La democracia es el Antiguo Régimen
El monopolio es la meta final de las democracias en su afán por anteponer los intereses comerciales al bien público. El paso de la democracia analógica a la digital remarca este destino totalitario.
“(…) La capacidad de las sociedades libres y democráticas para imponerse exige algo más que un atractivo moral. Exige hard power, y el hard power de este siglo se basará en el software.”
Punto IV del manifiesto publicado por Palantir (18/04/2026)
Si uno presta atención a los movimientos de tierras que se han producido en nuestra esfera pública en las últimas semanas se dará cuenta de que todos los presuntos disensos a derecha, izquierda e hipotéticos extremos se dan en defensa de una misma concepción totalitaria, plebéfoba y oligárquica de la democracia. En este sentido, el escándalo que el manifiesto tecnocrático-republicano firmado por Alex Karp (CEO de Palantir y discípulo de Habermas) y Nikolas Zamiska ha provocado entre la parroquia demócrata es, ademas de hipócrita, del todo incomprensible teniendo en cuenta que su lógica ilustrada e interviene-vidas es, punto por punto, la propia de la democracia liberal. Los veintidós tweets de la declaración palantiriana proponen una modernización en la estructura básica de la democracia que tiene como fin adaptar esta a la época de la IA. El ideario de esta perturbadora democracia 6G es, de hecho, idéntico al defendido recientemente en España en nombre del mundo libre tanto por aquellos que han vilipendiado de manera demente y vendepatrias a Sánchez por reunirse con Xi Jinping (la derecha y ultra-derecha) como por el propio Sánchez y los hillaryclintonianos decoloniales (Lula, Boric, Sheinbaum, Petro) que se arracimaron bajo el amparo benéfico de Alex Soros en Barcelona para celebrar la IV Reunión en Defensa de la Democracia (la izquierda y la ultra-izquierda). Podemos afirmar, sin lugar a dudas, que este polémico ideario, resumen de La república tecnológica (2025) de Karp y Zamiska, es la partitura que están interpretando nuestras derechas e izquierdas desde hace más tiempo del que creemos.
La tesis más reveladora del manifiesto la encontramos en la propuesta IV, donde para revitalizar la moribunda democracia occidental los autores plantean algo así como un paso del patriotismo constitucional habermasiano al patriotismo algorítmico de Silicon Valley. La lógica de Karp y Zamiska en este punto no puede ser más institucional, pues al modo de nuestro Torquato Fernández de Miranda impulsan una transición de la democracia analógica a la digital según el lema “de la ley a la ley a través de la ley”. En otras palabras, los derechos formales (la Constitución) propios del ya casi extinto mundo democrático analógico deben ser sustituidos por su versión digital (los algoritmos o software), pues “la capacidad de las sociedades libres y democráticas para imponerse exige algo más que un atractivo moral” como el que hasta ahora representaban los derechos formales. Como distinguidos miembros de la oligarquía demócrata, Karp y Zamiska no tienen reparos en reconocer que los derechos formales fueron siempre “un atractivo moral”, es decir, un estratagema de seducción propio de una Circe operada y con halitosis (la democracia) para dominar y esquilmar sociedades mediante las destructoras promesas promovidas por su leyes luzbelinas y segregadoras (ley del divorcio, del aborto o del matrimonio homosexual) que prometen al hombre de manera ilusa la deificación.
Pese a estar escrito en un registro pretendidamente esotérico, el manifiesto es harto transparente en este sentido, pues reconoce de manera implícita que el elemento distintivo de la democracia con respecto a otros regímenes políticos (en concreto, con respecto al estado-civilización chino, considerado el enemigo a batir) es la total ausencia de un núcleo de ideas permanentes sobre el hombre, la sociedad o la historia. Este perturbador y nihilista “atractivo moral” de la democracia, que fue reclamado en su día por el parafílico kantiano Habermas en un célebre debate con Ratzinger, presupone que la democracia no se ancla en ningún sustrato moral o religioso preexistente, sino que se erige ella misma en productora de leyes morales. Tal catástrofe antropológica, que tanto para Habermas como para su discípulo palantiriano Alex Karp supone un logro inaudito, convierte a la democracia en un peligro de rango atómico para la vida humana civilizada, pues la democracia, al no basarse en nada más que en su capacidad industrial para producir derechos convierte las leyes en obsolescentes objetos de consumo (es decir, en instrumentos de propaganda y control) que prometiendo liberar al ciudadano lo esclavizan de una manera cada vez más sutil, hasta convertirlo en un ser aspiracional sin más raíces que sus desaforados deseos. Es más, los derechos formales que la democracia produce han de ir en contra, por pura necesidad, de los derechos naturales, por considerar que estos últimos impiden el progreso de la especie humana al presentarse como amarres transhistóricos a la tradición milenaria conformada por nuestros antepasados.
Karp y Zamiska son conscientes, por eso, de que la única manera en la que la democracia occidental puede pervivir es mediante estrategias de propaganda continua que prometan a los ciudadanos paraísos siempre diferidos en el tiempo (acaso falsamente saboreables en forma de consumo basura de mercancías y derechos), mientras ofrece infiernos de aislamiento, control y padecimiento. La estrategia del palo y la zanahoria es la que atraviesa los veintidós puntos del texto, pues estos alertan a la ciudadania (no a los gobiernos, que ya están intervenidos por Palantir) de que para conservar la democracia y hacer frente a “la amenaza china” hay que desarrollar una IA patriótica occidental a la que no le tiemble el pulso a la hora de proteger la seguridad nacional y militar (puntos V y VI), pero también a la hora de luchar internamente contra el crimen. Estas medidas de excepción, diseñadas para reforzar la democracia, se justifican en el hecho de que, como se proclama en el punto XII, la era atómica está llegando ya a su fin y siendo sustituida por una era de la disuasión vía la IA en la que Occidente se quedará desfasado en su batalla contra un sistema no democrático como China, ajeno según Karp y Zamiska a nuestros “debates teatrales” sobre moralidad. Sin embargo, pese a todo el ruido, esta apuesta palantiriana por la mano dura no se basa en el auge de China como potencia mundial de primer orden, sino en la exitosa doctrina democrática post 11S expuesta por Peter Thiel en “El momento straussiano” (2007), en donde este tecno-supremacista, cofundador de Palantir, afirmaba que tras los atentados de las Torres gemelas, ante terroristas que desconocían el mínimo principio moral, era necesario reformular las garantías democráticas, aumentando la vigilancia en aras de la seguridad (una vigilancia mediante recolección e interpretación masiva de datos que es precisamente la que proporciona, mediante contratos millonarios, la empresa de Thiel).
El control total de la sociedad que Palantir ansía instaurar aprovecha así la normalización entre la ciudadania del régimen del capitalismo de la vigilancia implantado tras atentados, muy probablemente de falsa bandera, como los del 11S en Nueva York o los del 11M en Madrid. La única diferencia es que este sistema de monitorización continua, que borra la frontera entre nacional y extranjero, así como entre inocente y presunto delincuente, sometiendo a la propia población a un escrutinio que vulnera los principios básicos del Derecho público, es implementado ahora con la excusa de luchar contra “peligrosos” rivales geopolíticos “enemigos de la libertad” como China o Rusia. El manifiesto de Karp y Zamiska se presenta como el guion a seguir en este nuevo escenario de choque civilizatorio, reclamando un estado de excepción perpetua por el cual las democracias occidentales, para reforzar la defensa de los valores progresistas que las caracterizan, deberían instaurar un patriotismo algorítmico en el que, sus ciudadanos, además de aceptar ser vigilados, sean obligados a enrolarse en un servicio militar universal para que en “la próxima guerra” “todos compart[a]mos el riesgo y el costo” (punto VI). Sin embargo, por si el recorte de derechos de esta república tecnológica en la que un monopolio como Palantir o un conjunto de monopolios sustituyen al Estado fuese poco, los autores apuestan por ampliar sustancialmente la inmunidad de nuestros políticos y figuras públicas, pidiendo para ellos, no solo una remuneración mayor (punto VIII) sino nuestro perdón y “tolerancia hacia las complejidades y contradicciones de la psique humana” que sus acciones más polémicas pudieran llegar a evidenciar (puntos IX y XVIII).
Toda esta batería de medidas represivas —indisociables, como veremos, de la naturaleza oligárquica y anti-republicana de la democracia moderna— han de emprenderse, por extraño que nos parezca, en defensa de las libertades que gozamos los occidentales. Para cimentar esta imposible apología por la tiránica democracia moderna, Karp y Zamiska recurren a un argumentario tan chocarrero como supremacista, indisociable de la ideología protestante, que es el mismo que podemos leer en las descerebradas defensas la democracia que garabatean los chaperos del periodismo y la política en los diarios españoles. En este sentido, apostando por la ideología imperial yanqui del Destino Manifiesto, Karp y Zamiska dejan claro que EEUU es quien mejor representa en la historia los valores progresistas occidentales por los que hay que luchar, destacando entre estos dos delirantes tesis: que EEUU, como bastión de las esencias civilizatorias del mundo libre, ha dado al planeta por primera vez en la historia casi cien años de paz, haciendo que hasta tres generaciones creciesen sin guerra (punto XIV), y que los EEUU son, pese a todos sus problemas, la nación más igualitaria de todas las existentes pues es donde “más oportunidades [tienen] quienes no pertenecen a las élites hereditarias” (punto XIII).
Esta propaganda, fácilmente desmontable a poco que reparemos en los millones de muertos causados por EEUU en los últimos ochenta años, en las sagas hereditarias que esquilman sádicamente el país o en su sistema educativo estamental, se refuerza con la tesis propagandística fuerte de la democracia moderna, tanto en su versión americana como en la jacobina; esto es, que hay que asumir que unas culturas (por supuesto, las democráticas o anglosionistas) o incluso subculturas (por ejemplo los geeks neoténicos y neurodivergentes de Silicon Valley) son superiores a “otras [que] han resultado mediocres y, lo que es peor, regresivas y nocivas” (punto XXI) y que, por lo tanto, deben ser reemplazadas y borradas de la faz de la tierra. Sin embargo, Karp y Zamiska, habiendo olvidado que la soberbia es el gran defecto del ser humano no parecen percatarse de que el verdadero talón de Aquiles de la democracia moderna y del proyecto palantiriano reside precisamente en esta confianza ciega en la propaganda, comprensible solo desde coordenadas protestantes que al negar el libre albedrío y afirmar la predestinación creen, contra toda lógica, que unas élites elegidas pueden engañar de manera perfecta a una población aborregada y carente de discernimiento. El mundo de la democracia moderna es, de hecho, inseparable de los trampantojos propagandísticos diseñados por los Bernays, Hearst, Lippmann, Gates o Thiel de turno que acaban por engañar a sus inventores haciéndoles creer que su efecto es inexorable. Sin embargo, como ya mostró nuestro Segismundo en La vida es sueño de Calderón, la libertad humana no solo existe, sino que negarla lleva a sus carceleros, en el mejor de los casos al desengaño y a la redención, y en el peor y más probable a la auto-destrucción.
Haciendo bueno el lema que afirma que la historia se repite dos veces, primero como tragedia y luego como farsa, los autores del manifiesto Palantir no parecen darse cuenta, además, de que China no es solo el verdugo que desvela la naturaleza totalitaria de las democracias modernas, sino que ha sido la milenaria civilización que primero ha dado testimonio martiriológico de las trampas asesinas de la democracia moderna como víctima de las Guerras del Opio (1839-1860) que supusieron el arranque oficial del llamado mundo libre a nivel global. Fruto de esta intervención que tenía como objeto reducir a la fuerza el déficit comercial en nombre del “libre comercio”, el Imperio británico ocupó a cañonazos los puertos chinos e indujo a la población a consumir el opio esquilmado de la India, haciendo que China pasase de ser uno de los países más prósperos del mundo a caer en la miseria más absoluta. Tras este largo periodo, conocido como el Siglo de la humillación, y una vez recompuesta mediante un traumático ajuste a la modernidad, es ahora también precisamente China quien está poniendo en evidencia de manera serena pero implacable el carácter totalitario e hipócrita de las sociedades democráticas, que dicen defender el comercio, la paz y los derechos a base de aranceles, guerras de exterminio o mediante un férreo control poblacional que antepone los intereses de los monopolios empresariales al interés de toda la ciudadania.
Si el mundo democrático occidental se está poniendo tan agresivo con China es porque el gigante asiático muestra que una economía planificada y un estado-civilización que basa sus coordenadas morales en una tradición milenaria como el confucianismo es muy superior en cualquiera de los parámetros medibles (justicia, eficiencia, innovación, etc.) a la distopía liberal de la democracia moderna, solo comprensible, insistimos, en su apuesta por la desregulación, desde coordenadas nihilisticamente protestantes. En este sentido, el manifiesto Palantir no es anti-demócrata, sino un exponente realista de las pocas vías de supervivencia que le quedan a la democracia moderna. Los autores asumen desde el inicio que el principal enemigo a batir es China, un estado-civilización que no está sujeto a los vaivenes de la democracia y que puede diseñar y ejecutar planes a largo plazo contando con un apoyo mayoritario entre su población. Por eso, de manera correcta aunque siniestra, Karp y Zamiska asumen que si la democracia liberal se diferencia de los regímenes no democráticos por defender que el mercado es la verdadera y legítima entidad política, la única posibilidad de pervivencia de la democracia (y de competencia con estados de larga duración como el chino) es la apuesta por el monopolio, que sería además un garante de sostenibilidad a través de las generaciones.
En otras palabras, en democracia debemos asumir con orgullo que la soberanía popular ya no es detentada por el Estado sino por un monopolio o conjunto empresas de carácter monopolista que aseguran el dogma liberal del predominio de los intereses comerciales. De ahí la urgencia palantiriana en pasar del patriotismo constitucional de Habermas al patriotismo algorítmico de Karp, por medio del cual se exige a la población que defienda los intereses del monopolio Palantir como si fuesen los suyos propios (hasta el punto de tener que dar su datos, y hasta su propia vida enrolándose en el ejército). Esta exigencia no es tan descabellada como parece, pues los algoritmos palantirianos constituyen un estado global de facto, que no solo controla la defensa y la inteligencia de buena parte del mundo occidental, sino que controla también, en casos como el de EEUU, la cadena alimentaria (muestra de que Palantir aspira a ejercer de manera total las funciones de Estado del mundo libre es que reclama, secundado tesis similares a las de UE, el rearme de Alemania y Japón). Pensemos, por ejemplo, que en España, Palantir está infiltrado en nuestras fuerzas armadas e inteligencia tras haber firmado un contrato opaco de más de 16,5 millones con el Ministerio de Defensa del Gobierno de Pedro Sánchez, y que a partir de ahí ha firmado contratos con empresas tan diversas como Mutua Madrileña o Mahou.
Sin embargo, el monopolio, más que representar una vía de supervivencia entre otras del sistema democrático liberal, constituye el destino final del ciclo capitalista pues viene necesariamente, como ya mostró Piketty, tras una etapa inicial de capitalismo industrial y una intermedia de capitalismo financiero. Es por eso que se equivoca totalmente aquel que considere que Karp, Musk o Thiel representan el mal mientras que hillaryclintonianos decoloniales defensores del mismo modelo democrata-liberal como Sánchez, Petro, Boric o Sheinbaum constituyen el katechon que hará que el bien prevalezca. Todos forman parte de un mismo sistema que en su furia otanera y altantista ha promovido ya desde hace demasiadas décadas, pese a la emergencia de los BRICS, que los monopolios manejen los estados a su antojo mediante el denominado filantrocapitalismo.
Buena muestra de ello y de que el manifiesto Palantir es también el abc de la política más contraria a la ultraderecha y al trumpismo lo tenemos en la IV Reunión en Defensa de la Democracia que organizó Sánchez hace unas semanas en Barcelona junto a los referidos hillaryclintonianos bajo el amparo de Soros y y el ojo vigilante de Bill Gates (cuyas fundaciones los españoles hemos regado con millones mediante la mano benefactora de Sánchez). El elemento más desconcertante de la cumbre fue, sin duda, que los presidentes decoloniales allí reunidos se enfrentaron a la ultra-derecha haciendo una defensa reaccionaria de la democracia liberal que confundía, enajenadamente, la soberanía con la democracia y la justicia con el liberalismo. Entre los tres grandes acuerdos alcanzados para defender la democracia de la barbarie destaca la reclamación en clave palantiriana de una gobernanza digital que ponga reglas al espacio digital, porque este, según afirmaron, “será democrático o no será”. Como resulta evidente, la imposición de reglas digitales, impulsadas ya en el liberticida Digital Services Act de la UE o en medidas de control algorítmico como el HODIO aprobado por el Gobierno de Sánchez, son el mejor ejemplo de hard power del software que reclama el manifiesto Palantir para digitalizar la democracia mediante un régimen de vigilancia ciudadana. (Las otras dos grandes medidas para defender la democracia derivadas de este aquelarre fueron fomentar la inclusividad nombrando por primera vez a una mujer como presidenta de la ONU, y reclamar la implementación del sanguinario Orden Internacional Basado en Reglas en base al cual el vil democratismo liberal sometió a chantaje al planeta entero.)
Sin embargo, izquierda y derecha están tan unidas en su defensa occidental del monopolio empresarial frente al interés de la mayoría que una semana antes de la IV Reunión en Defensa de la Democracia, la derecha, la ultra-derecha y el geronto-suresnismo español se lanzaron contra Sánchez porque este, haciéndose patriota por estrategia, echó mano de sentido común y celebró una cumbre en China con Xi-Jinpin. Si uno lee las columnas que esos días escribieron a modo de condena del régimen chino y en defensa de la democracia liberal plumas como las de Antonio Caño, Martin Varsavsky, Esperanza Aguirre o Juan Luis Cebrián, entre muchas otras, visualizará de manera clara el estado terminal en que se encuentra la totalitaria farsa demócrata que el manifiesto Palantir quiere prolongar imponiendo políticas contrarias al bien común. El elemento más chocante de todas esta defensas de la democracia liberal es que son abiertamente pro-yanquis y opuestas a los intereses del pueblo español. Pero no menos desconcertante es que su apología por los principios liberales aplaude los aranceles y la intimidación del gobierno estadounidense a todo país que no se someta a sus dictados, pero pone el grito en el cielo ante la apuesta china por el comercio, en detrimento de la guerra, como estrategia de relación entre naciones. De hecho, uno de los principales argumentos para impugnar el acercamiento de España a China fue, según estos librecambistas de salón, el déficit comercial que nuestro país tiene con el gigante asiático, razón por la cual la reunión con Xi-Jinping (que recortaba, paradójicamente, mediante acuerdos este déficit) suponía un suicidio y un apoyo a la Rusia de Putin. Nada decían estos mediáticos yonquis del atlantismo acerca del enorme déficit (mucho mayor que el español) que tienen los mismos EEUU con China o del que tiene Polonia, el país más otanero y anti-ruso de la UE. Por no subrayar, claro, que resulta muy difícil entender como para un liberal puede suponer un problema que un país consiga exportar más que otro.
Pero, con todo, el argumento más desternillante para denostar la cumbre con Xi-Jinping fue la preocupación de todos estos apóstoles del mundo libre por la falta de libertad de expresión en China. Todos y cada uno de los demócratas españoles que utilizaron estos argumentos son individuos que llevan décadas ocupando las tribunas de los periódicos y los platós de televisión sin permitir que en nuestro país tengamos una esfera pública mínimamente plural (he aquí otra coincidencia con el manifiesto Palantir, que en el punto XX muestra su rechazo al pluralismo por considerarlo ineficiente). Su labor de periodistas o politicuchos transformados en ingenieros sociales es la negación misma de la libertad de expresión e incluso de la libertad política; pensemos, por ejemplo, que estos muñidores de falsos consensos pretenden manipularnos mentalmente a los ciudadanos haciéndonos creer, por ejemplo, que lo que defendemos es minoritario y que en España existe una mayoría favorable a la intervención de EEUU en Irán, contraria al acercamiento a China o defensora de los genocidios demócratas del anglosionismo. De hecho, está bien que ustedes sepan que estos defensores de la libertad de expresión han dado ya más de un aviso preventivo a articulistas de este medio para que moderemos las críticas a Israel o la denuncia de los planes de vil corte poshumano de empresarios como Martín Varsavsky.
En resumidas cuentas, todo pareciese indicar que en este periodo de agonía final la democracia moderna está volviendo a sus orígenes y mostrando como plenamente acertado el diagnóstico hecho por Tocqueville, quien en 1856 no podía dejar de reconocer que la democracia había perfeccionado los instrumentos de control poblacional y anulación de la libertad individual y comunitaria propios del Antiguo Régimen del s. 18 francés. La democracia es, en definitiva, el Antiguo Régimen. El mismo Tocqueville aseguraba, de hecho, que la naturaleza represiva de este sistema enraizado en la Ilustración era muy superior a la de los periodos temprano-moderno y medieval, aún teniendo en cuenta casos extremos como el del feudalismo alemán. Nada de esto debiera sorprendernos, ya que la democracia siempre se ha caracterizado por blanquear las lógicas extractivistas del Antiguo Régimen, ensanchándolas mediante el camelo de los derechos formales para ponerlas al servicio de las distintas fases que ha tenido la Revolución Industrial desde entonces hasta nuestros días. El poder absoluto del monarca y de las camarillas del Antiguo Régimen es el poder absoluto que las oligarquías capitalistas detentan con mano de hierro, manteniéndose en el poder a través de los siglos por medio de sagas rectoras como los Rothschild o los Rockefeller que permiten la entrada controlada de nuevas camadas de oligarcas al estilo de Soros, Gates o Thiel. El filantrocapitalismo (versión grotesca del despotismo ilustrado) es el caballo del Troya por medio del cual estos cachorros de Satán se hacen con el control de nuestras sociedades, parasitando el Estado y haciendo del monopolio el destino último de la democracia.
Pese a todo, es muy posible que quien haya ingerido en grandes dosis la propaganda democrática moderna que nos asegura que existe el progreso y que, además, es lineal, argumente que la situación actual es una anomalía que simplemente debe ser corregida, y que los despóticos sistemas democráticos contemporáneos a Tocqueville, bien sea en su mitificada forma estadounidense, en la denostada versión francesa o en las desgraciadas repúblicas hispanas, no se pueden comparar con la milagrosa democracia liberal que surgió (a modo de Estado primero asistencial, posteriormente terapéutico y finalmente eutanásico) tras los traumas de las dos grandes guerras. Para las legítimas objeciones que puedan tener estos lectores he escrito en el pasado una serie de artículos críticos con el fetichismo demócrata como “¿Se ha convertido la democracia en una forma de superstición?”, “El fantasma de la libertad” o “La cara oculta de la democracia”, entre otros, en los que muestro como la idea de democracia moderna es indisociable, en cualquiera de las formas integristas que ha tomado, del totalitarismo, como bien debiera evidenciar el nada paradójico hecho de que el s. XX, el gran siglo de las promesas revolucionario-democráticas (es decir, de las ideologías) haya sido el de los genocidios.
P.D. Para que tengan una muestra adicional del estado terminal de la democracia me permito resumirles la conversación que he tenido a propósito del manifiesto Palantir con mi amiga la monjita liberal arrepentida Federica Jimena La Santa, antaño locutora de la Cope y autora de un sinfín de libros críticos con el comunismo y con la República Popular China. Tras leer el manifiesto, que yo mismo le pase, Federica Jimena me llamó exultante, celebrando que, de una vez por todas, la democracia se sacase la máscara y apostase por su mejor arma: el monopolio. Según Federica Jimena, fundadora de la orden cismática de las Ayusianas, el monopolio siempre fue la mejor forma de organización social porque respeta la propiedad privada, es ajeno a las burocracias y tiene como único interés servir de la mejor manera a los intereses del cliente-ciudadano. Para mi sorpresa, Federica Jimena me aseguró que mientras leía el manifiesto había tenido una visión mística que la llevaba a considerar dejar los hábitos y volver al mundo periodístico para reformarlo acorde a los dictados del nuevo orden mundial. Gimiendo como si alguien la estuviese lamiendo o tocando en algún rincón apenas transitado, me perjuró que se le había aparecido en forma de Virgen de la Información Neutral la mismísima Carmen Porter, presentadora de Horizonte, vestida con los ropajes libertadores y un tanto escasos (de cintura para arriba) de la Marianne de Delacroix. Según Federica, la comunicadora levitaba a unos dos metros sobre el suelo, lucía un nimbo de fuego purificador alrededor de la cabeza y se inclinaba sobre ella, cual paloma pichona, docta, pero siempre dicharachera, para transmitirle desde las alturas del poder más acaudalado una serie de reglas para adecuar el periodismo español al patriotismo digital anglosionista.
Federica Jimena me bisbiseó emocionada que la primera reforma que tenía que llevar a cabo, para adecuar las mentes al estado real de las cosas, era cambiar el nombre de “periodismo” por el de “ingeniería social y de la información” y el de “periodistas” por el de “ingenieros sociales”. Con gozo dispensacionalista me reveló que la Virgen de la Información Neutral (Carmen Porter) le había pedido que utilizase su criterio y experiencia de décadas para crear un medio de concentración nacional con el fin de eliminar disensos fingidos que solo causaban desafección entre los demócratas, eliminando la unidad para luchar contra el monstruo sino-soviético. Federica me confesó que tenía pensado hablar con el productor José Luis Moreno para juntar en el plató más grande jamás visto en televisión a líderes de la libertad de expresión como Xabier Fortes, Iker Jiménez, Risto Mejide o García Ferreras a los que, por hacer una concesión al mundo de los intelectuales, añadiría dos novelistas de talla como Vicente Vallés y Sonsoles Ónega. Cada uno de ellos dirigiría una mesa de debate que contaría con los mejores ingenieros sociales, desde auténticos mitos del ramo como Eduardo Inda o Pilar Rahola a figuras emergentes salidas de los barrios pobres como Ramón Espinar o Sarah Santaolalla, incluyendo a presos arrepentidos como Víctor de Aldama o el menesteroso ex ministro Ábalos.
Mediante mil circunloquios Federica me reconoció avergonzada que tenía que pedirme un favor del que dependía el éxito de la misión que le había sido encomendada. Me suplicó con un gimoteo cicatero y sifilítico que dejásemos de publicar artículos en Brownstone España críticos con el sionismo y con destacadas figuras poshumanas del mismo, como el empresario metido a ingeniero social Mortino Varchavsky. Pidiéndome toda la discreción del mundo, me confesó que por un alto designio Varchavsky era quien tenía que dirigir en persona cada uno de los programas de ese medio de concentración nacional, pues él aunaba en sí lo mejor de la democracia occidental, al conjugar el sionismo con su faceta de innovador al más alto nivel en el mundo de la IA. Sin que yo pudiera preguntarle nada, Federica me hizo saber que por culpa nuestra Varchavsky no podría gestionar el programa proyectado desde plató, porque desde que leía nuestros artículos, y muy especialmente, los tweets que Carlos Sánchez publica a diario denunciando la barbarie sionista, se cagaba por los pantalones de tal manera que la mierda se le metía por los calcetines y por los dedos de los pies. Federica Jimena me chivateó que este poderoso magnate se había quejado incluso a un gran líder informativo, pidiéndole, en nombre de la libertad de expresión, que intermediase para que parásemos de una puñetera vez.
P.D.2 No sé en que acabará todo esto que les he contado, porque justo antes de proceder a la publicación de este articulo me ha llamado otra vez Federica Jimena diciéndome que Mortino Varchavsky ha cambiado de opinión. Parece ser que en medio de una cagadera torrencial a cuenta de un párrafo inocente de un texto mío, crítico con su proyecto de enviar embriones a Marte y gestarlos en un útero artificial (yo denunciaba que, de proceder así, despojaría a la vida humana de toda dignidad y crearía una raza de esclavos sin padres, madres ni arraigo) se le ocurrió un nuevo negocio: convertir los excrementos que sus distinguidas tripas producen en un alimento para las masas empobrecidas. Federica Jimena me contó, incrédula, que estaba como loco, canturreando que con su idea era el primero en descubrir la alimentación circular y vociferando al estilo Miley, con paroxismos gargamélicos y haciéndose el león, que le daba igual que se rieran de él o le llamaran loco, porque era un emprendedor y un visionario, y sabía que lo que parece ridículo acaba triunfando. Federica Jimena, jodona e histriónica como pocas, se deleitaba relatándome la conversación con pelos y señales, imitando incluso la voz porteña que Varchavsky había puesto en un determinado momento para contarle, animado, a su mujer (que acababa de llegar a casa) el gran descubrimiento:
—Che, Nina, fijate, primero se me ocurrió que la gente dejara de mantener relaciones sexuales para procrear y me pagaran a mí para que les hiciera los bebitos con una maquinita. Después monté un búnker para multimillonarios que nunca se va a usar pero que factura cada mes y ahora, haciendo de la necesidad virtud por culpa de estos hijos de puta, se me acaba de ocurrir que toda esta mierda, que es nutritiva, que proviene de una persona genial e inteligente, que tiene flora intestinal, pueda usarse para que la gente más necesitada se alimente. Cuando se lo cuente a Musk, Karp y Thiel van a quedarse muy sorprendidos y van a querer poner esta medida en marcha sin demora. Igual hasta le añaden un punto XXIII a su manifiesto para incluir esta idea tan piola como parte del futuro. Che, es fantástico, se pueden alimentar pobres y hasta clases medias venidas a menos de ciudades enteras con la mierda de personas sanas y geniales como yo. Es una alimentación sana: yo como bife, brócoli orgánica, salmón salvaje, rodaballo de las rías gallegas, caviar de esturión iraní, galletitas de quinoa, avena y chía, algas. Si alguien está enfermo de la tripa y necesita un transplante fecal, con esta comida ya ahorrará médico de por vida. Tú imaginate que convezco a todos los ricos del mundo para donar sus excrementos a un bajo precio, no sé, a veinte dólares semanales por consumidor. Es alimentación circular, Nina. Bueno para el mundo y para nosotros. Che, ¿no crees que soy un verdadero genio?
Federica Jimena, conteniendo la risa, me dijo que Varchavsky tenía ahora la intención de pasarse los ratos libres leyendo artículos de Brownstone España que revelen la perversidad de sus negocios para así cagarse a lo grande sobre un recipiente hermético en el que no se pierda ni un gramo de su elixir y medrar como emprendedor. Le pedí que le anunciara que le espera un futuro próspero, no solo porque nosotros no nos callamos, pues mandamos en nuestra hambre y tenemos dignidad, sino porque Carlos Sánchez está a punto de publicar un libro titulado El secuestro del pueblo judío que le permitirá a este querido defensor de la libertad de expresión gozar de mil y un retortijones gástricos.
Sobre el autor
David Souto Alcalde es escritor y doctor en Estudios Hispánicos por la Universidad de Nueva York (NYU). Ha sido profesor de cultura temprano moderna en varias universidades estadounidenses. Especializado en la historia del republicanismo y en las relaciones entre política, filosofía y literatura, en los últimos años se ha centrado en explorar los fundamentos del autoritarismo contemporáneo: tecnocracia, poshumanismo y globalismo. Es colaborador habitual de distintos medios y miembro fundador de Brownstone España.




Usted y Carlos Sánchez (sin menospreciar a otros) son imprescindibles. Gracias de todo corazón por sus artículos. Qué necesarios son para respirar entre tanta basura diaria... Ánimo.