La escuela de la amistad
Cada persona es una oportunidad para aprender. Quienes tienen convicciones firmes no temen las opiniones contrarias, ni sienten la menor necesidad de silenciar o censurar a quienes piensan distinto.
Hace dos sábados tuve una experiencia mágica. Regresé al pueblo natal de mi madre difunta para asistir al funeral de una de sus mejores amigas. Allí compartí historias, primero junto a la tumba y luego en un restaurante cercano, con las dos supervivientes del grupo de cuatro mujeres—incluyendo mi madre—que habían establecido durante ocho décadas lazos ininterrumpidos y siempre muy cálidos de amistad.
Conocer a los padres de uno es una tarea vitalicia. A medida que envejecemos, mezclamos y remezclamos constantemente nuestros recuerdos de ellos con la esperanza de componer un retrato más o menos completo de quiénes fueron para nosotros y para el mundo.
Hacerlo no es, al menos para mí, una excursión ocasional en plan nostálgico.
Es, más bien, una búsqueda constante, impulsada por un deseo quizás vano de crecer continuamente en conciencia mientras me acerco a mi propio día final. Y es así por una razón sencilla. Siempre seré hijo de mis padres, y quienes fueron, o no fueron, está profundamente arraigado en mí.
Que nuestra memoria es poco fiable es bien sabido. Pero también es bien sabido que, para evitar que una persona se disuelva en un cúmulo de sensaciones fugaces y fragmentarias (algo que parece ser el objetivo de muchos educadores y promotores de la cultura popular actual), debemos asumir la tarea de construir una identidad funcional a partir de los numerosos fragmentos de memoria que llevamos dentro.
¿Existe un método para esto? No estoy seguro.
Pero creo que hay ciertos hábitos que pueden ayudar, como llevar un registro minucioso de los recuerdos —o, en mi caso, como persona con una gran sensibilidad auditiva y visual, las agradables grabaciones de voz y las imágenes de lugares— a las que volvemos una y otra vez a lo largo de nuestra vida.
Al revivir estos momentos de calidez y plenitud espiritual no solo encontramos consuelo en tiempos difíciles, sino que nos recordamos, en medio de la falsa cornucopia de la cultura de consumo, lo que realmente anhela nuestro ser interior esencial a medida que avanzamos en el tiempo.
Al “escucharme” a mí mismo de esta manera, me ha sorprendido en los últimos años cómo mis recuerdos de infancia del pueblo natal de mi madre, donde solo pasaba los fines de semana y las vacaciones de verano con mis abuelos, mi tío y mi tía, han llegado a eclipsar los del lugar donde crecí día a día, donde iba felizmente a la escuela y jugaba hockey sobre hielo, donde tuve mis primeros amores y me bebí esas primeras cervezas a escondidas con mis amigos.
¿Extraño, ¿verdad? Bueno, el otro día creo que di con una explicación. Leominster, el pueblo pos-industrial de mi madre, a 20 minutos del mío, era un lugar donde todos eran alguien y donde, cuando caminaba por la calle principal de la mano de mi abuelo, o compraba el periódico con mi tío después de haber asistido a misa a las seis de la madrugada con él, siempre había tiempo para intercambiar alguna palabra o anécdota con otros Así, aprendí que cada encuentro aparentemente mundano y práctico con los demás es una oportunidad para intentar comprender un poco mejor a ellos y a su mundo.
Pero aún más importante era la forma en que la familia de mi madre concebía la amistad. Todos partían de la premisa de que prácticamente cualquier persona con la que uno se cruzaba habitualmente era digna de ella, y que, salvo en casos de mentiras u hostilidad grotescas, ese vínculo perduraría, de una forma u otra, para siempre.
Huelga decir que esta perspectiva ponía un énfasis enorme en la tolerancia. Cuando, durante las fiestas de cóctel de los sábados por la tarde que a veces organizaban mi abuela y mi abuelo —miembro durante 25 años del comité escolar y líder local del Partido Demócrata—, Jimmy Foster aparecía borracho hasta la extenuación, o Doc McHugh se dejaba llevar un poco por su propia brillantez, sus comportamientos heterodoxos eran considerados, como tantas otras cosas similares, como un dimensión normal, aunque un poco pintoresca, de la vida.
Y ahí se vislumbra una paradoja maravillosa y quizás reveladora. Los Smith de Leominster estaban muy lejos de ser lo que hoy se llaman relativistas morales. Tenían convicciones profundas, arraigadas tanto en su fe católica como en el odio irlandés por la mentira, la falsedad, el acoso y la injusticia. Y si uno cruzaba alguna de esas líneas, te comunicarían sin rodeos sus sentimientos de desagrado.
Pero hasta «aquel momento», que de hecho llegó en muy, muy pocos casos, eras un amigo de confianza con todas tus peculiaridades, tus manías o tus preocupaciones exageradas.
Para mi madre, al igual que para mi tío y mi tía, esta mezcla de profunda convicción y gran tolerancia les brindó amistades extraordinariamente duraderas con personas muy diversas.
Cuando mi tío, políticamente muy conservador, falleció, su amigo ultra-liberal que había conocido por 70 años y era un antiguo miembro de la lista de enemigos de Nixon, vino desde Washington para dedicarle un elogio fúnebre. Durante las últimas décadas de su vida, los mejores amigos de mi tía, cuyo catolicismo mejor podría describirse como tridentino, fueron una pareja homosexual. Y en cuanto a mi madre—cuyo grupo de las cuatro amigas intimas incluía a una empresaria divorciada y ambiciosa que había pasado muchos años en Australia; una esposa, madre y emprendedora que había superado el cáncer cuatro veces, y una mujer elegante y atlética, felizmente casada con el mismo hombre durante 70 años—ese momento para terminar o incluso cuestionar los fundamentos de su amistad nunca llegó. Y así fue en casi todas las demás amistades que cultivó y disfrutó a lo largo de su vida.
Y hace dos sábados, mi hermana y yo nos deleitamos no solo con las historias que las dos supervivientes contaron sobre las ocho décadas de una amistad compartida sino también con la certeza de que habíamos asistido, gracias al extraordinario don de mi madre y su familia para crear y mantener amistades, a una escuela mucho más importante que aquellas donde habíamos obtenido nuestros prestigiosos títulos universitarios.
¿Podría ser que, en estos tiempos de división marcados por una presión para alinearse rápidamente con uno u otro bando de una determinada postura social o ideológica, los Smith de Leominster estuvieran en lo cierto en sus ideas sobre la amistad?
¿Puede ser que lo que hoy se consideran convicciones ideológicas, en nuestro país supuestamente dividido de forma irreversible, no sean tales, sino más bien etiquetas a las que muchos se adhieren rápida y superficialmente precisamente porque no han reflexionado profundamente sobre lo que creen o porque no quieren parecer fuera de moda o poco informados?
Quizás sea hora de recordarles lo que los miembros la familia de mi madre sabían y modelaban todos los días: que cada persona es una oportunidad para aprender y que las personas con convicciones verdaderamente firmes no tienen miedo las opiniones contrarias, ni sienten la menor necesidad de silenciar o censurar a quienes discrepan con un elemento u otro de su visión de la realidad.
Sobre el autor
Thomas Harrington es catedrático emérito de Estudios Hispánicos en Trinity College en Hartford, Connecticut en los EE.U.U, así como Senior Brownstone Scholar, Brownstone Fellow y co-fundador de Brownstone España. Su investigaciones académicas se centran en los movimientos ibéricos de identidad nacional, las relaciones culturales intra-ibéricas y las emigraciones ibéricas hacia las Américas. Sus escritos sobre la política y la cultura han aparecido con frecuencia en la prensa estadounidense, así como en varios medios de comunicación en España. Es autor de cinco libros, siendo el último de ellos The Treason of the Experts: Covid and the Credentialed Class (2023). Varios de sus artículos de prensa y una muestra de su fotografía se encuentran en Words in The Pursuit of Light. Parte de sus trabajos académicos pueden leerse en https://trincoll.academia.edu/tharrington





Gràcies, Tom. Molt emotiu i molt cert. L'amor i l'amistat són avui les coses més antisistema que poden existir. Vaig trigar molts anys a aprendre lliçons com aquestes. Sovint el millor futur és el que ens inspira el passat. No és nostàlgia, sinó practicitat.
Comparto esa nostalgia por el mundo de nuestra infancia, cuando existía la amistad por encima de los idearios, los solidaridad vecinal y de barrio, la confraternización superficial con todos los conocidos, y también por las pandillas de niñlo, de adolescente y de joven hasta que lo desprecié todo en aras de la revolución. Hace tiempo que inicé el camino de vuelta pero aquello no me es recuperable más que como recuerdos día a día más insistentes.