracia en el siglo XXI: alquiler, vivienda, «ocupación», paro, imposibilidad de acceder a un primer empleo, universidades vacías, títulos académicos sin valor mercantil ni laboral, y ahora la más que posible imposición de un servicio militar, resultado de los vientos de guerra que considerábamos definitivamente descartados.
Aunque la imposición militar no siempre se ha considerado de manera frontal, sí forma parte de las tensiones entre la democracia y la guerra: si el martirio es la única forma de suicidio legitimada por las religiones, la guerra es la única forma de homicidio legitimada por las democracias. Y parece que las democracias occidentales se sienten peligrosamente seducidas por una economía de guerra.
Y aquí surge una paradoja de cuidado: ¿cómo puede Europa condenar todas las guerras del mundo y, simultáneamente, promover la militarización de su propia población? ¿Qué queda de la «paz perpetua» de Kant, piedra angular del pensamiento ilustrado, que a su vez sostiene la arquitectura ideal de las democracias contemporáneas?
El irenismo o pacifismo de la Ilustración desemboca ahora, en el siglo XXI, en campañas publicitarias destinadas a invitar a los jóvenes a alistarse en un ejército que se prepara para una nueva guerra «en casa». La contradicción es evidente. No se trata en este artículo de defender la guerra ni de defender la paz ―la realidad no se cambia con palabras―, sino de exponer hechos que exigen una reflexión crítica, a fin de evitar, o de prevenir al menos, desenlaces catastróficos: mandar a la gente más joven a un matadero.
El debate se ha visto avivado por informaciones publicadas estos días en diferentes medios de comunicación. Alguno de ellos planteaba directamente una pregunta involucionista, propia de otros tiempos, que creíamos superados: «¿Irías a la mili?». Y en suculentos e imperfectos titulares se nos decía que «un recluta en Bélgica» cobraba más que «un cirujano, un ingeniero o un arquitecto» en España.
El efecto retórico es innegable, aunque toda comparación exige matices: habría que ver de qué cirujanos, ingenieros o arquitectos hablamos, y en qué consiste exactamente la vida de un recluta, con qué responsabilidades y durante cuánto tiempo. Y, sobre todo, a qué se expone el joven soldado. Las comparaciones en bruto tienen una potencia emocional muy engañosa que conviene desentrañar.
El Gobierno belga ofrece dos mil euros netos mensuales a jóvenes que se alisten voluntariamente en el ejército. Sin embargo, este incentivo cuestiona el concepto mismo de voluntariado. Un servicio voluntario es, por definición, gratuito. Cuando interviene un contrato remunerado, la voluntariedad se convierte en otra cosa: no hay pistola en el pecho para firmar, pero una vez firmado, el compromiso es obligatorio, y con consecuencias que afectan directamente a la propia vida. La diferencia entre la voluntad y la obligación es, aquí, no sólo jurídica, sino también vital. Y contractual.
La propuesta belga introduce un cebo adicional: el económico. Quien no necesite ese dinero puede rechazar exponer su vida en la milicia, pero quien lo necesita queda atrapado. No hay libertad donde la voluntad es resultado de una coacción económica. La libertad de los pobres es una libertad siempre muy condicionada.
El azúcar es agradable al paladar, pero en exceso provoca diabetes. El paralelismo no es gratuito: los incentivos suculentos pueden endulzar la necesidad, pero no eliminan los riesgos que comporta el contrato que se firma a cambio de ese salario. Y a cambio de exponer la vida, en nombre de los dictados democráticos ―nótese la paradoja― de la Unión Europea.
El fondo de todo este debate no es únicamente económico y militar: es político y extremadamente contradictorio. Europa ha construido su identidad contemporánea sobre el rechazo formal a la guerra y sobre la exaltación de la democracia como horizonte de paz perpetua, lema muy ilustrado y muy kantiano. La posible reactivación de los ejércitos de reclutamiento cuestiona estas bases y obliga a replantear la relación entre los jóvenes y un continente que, mientras predica la paz, prepara su militarización.
Sea como sea, tenemos una juventud que de nuevo está entre la paz y la guerra. La leva sorprenderá a muchos de estos jóvenes viendo vídeos cortos en redes sociales mientras pasean a su perrito. De ahí al frente de guerra, el contraste es más que notable.
Los gobiernos europeos predican la paz como discurso, pero preparan la guerra como horizonte. El continente que quiso superar y olvidar dos guerras mundiales, ahora se organiza para gestionar una tercera. Se nos ha educado siempre bajo promesas de paz, y sin embargo los jóvenes que viven en el siglo XXI parecen haber nacido para una nueva guerra. El regreso del servicio militar obligatorio a más de uno le resultará una paradoja democrática.
La pregunta final no es si los jóvenes irán o no a la mili, sino qué tipo de democracia es aquella que impone a estos chavales, niños educados en el pacifismo, ir a la guerra. ¿Para qué? Pregúntenselo a ellos, a ver qué les responden.
Las promesas incumplidas por el idealismo la Ilustración europea y europeísta
Europa educa para la paz, pero nos invita a ir a la guerra. Curiosa paradoja. Durante décadas, el viejo continente se ha obstinado en educar a sus jóvenes en los ideales de la paz perpetua, mientras los mercados culturales y la industria del ocio se encargaban de servirles, con obediencia y abundancia, un repertorio inagotable de videojuegos bélicos, saturados de disparos y masacres de una violencia casi pornográfica.
Ese contraste —tan sentimental como rentable— es hoy una paradoja que estalla bruscamente en la conciencia de varias generaciones: se les educó para la paz y ahora se les invita, o se les induce, a ir a la guerra.
El renacimiento del servicio militar obligatorio, aunque sea bajo formas indirectas o encubiertas, no afecta por igual a todos. Para los hombres con vocación militar es una oportunidad; para los hombres sin vocación militar es una condena. La mayor parte de los países europeos no exigen a las mujeres la misma implicación que a los hombres respecto al reclutamiento: para ellos es obligatorio y para ellas optativo. Más de un varón acudirá a un juzgado para declararse mujer a fin de evitar la llamada al frente de guerra.
Interprétenlo como quieran, pero esta diferencia de tratamiento constituye para el feminismo actual una nueva pieza en el tablero de su evolución histórica: la igualdad se quiebra de nuevo donde la biología se impone como criterio político o militar. La vida es una caja de sorpresas inquietantes. Cada cual tendrá su opinión al respecto, pero lo que resulta innegable es que las ideologías se transforman con el paso del tiempo, y ninguna de ellas pervive sin cambios profundos, que a veces llegan incluso a traicionar sus propios principios fundacionales. Desde luego, siempre acaban por traicionar a sus propios artífices.
El debate se complica cuando entran en juego variables socioeconómicas. Las opiniones que circulan sobre la restauración europea del servicio militar obligatorio suelen mezclar datos salariales descontextualizados, comparaciones entre países de tradición y costumbres muy diferentes o afirmaciones tajantes sobre el doble sueldo en el extranjero sin mencionar el doble de impuestos ni la imposibilidad material de alquilar un apartamento en Bruselas, Madrid o Berlín. En estas discusiones siempre aparece una balanza de sentimientos enfrentados: «A mí me parece bien», «A mí me parece mal». Pero los sentimientos, por muy respetables que sean, nunca sustituyen a los hechos y sus consecuencias.
La distancia entre la educación pacifista y la movilización militar obligatoria no es nueva. A finales del siglo pasado ya se percibía esta disonancia. Recuerden una canción de Roberto Carlos titulada «El gato que está triste y azul» donde el protagonista confesaba: «Cuando era un chiquillo, qué alegría / jugando a la guerra noche y día». En la versión de Tamara, de 2004, la letra se ha sustituido pudorosamente por una versión femenina y pacifista: «Cuando era una niña / qué alegría / jugando en la calle / todo el día».
Evidentemente, no es lo mismo para un adulto moralista jugar en la calle que jugar a la guerra. El mercado cultural ha limpiado la letra, como si quisiera borrar la violencia simbólica mientras vende violencia real en forma de espectáculo a través de videojuegos, cine y otros medios.
Quienes crecimos entre debates sobre juguetes bélicos —¿eran nocivos?, ¿había que prohibirlos?— fuimos educados en los ideales kantianos de la paz como horizonte civilizatorio. Mientras tanto, como hoy, consumíamos películas donde la violencia era argumento, estética y entretenimiento. Los muertos cinematográficos no generaban duelo; generaban taquilla. Esta contradicción se mantiene intacta: cuando las guerras son ficticias se celebran; cuando son reales, se condenan. Aparentemente, porque resulta que en este contexto Europa llama a filas a sus jóvenes y se prepara para una economía de guerra. Cualquiera que haya leído 1984 de Orwell sabe que este tema se aborda en el capítulo 9 de esta novela, bajo el imperativo lema de que la guerra es la paz.
La sociedad europea tiene hoy los cables cruzados. Las generaciones que ahora deben plantearse su ingreso en el ejército son las mismas que fueron instruidas en la condena moral de la guerra. Esto genera posiciones antagónicas: para algunos, el servicio militar es una oportunidad económica; para otros, una sentencia con riesgo vital incorporado. La aceptación, voluntaria o inducida, siempre será relativa.
En España, la memoria colectiva conserva un rechazo profundo al servicio militar obligatorio. Yo lo viví con claridad en Oviedo, hacia 1990. Atravesaba la Plaza de la Escandalera camino del diario La Nueva España, en el que colaboraba durante mis años de estudiante universitario, cuando se produjo una visita del entonces ministro de Defensa, Narcís Serra. Las calles estaban saturadas de policías y de manifestantes que gritaban, con una furia difícil de imaginar hoy: «Narcís Serra, vete tú a la guerra». La primera guerra de Irak había encendido un temor generalizado: que España reinstaurara el reclutamiento forzoso. En aquel clima, la objeción de conciencia era un movimiento social de dimensiones colosales. Y el fallecimiento de un recluta —por accidente o negligencia— apenas ocupaba unas líneas en los periódicos. Aquellas muertes ocurrían con demasiada frecuencia.
A diferencia de hoy, no existían movimientos organizados que denunciaran estas muertes. Se aceptaban como daños colaterales de una institución impopular. El rechazo generacional era absoluto. Y, sin embargo, tres décadas después, asistimos a una transformación radical: la realidad ha cambiado, y con ella cambian las ideologías, las narraciones, los discursos.
La realidad impone sus reglas y obliga a reescribir las interpretaciones y la historia. La guerra se ha convertido de nuevo en un escenario cotidiano y demasiado cercano, aunque disfrazado de protocolos, misiones internacionales y eufemismos diplomáticos.
Mientras tanto, miles de jóvenes europeos descubren que la paz perpetua no pasa de ser un ideal filosófico promovido por una Ilustración totalmente en ruinas, y que la historia —con su crudeza habitual— les exige tomar decisiones de las que sus educadores nunca les hablaron. Algunos verán en ello una oportunidad; otros, un destino intolerable. Pero todos habrán de aceptar que la realidad cambia siempre antes que las ideologías, y que estas no podrán evitar, por más que lo pretendan, el retorno de la violencia organizada. Las ideologías son muy fuertes, pero hay algo aún más poderoso que todas ellas: el dinero.
¿Pretende Europa reescribir la paz bajo el regreso del reclutamiento forzoso de su población más joven? Desde luego, eso parece. Pero los ideales «democráticos» de la actual política europea pueden tropezar con la realidad de su población más joven, que exige más libertad de la que les hablan y prometen los políticos. El ser humano siempre se convierte en un resultado político muy diferente de lo que pretenden hacer con él sus dirigentes.
Procedo de una generación que rechazó casi en bloque el servicio militar. Cada cual por sus razones, por convicción pacifista o por simple desconfianza ante una institución que acumuló polémicas, sombras y agravios. Hoy, sin embargo, asistimos a un giro político que sorprende incluso a quienes ya conocimos otras contradicciones de nuestro tiempo: Europa reactiva el discurso del reclutamiento y prepara a la juventud para implicaciones bélicas que parecían enterradas bajo las cenizas de la Ilustración. Se nos educó para la paz y ahora se nos presenta la guerra como alternativa legítima.
Cervantes: realidad, libertad y desengaño
Este contraste no es nuevo. Cervantes lo había resumido con brutal sinceridad en boca de un muchacho: «A la guerra me lleva / mi necesidad; / si tuviera dineros, / no fuera, en verdad» (Quijote, II, 24). La participación «voluntaria» nunca ha sido libre: siempre ha estado mediada por la pobreza, el miedo o la imposibilidad de comprar la exención. Durante décadas, sólo cumplían el servicio militar quienes no tenían recursos para evitarlo. Las controversias jamás fueron pequeñas. El siglo XXI tiene mucho en común con el pensamiento y la literatura cervantinos.
A esto se suma otro factor que Europa prefiere no mencionar: la discriminación por género. El modelo clásico de reclutamiento carga sobre los hombres la obligación en casi todos los países y libera a las mujeres de ella. Si seguimos esta trayectoria, no será extraño que la Unión Europea intente imponer de nuevo un servicio militar obligatorio exclusivamente masculino, sin que los Estados miembros tengan capacidad real para negarse. Un año de servicio remunerado, seguido de una reserva bélica activa es el principio de muchas incertidumbres. Esa es la hipótesis que algunos textos políticos europeos ya promueven.
La discriminación sería doble si se añade un sorteo selectivo y arbitrario: «No todos los hombres, sólo algunos, según el azar». ¿En función de qué? ¿Altura, complexión, color de ojos? La combinación de sexo y albur como criterios de selección resulta incompatible con cualquier idea de democracia, cuya esencia jurídica descansa —al menos sobre el papel— en evitar la discriminación oficializada. El azar no es un criterio de justicia.
Peor aún sería imaginar una movilización que comprendiera edades que van desde los 16 años hasta la senectud activa. Enviar a los búmeres al frente de guerra mientras los adolescentes se quedan en casa es algo que nadie se imagina, por absurdo, pues quien detenta el poder se preserva de perder la vida. Sin embargo, lo que tenemos ahora ante nosotros no es ningún avance: los búmeres no van a la guerra: envían a los milenaristas y a la llamada generación Z, que es la variante más reciente del mismo molde generacional.
Y queda la gran pregunta: ¿por qué los hombres sí y las mujeres no? ¿Por qué los jóvenes sí y los viejos no? Si un septuagenario proclama estar «hecho un chaval» y que no quiere jubilarse nunca, el ejército podría llamarle con idéntica convicción que a un joven. Pero nadie se imagina tal cosa. Cursos para mayores en los cuarteles, adiestramiento militar para jubilados es algo que no está en el guión (sic) de nadie. La coreografía publicitaria está servida, pero la disposición real de la población a participar en un conflicto bélico no se improvisa. Uno puede apuntarse a un viaje del Imserso, pero no a un frente de guerra. Puede soñar con Disneylandia, pero no con Ucrania.
¿Puede justificarse jurídicamente esta discriminación por sexo, sorteo y edad? Los especialistas tendrán sus respuestas, pero los que tengan que ir al frente tendrán las suyas. No es lo mismo predicar que dar trigo. O el servicio militar es obligatorio para todos —sin excepción de sexo ni edad, ni azares de sorteos ni casualidades organizadas—, o no lo es.
Cualquier discriminación legal en este punto destruye la credibilidad democrática, más allá incluso de lo que puede suponer para una democracia que, educando para la paz, manda a la guerra a su población más joven. Se nos habla de una educación y de una economía que se preocupa de los seres humanos y de la naturaleza para, finalmente, promover guerras contra la humanidad en el planeta Tierra. La democracia europea parece haber perdido de vista sus propios fundamentos.
El asunto, por trágico que resulte, muestra su lado grotesco y siniestro. La modernidad ha convertido la guerra en la única forma de homicidio legitimada por las democracias. ¿Puede una democracia justificar y promover una guerra? ¿Puede inducir a sus jóvenes a participar en ella, incluso contrariando la voluntad de cada uno de ellos? Lo hará con discursos solemnes, sin duda con propaganda sentimental, acaso con exhortaciones patrióticas, pero lo hará. Y si la Unión Europea decide que debe establecerse un reclutamiento obligatorio, la vida de los ciudadanos quedará en jaque.
No obstante, el ser humano buscará alternativas ante imperativos que no está dispuesto a asumir. Deserciones, negaciones, resistencias internas, huidas a un extranjero posible. Si yo estuviera en esa situación, no lo dudaría: acudiría al juzgado y me declararía mujer para acogerme al régimen voluntario y evitar el obligatorio. No por ideología, sino por supervivencia. La biología, reconvertida en norma jurídica, abre caminos inesperados.
Todo esto nos obliga a preguntarnos qué queda de las promesas de la Ilustración, de ese edificio político que Europa convirtió en modelo universal, haciéndolo compatible ―todo hay que decirlo― con la esclavitud de la población negra, el supremacismo masculino y la negación de orientaciones sexuales que no fueran las heteropatriarcales. La Ilustración supo nadar y guardar la ropa de forma insólita. Hasta finales del siglo XX. La democracia heredó de la hoy ruinosa Ilustración compromisos solemnes: la paz perpetua, la igualdad ante la ley, la separación de poderes, la secularización de la vida pública, la protección de la propiedad privada, la libertad individual y la promesa —tan risible como necesaria— de la felicidad.
Hoy, todos esos compromisos están en entredicho, o simplemente extinguidos. La vajilla de la Ilustración se ha roto y la democracia del siglo XXI carece de medios para restaurarla. ¿Dónde está la paz perpetua prometida por Kant, en una Europa que, olvidada de los desastres que provoca Alemania en 1914 y 1939, se reorganiza de nuevo militarmente? ¿Dónde queda la igualdad ante la ley, si edad, sexo o azar determinan quién debe ir a la guerra? ¿Dónde buscar la secularización, si el poder religioso continúa interfiriendo en la vida civil y política, desde una visión protestante que antepone los intereses del más fuerte sobre la población más débil? ¿Dónde está hoy la libertad individual, si se puede exigir y obligar a un ciudadano, contra su voluntad, que arriesgue su vida en un conflicto que no comprende ni ha provocado?
Las coplas de Jorge Manrique podrían reescribirse, no para lamentar la muerte de un padre, sino para anunciar la defunción de las promesas ilustradas. La democracia posmoderna es una cínica elegía de las promesas incumplidas de la Ilustración. Las verdaderas víctimas son los jóvenes, obligados a sobrevivir en un mundo que les ofrece incertidumbre amenazante, monstruosidades bélicas y contradicciones múltiples. La literatura española nos enseñó a desconfiar de los destinos impuestos: Lázaro no aceptó ser cornudo por vocación, sino por necesidad. La juventud europea no puede resignarse a un destino semejante.
No quisiera que los historiadores del futuro escribieran que el siglo XXI fue el momento en el que la democracia —último eslabón de la Ilustración europea— fracasó irreversiblemente. Sin embargo, la deriva actual nos obliga a considerar esta posibilidad. Y aún queda una pregunta más y más inquietante: ¿puede la democracia convertirse en verdugo de su propia población, enviando a sus jóvenes a la guerra? Cada uno deberá responderla por sí mismo. Con palabras, no con la vida.
Este artículo es una ampliación y actualización de textos originalmente publicados en diarios como Faro de Vigo y varias cabeceras de los grupos Vocento y Editorial Prensa Ibérica.
Sobre el autor
Jesús G. Maestro es un profesor y catedrático de Universidad especializado en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, que ha trabajado como teórico y crítico de la literatura y como editor y traductor. Es autor de tres obras de referencia: Crítica de la razón literaria (2017-2025, 25 vols.), Ensayo sobre el fracaso histórico de la democracia en el siglo XXI (2024) y Una filosofía para sobrevivir en el siglo XXI (2025).








No debería haber ninguna mujer en el ejército. Saquemos de allí a los hombres”. Petra Kelly
las mujeres feministas hemos sido mayoria en el movimiento pacifista y ecologista .Como feministas radicales la guerra es la institucion base del patriarcado ,el concepto de" igualdad"superficial hegemonico no responde a los planteamientos feministas en absoluto.
Greenham Common Women's Peace Camp fue un campamento de paz compuesto por mujeres, establecido para protestar contra las armas nucleares situadas en RAF Greenham Common, Berkshire (Inglaterra).
El campamento comenzó en septiembre de 1981 después de que un grupo de galesas, Women for Life on Earth, llegó a Greenham para protestar contra la decisión del gobierno británico en permitir misiles de cruceros allí.[1] El primer bloqueo de la base ocurrió en mayo de 1982 con 250 mujeres protestando, durante el cual 34 personas fueron arrestadas.[2]
Virginia Woolf en su obra Tres Guineas expone la posición como mujer y feminista ante la Guerra.
Querido Jesús
Conviene recordar lo obvio, la obligatoriedad o no del servicio militar lo deciden los políticos, esto es, unas cuantas personas con nombre y apellidos, como cualquier otro asunto. Lo llamativo es que a eso se le denomina democracia. Vaya. Así que la pregunta sigue siendo la misma: Qué podemos hacer los ciudadanos para evitar que eso ocurra.