La democracia o el estrabismo divergente entre civilización y barbarie
El aparente enfrentamiento entre izquierdas y derechas es una estimulante ilusión, esencialmente democrática, de la política contemporánea: la dialéctica real es entre civilización y barbarie.
En el núcleo esencial de toda democracia hay dos referentes fundamentales: libertad y civilización. La democracia no es soluble en la barbarie. De ninguna manera. Y la democracia no se concibe sin libertad. De ninguna forma. ¿Cómo explicarse, entonces, la proliferación de hechos delictivos y criminales, propios de una sociedad bárbara, en el seno de las democracias del siglo XXI? ¿Cómo interpretar, simultáneamente, el crecimiento ―inquietante y exponencial― de prohibiciones, limitaciones e interdicciones en el ámbito de la enseñanza, la ciencia y la docencia, bajo los imperativos programáticos de lo políticamente correcto? Tolerar la barbarie y proscribir artes y ciencias no es compatible con ser demócrata. Sin civilización y libertad, no hay democracia. Porque la democracia es ante todo vivir mutuamente en libertad con quienes son diferentes a nosotros y entre quienes también son adversos a nosotros y a nuestras propias ideas, sin que esencialmente la libertad de unos y otros resulte amenazada, si bien sí puntual y mutuamente delimitada. Pero no suprimida. Ni tampoco intimidada. En una democracia no se puede vivir con miedo. En determinadas circunstancias que afectan a la libertad humana, el miedo es consecuencia de un totalitarismo político. El miedo político es incompatible con la libertad que exige y ofrece la democracia. Pero, ¿qué libertad nos asegura hoy la democracia?
Hay que advertir, no obstante, que sólo las personas inteligentes necesitan libertad. Los tontos no la necesitan en absoluto, porque no son conscientes de sus necesidades ni de sus carencias. En una sociedad de bobos, nadie echa en falta la libertad, que nadie tiene ni quiere.
El fracaso de la democracia guarda una estrecha relación con este fenómeno: la estulticia. Porque, ¿acaso la democracia es la forma política de la que se sirven los «inteligentes» para controlar a los «tontos», algo que implica que estos últimos no accedan nunca a la administración del poder efectivo del Estado, sino en todo caso a la ilusoria elección del poder aparente, esto es, que la democracia es un sistema de gobierno destinado a organizar, en grupos, la vida de las personas menos formadas y más sumisas, pero con la condición de que, en ningún caso y de ninguna manera, estos infelices lleguen jamás a gestionar el gobierno real de la democracia, ni dispongan nunca de interés ni capacidad para pretenderlo? Responda cada cual a esta pregunta según sus propios argumentos y puntos de vista.
En un contexto de esta naturaleza, el aparente enfrentamiento entre izquierdas y derechas es una estimulante ilusión, esencialmente democrática, de la política contemporánea. Y aunque el espejismo se vista de seda, espejismo se queda. La dialéctica real es el enfrentamiento posmoderno y actual entre civilización y barbarie, y entre libertad y sometimiento inconsciente. Así las cosas, la democracia resulta ser la mayor ficción política que el ser humano haya construido jamás. No hay autoengaño colectivo más potente y eficaz que una democracia así concebida y ejercida.
La relación entre democracia y posmodernidad es, como se ha visto, muy inquietante. ¿Es la posmodernidad un totalitarismo diseñado por la democracia anglosajona o es esta última un totalitarismo programado por aquélla? ¿Puede desembocar la democracia posmoderna en un suicidio político para la Historia de Europa o de Occidente?
Es innegable que la posmodernidad moviliza un conjunto de problemas contemporáneos que, genuinos y exclusivos de la anglosfera, su globalización política ha exportado y extendido de forma extremadamente conflictiva y beligerante al resto de democracias occidentales, las cuales carecían de tales «patologías políticas», galvanizando de este modo no sólo su futuro, sino precipitando además su fracaso histórico, ya irreversible, aunque para muchos todavía invisible y ajeno.
La democracia posmoderna invierte decisivamente todos sus esfuerzos y recursos en una materia esencial: la ideología. No hay inversión económica más poderosa en una democracia que la inversión en ideología. Es el principal combustible de nuestras sociedades. Pero no olvidemos algo importante: toda ideología es una forma gregaria de organizar emocionalmente la ignorancia colectiva. Se trata de una organización sociológica ―por grupos― y psicológica ―de forma acrítica y hasta fanática―. Y también dialéctica: el objetivo es enfrentar unos grupos contra otros, hasta hacerlos insolubles entre sí. Irreconciliables. No importa que los políticos y las élites se entiendan entre sí: importa que el «pueblo» esté dividido irreconciliablemente entre sí.
La multiplicación de las ideologías como instrumentos de división entre los seres humanos y como impulso de fragmentación de la sociedad política o Estado es absolutamente superlativa y totalmente imprescindible. Así, la democracia posmoderna ha reemplazado la inversión en tecnología y comercio, subordinada a intereses elitistas, por la inversión en ideología y prejuicio, destinada esencialmente al «pueblo». La ideología es el opio del pueblo democrático.
Lo que hoy fracasa no es tanto Occidente cuanto una idea de Occidente, la impuesta por la cultura anglosajona desde el siglo XVIII: las ideas ilustradas de hombre, heterosexualidad y patriarcado, el mito de la superioridad de la raza blanca, la creencia en el determinismo biológico y darwinista, el fundamentalismo científico frente al fundamentalismo creacionista, etc., son ideas de hechura setecentista, anglosajona y protestante, y no de genealogía hispánica ni hispanoamericana, donde los imperativos de raza, biología y determinismo científico jamás se utilizaron. Entre otras cosas porque no existían como tales ideas, ni como categorías ni teorías interpretativas de ningún tipo. No hubo jamás, y menos en tan temprana fecha, hablamos del 18 de octubre de 1469, un matrimonio político más paritario que el de Isabel y Fernando. Ni aún hoy. Hay que advertir, al margen de toda implicación ideológica, que los prejuicios vertidos por la anglosfera en la Historia de España e Hispanoamérica, de la mano de la Leyenda Negra, son genuinamente anglosajones, y en absoluto de origen hispano.
Lutero fue la figura más antisemita de los siglos XIV y XV, Darwin nació en Inglaterra, y en ningún momento de la Historia de España se prohibieron jamás los matrimonios mixtos, un auténtico tabú para los colonizadores anglosajones de América, cuya «amistad con el comercio» nada tuvo que ver con la forma de hacer política del Siglo de Oro español.
Sea como fuere, hay que insistir en una advertencia muy importante: la democracia posmoderna ha potenciado nocivamente la división los ciudadanos, dentro incluso de cada uno de sus Estados, de forma extremadamente peligrosa. La política no puede reducirse ―sin desembocar en graves consecuencias― a un inútil y violento conflicto de ideologías absurdas, cuyo enfrentamiento induce al ser humano a un fanatismo sin salidas, hasta convertirlo incluso en un auténtico psicópata sin alternativas vitales asumibles ni razonables. Sin trabajo, sin dinero, sin seguridad personal ni laboral, sin vivienda, sin educación solvente, el ser humano se encuentra inerme en un mundo que le cierra todas las puertas a la vez que le satura la cabeza de propaganda, falsos mitos, creencias muy inquietantes y esperanzas inasequibles. La democracia posmoderna se convierte de este modo en una forma políticamente equivocada de gestionar la libertad.
La democracia posmoderna es un pregón de falsas libertades. Es también un régimen político de pobres diablos, que protagonizan victorias engañosas y fracasos de los que nunca llegan a ser conscientes. No por casualidad, en tiempos de barbarie, el conocimiento es una ofensa. Del mismo modo, la democracia se ofrece en ocasiones como un grotesco mercado de ideologías fracasadas, desde el que los Estados posmodernos gestionan anglosajonamente la caída de Occidente. ¿Por qué la democracia debilita la unidad del Estado? Ningún Estado democrático es ya un Estado tan fuerte y unido como lo fue en cualquier otro momento de su Historia. ¿Por qué? ¿A qué responde esta anemia estatal de las democracias posmodernas y occidentales?
Sin Estado, no hay Derecho. No hay nada. Perder un Estado significa perderlo todo. Vivir sin el amparo de un Estado equivale a vivir sin objetivos ejecutables, es decir, sin objetivos reales ni posibles. El idealismo se desarrolla en contextos políticos y culturales donde el Estado es débil o está en proceso de descomposición. El idealismo comienza cuando el ser humano pierde de vista la realidad. La utopía nace bajo la ansiedad de imaginar Estados irreales y paradisíacos, como consecuencia de una huida política de la realidad. La democracia posmoderna, con la pluralidad y multiplicidad de su propaganda, falsifica la realidad tanto o más que el más perverso de los idealismos. Y no hay que olvidar que la distancia que separara el idealismo del totalitarismo es invisible. Las utopías son invisibles como tales. Excepto para psicópatas y visionarios. Las utopías son novelas mal escritas en tiempos de crisis.
La democracia es incompatible con las utopías. Y sin embargo vivimos en el renacimiento de los pensamientos utópicos. Cuando ejercer la libertad para vivir equivale a violar las leyes en lugar de confirmarlas es porque el Estado ha convertido la democracia en una satrapía. La utopía es el arte de la fuga de la realidad y de la política realmente existente. Una huida hacia el vacío.
Extracto del libro Ensayo sobre el fracaso histórico de la democracia en el siglo XXI: La posmodernidad democrática como medio de destrucción de la libertad y del Estado moderno (Madrid, Cátedra Hispánica de Estudios Literarios, 2024, 3ª ed.).
Sobre el autor
Jesús G. Maestro es un profesor y catedrático de Universidad especializado en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, que ha trabajado como teórico y crítico de la literatura y como editor y traductor. Es autor de tres obras de referencia: Crítica de la razón literaria (2017-2025, 25 vols.), Ensayo sobre el fracaso histórico de la democracia en el siglo XXI (2024) y Una filosofía para sobrevivir en el siglo XXI (2025).







