La anarquía de la mentira
Entramos en la posverdad cuando nuestras creencias no se ven (apenas) afectadas por los hechos que las contradicen. Eso abre la puerta al nihilismo, al totalitarismo y al delirio colectivo.
«Nada es verdadero, todo está permitido», anota Nietzsche en su cuaderno, en la primavera de 1884. Inmediatamente antes escribe: «Signos de la mayor confusión». Efectivamente, si perdemos el sentido de lo que es verdadero o falso, lo perdemos todo, nos quedamos sin horizonte. Y, sin horizonte, pasamos a ser plenamente manipulables. A mitad de camino entre Nietzsche y nosotros, en 1951, Hannah Arendt concluye en The origins of totalitarianism (Los orígenes del totalitarismo):
El sujeto ideal del gobierno totalitario no es el nazi convencido ni el comunista entregado, sino la persona para la que ya no hay distinción entre hecho y ficción, entre verdadero y falso.
La propaganda ha ido triunfando sobre el conocimiento y el entretenimiento sobre la cultura. Hace casi medio siglo, Chomsky y Herman habían mostrado que los medios de comunicación siempre tienen un sesgo y generan un adoctrinamiento que a veces no es fácil de percibir:
El sistema de «lavado de cerebro en libertad», con los medios de comunicación de masas autocensurándose voluntariamente de acuerdo con los intereses del Estado, ha funcionado de manera brillante. La nueva línea de propaganda ha sido establecida con la repetición perpetua de las Grandes Distorsiones.
Estas palabras son de 1979 y se refieren sobre todo a la política exterior de Estados Unidos, pero se pueden leer también en clave contemporánea. Más recientemente, varios críticos habían señalado que la verdadera cultura estaba siendo erosionada por la sociedad del espectáculo, que oculta el latido de la realidad bajo una densa capa de fantasía, entretenimiento y falsas certezas. Las luminosas líneas que distinguían lo verdadero de lo falso se han ido borrando y en su lugar ha aparecido una niebla que llamamos posverdad.
En 2016 la palabra post-truth (‘posverdad’) fue escogida palabra del año por el Oxford English Dictionary. La prestigiosa obra lexicográfica la vincula a «circunstancias en que los hechos objetivos son menos influyentes a la hora de conformar la opinión pública que los llamamientos a la emoción y a las creencias personales». Doce años antes, Ralph Keyes reflexionaba sobre el hecho de que la mentira ha dejado de ser algo vergonzoso y es cada vez más empleada por los medios, las empresas y los políticos, en The post-truth era. Dishonesty and deception in contemporary life (‘La era de la posverdad: Deshonestidad y engaño en la vida contemporánea’).
Entramos en la posverdad cuando nuestras creencias no se ven (apenas) afectadas por los hechos que las contradicen. Eso abre la puerta al nihilismo (como preveía Nietzsche) y al totalitarismo (como veía Arendt). En términos de psiquiatría, abre la puerta al delirio colectivo, si seguimos el criterio que Jaspers estableció hace más de cien años al definir la creencia delirante como aquella que es defendida con absoluta convicción pese a que la realidad muestra repetidamente que es falsa. Si nada es falso, nada es verdadero y todo vale.
Este proceso de las sociedades capitalistas (más huxleyanas que orwellianas) tuvo un correlato en las sociedades del bloque soviético (más orwellianas que huxleyanas). Es lo que el antropólogo Alexei Yurchak llamó hipernormalización en su libro Everything was forever, until it was no more (‘Todo era para siempre, hasta que ya no era’, 2005). La «hipernormalización», por supuesto, algo tiene que ver con la «nueva normalidad».
Esta situación queda resumida de manera difícilmente mejorable en un pasaje de las memorias de Elena Gorokhova, A mountain of crumbs (Un montón de migajas):
Las reglas son simples: ellos nos mienten, nosotros sabemos que nos están mintiendo, ellos saben que sabemos que nos mienten, pero mienten de todos modos, y nosotros seguimos fingiendo que nos lo creemos.
La posverdad, repitámoslo, va de la mano con el nihilismo, el totalitarismo y el delirio colectivo. Un mundo feliz es un mundo que ha abolido la verdad y es efectivamente un mundo nihilista, totalitario e inmerso en el delirio colectivo. Ha abolido la verdad porque era un obstáculo para la eficiencia tecnocrática y para su escaparate de felicidad superficial. Fue necesario
pasar del énfasis en la verdad y la belleza al énfasis en la comodidad y la felicidad. La producción en masa pedía este cambio. La felicidad universal hace que vayan girando los engranajes; con la verdad y la belleza, no se podría.
Como explica el Controlador, antes «el bien supremo era el conocimiento, el valor supremo era la verdad». Ahora ya no. Al contrario: «La verdad es una amenaza, la ciencia es un peligro público». En este mundo tecnocrático se mantiene la ciencia que sirve directamente al poder, pero ya no hay ciencia como búsqueda desinteresada de la verdad. El Controlador lo dice sin tapujos:
Todo descubrimiento científico es potencialmente subversivo; incluso la ciencia ha de ser tratada a veces como un posible enemigo […]. La ciencia es peligrosa; hemos de tenerla cuidadosamente encadenada y con bozal.
Toda nuestra ciencia es solo un libro de recetas […] que no se permite que nadie cuestione.
En el prólogo a Un mundo feliz, Huxley señala que el tema de la obra es «el progreso de la ciencia en la medida que afecta a los seres humanos». Es decir, la posibilidad de que el progreso tecnocientífico, dirigido por una élite, se vuelva en contra de la humanidad y de la vida, como hoy vemos en la llamada Cuarta Revolución Industrial.
Del poder de las élites ya habíamos sido suficientemente advertidos. En 1936, el presidente Roosevelt denunció que «los monopolios empresariales y financieros, la especulación y la banca irresponsable» actuaban como si el gobierno fuese «un apéndice» de sus asuntos. Otro presidente de la gran potencia, Eisenhower, denunció en su discurso de despedida, antes de la toma de posesión de Kennedy, que sobre la democracia se cernía la amenaza del «complejo industrial-militar», es decir, de la alianza entre los intereses creados de la industria y del ejército:
Debemos protegernos contra la adquisición de una influencia indebida, buscada o no buscada, por parte del complejo industrial-militar. El potencial para el surgimiento desastroso de un poder indebido existe y se mantendrá.
Eisenhower, que había sido general de cinco estrellas en la Segunda Guerra Mundial, dirigió al mundo estas palabras el 17 de enero de 1961 (el mismo día que Patrice Lumumba, líder de la independencia del Congo, era asesinado con la complicidad de los servicios secretos belgas y de la CIA). Eisenhower advertía que «la revolución tecnológica» es «en gran medida responsable» de las dinámicas del complejo industrial-militar, porque hace que toda actividad se vuelva más compleja y más económicamente dependiente. Ello tiene efectos corrosivos en todo tipo de ámbitos, incluido el funcionamiento de la universidad:
La universidad libre, históricamente la fuente de las ideas libres y del conocimiento científico, ha experimentado una revolución […]. La perspectiva de que los académicos del país estén dominados […] por el poder del dinero está siempre presente y se ha de considerar seriamente.
Por ello, concluye, tenemos que estar atentos ante «el peligro de que las políticas públicas caigan en manos de una élite tecnocientífica». Los «monopolios empresariales y financieros» y el «complejo industrial-militar» denunciados, respectivamente, por Roosevelt y Eisenhower siguen en pie, pero su centro de gravedad se ha desplazado hacia el complejo tecnofinanciero.
La confluencia de la posverdad con los intereses del complejo tecnofinanciero tiene múltiples consecuencias. Crece la confusión e incluso se empaña el espejo de la ciencia.
Extraído del capítulo 17 de Pandemia y posverdad: La vida, la conciencia y la Cuarta Revolución Industrial, Fragmenta, Barcelona, 2021, p. 69-73.
Sobre el autor
Jordi Pigem es Doctor en Filosofía por la Universidad de Barcelona. Fue profesor del Masters in Holistic Science del Schumacher College (Inglaterra). Entre sus libros destaca una reciente trilogía sobre el mundo contemporáneo: Pandemia y posverdad (2021), Técnica y totalitarismo (2023) y Conciencia o colapso (2024). Desde 2025 es Fellow del Brownstone Institute y miembro fundador de Brownstone España.







Querido Jordi
No puedo estar más de acuerdo con tu reflexión. No obstante, la pregunta sigue siendo la misma: Qué podemos hacer los ciudadanos para revertir esa situación. No soy capaz de ver respuesta alguna.
Saludos cordiales