El Papa y la democracia
Si algo ha demostrado la visita de León XIV al Congreso es que el catolicismo puede convivir, mal que bien, con la democracia, pero que la democracia es incompatible con los valores católicos.
El catolicismo es indisoluble en las ideologías. La primera lección que podemos extraer del discurso que el Papa León XIV dio en el Congreso de los diputados hace apenas una semana es que el catolicismo, pese a haberse abrazado de manera suicida al liberalismo después del Concilio Vaticano II, sigue diferenciándose de la democracia en el hecho de que es una doctrina anclada en la defensa de la verdad y no en la perpetuación de trincheras ideológicas contrarias a la realidad y a la más elemental concepción de la justicia. La cáustica pero serena racionalidad de las palabras dirigidas por León XIV a los diputados españoles contrastó de manera abierta con el irracionalismo de las ideologías defendidas por estos, quienes intentaron envolver el mensaje papal en lodos partidistas, haciéndolo pasar, en el mejor de los casos, por estéril y banalmente buenista, y en el peor, por contrario a nuestro ordenamiento jurídico y a los intereses soberanos de la nación española.
Fue como si nuestros diputados hubiesen sido sometidos por una deidad arcaica que les introdujo el dildo constitucional setentayochista (en formato pergamino, para homenajear a la antañona democracia griega) por el más secreto y absorbente de sus orificios, manejándolo oportunamente a control remoto con el fin de que ante cada crítica a nuestras leyes este creciese en sus entrañas hasta confundirse con ellas y convertirlas en materia constitucional despojada de toda esencia humana. Entre las reacciones más orgullosamente dementes a los argumentos del Papa destacaron las defendidas por un amplio espectro de la esfera política y pública, que incluyó tanto a la izquierda representada por Podemos o el BNG, como a la derecha encarnada por gentes de orden como el presentador literato Vicente Vallés. Estos jenízaros de la democracia pusieron el grito en el cielo por el hecho que León XIV defendiese, en nombre de la dignidad humana, principios contrarios a nuestra legislación, criticando las leyes del aborto y la eutanasia. Tal escandalera evidencia el totalitarismo demócrata, pues no permitir al Papá defender la vida y la justicia ante negadores de la misma es igual que prohibir a cualquiera defender ante esclavistas o proxenetas la libertad natural de los seres humanos a los que tienen sometidos para su delectación (o lo mismo que impedir que alguien utilice la razón para afirmar que una persona trans es una persona trans, y no un hombre con vagina o una mujer con pene). De hecho, estos pindongos liberales, más preocupados por preservar la trampa polarizadora demócrata que por defender el bien común, no criticaron las palabras del Papa porque fuesen en contra de la dignidad humana, sino por enfrentarse a leyes que hacen del ser humano un vil e incómodo despojo.
No menos delirante fue la reacción de los diputados más nacional-españoles y catolicones, que se mostraron confusos ante la defensa que León XIV hizo de la Monarquía Hispana de los s. 16 y 17 y de su plural ecosistema cultural (desde la literatura aurisecular al pensamiento católico de la llamada Escuela de Salamanca) como un régimen garantizador de derechos humanos, de innovación jurídica en clave igualitaria y de creación de sistemas de control del poder civil y eclesiástico. Parece obvio que estos nacionalistas de pulserita rojigualda y calzoncillo sionista (cruzadistas todos de PlayStation) prefieren pensar en el Imperio español como una ideología romántica de conquistadores santos que a golpe de espada y arcabuz dominaron a los bárbaros, mostrando así que, como los liberalios irredentos que son, desearían pertenecer a un país de raíz anglosionista, supremacista y colonial.
Pero el inri de los inris, aquello en lo que el Papa ha hecho palidecer a todos los parlamentarios españoles, es en la superioridad de la institucionalidad católica, pese a su degeneración, con respecto a la demócrata a la hora de producir élites. La supremacía intelectual, retórica, discursiva y humana (en lo que a valores defendidos se refiere) de León XIV sobre cualquiera de los presidentes o diputados más insignes de nuestra democracia es tan apabullante como desoladora. Debería hacernos sonrojar, de hecho, comparar la meritocracia católica que ha llevado a una persona de orígenes humildes como Robert Prevost a formarse y llegar a Sumo Pontífice tras una dilatada y variada trayectoria, con la meritocracia demócrata que nos ha dado, no solo a burrócratas enquistados al sistema como Pedro Sánchez o Feijóo, sino también a marionetas como Gabriel Rufián, considerado por muchos caletres de conexión neuronal séptica como el mejor orador del congreso. Pensemos que Rufián, en los diez años que lleva en las cortes no se ha preocupado por mejorar su deficiente formación ni por elevar la zurullesca calidad de sus discursos; ha modificado únicamente su forma de vestir, pasando de lucir camisetas perroflautas a vestir elegantes y planchados trajes que lo convierten en un suerte de imitador millenial del demo-ilustrado Darío Villanueva, ex director de la RAE (solo que en lugar de presumir de retórica Varón Dandy y decir “a la sazón” cada dos frases, usa un vocabulario tabernario y se limita a mascullar, entre pausas impostadas, y separando mucho las sílabas, oraciones que nunca debieran dirigirse a ciudadanos adultos sino a personas con un notable retraso madurativo como “esto es una mierda” o “hasta luego, gángster, nos veremos en el infierno”).
La distorsión mediática de la encíclica Magnifica Humanitas
Insisto en el que el aspecto más revelador de la visita del Papa a España fue la nula repercusión que el contenido real de sus discursos tuvo en los medios de comunicación, obcecados en disolver su mensaje en el satanismo ideológico. De esta manera, cualquier ciudadano que no haya escuchado de primera mano alguno de los discursos de León XIV no tendrá ni la más remota idea de lo que ha realmente dicho, por muchas horas que haya dedicado a ver especiales sobre la visita papal o a leer las ingentes páginas dedicas a la misma en los periódicos. Este fenómeno de disolución de las verdades católicas en el espermicida ideológico es, sin embargo, más preocupante y está más extendido de lo que parece, pues en las últimas semanas incluso aquellos más críticos con la farsa demócrata desde las trincheras del periodismo de investigación han caído en el maniqueísmo ideológico a la hora de hacerse eco (y presuntamente analizar) la encíclica Magnifica Humanitas.
Debo reconocerles que yo mismo estuve a punto de picar en el cebo polarizador, dando por buenos los titulares que periodistas y divulgadores a los que admiro diseminaban vehementemente en redes, asegurando que León XIV se había puesto a los pies de los magnates de la IA mediante la asociación con Anthropic, que se había entregado al globalismo y a la Agenda 2030, o que establa blanqueando los más siniestros planes de la UE al reclamar que fuese el Estado, y no los padres, quien controlase que los menores de 16 años no accediesen a las redes sociales. Echando mano de la prudencia, decidí leer la encíclica con atención para descubrir, con no poca vergüenza ajena, que nada de lo que se decía era cierto, y que aquellos que echaban mano del amarillismo conspirador para desacreditar el texto lo hacían porque no eran capaces de comprender que Magnifica Humanitas no se basa en ideología alguna, sino en una serie de dogmas verdaderos sobre el ser humano.
Podemos, desde luego, desconfiar de las más que probadas inclinaciones luzbelinas de amplios sectores del Vaticano, que desde la pornocracia del s. 10 hasta la connivencia con la mafia y su presunta implicación en operaciones terroristas como Gladio en la segunda mitad del s. 20, hacen que tengamos que extremar la vigilancia ante sus desvíos de la moral católica. Pero sería iluso ignorar el papel de salvaguarda de verdades esenciales que ha tenido el papado, y no reconocer la importancia de reformas como la de Gregorio Magno, o de intervenciones puntuales como la que ahora ha promovido León XIV con respecto a las ansias pohumanas de la IA, o la que en su día llevó a cabo León XIII, desplegando en Rerum Novarum la doctrina social de la Iglesia para contrarrestar el cruento ataque de la Revolución Industrial a los principios humanos más básicos.
De hecho, si algo demuestra Magnifica Humanitas es que la doctrina católica es más necesaria que nunca para rescatarnos de las tinieblas luciferinas de las ideologías. En este sentido, la encíclica de León XIV es, si cabe, más valiosa que la de León XIII por una sencilla razón; a diferencia de aquella, es una voz en el desierto, que supera con mucho a las filosofías idealistas contemporáneas que exploran la relación entre democracia y técnica, como las de Sloterdijk, Habermas o Innerarity, pero que va más allá también de grandes textos críticos con la IA como los de Shoshana Zuboff o los de nuestro querido Jordi Pigem, pues al contrario de estos, extrae sus principios rectores de una doctrina milenaria unificada y centrada en la verdad.
No debemos olvidar, en relación con lo dicho, que la encíclica Rerum Novarum (1891) de León XIII vio la luz a destiempo, como una apostilla correctora a decenas de textos influyentes que las ideologías salidas de la hecatombe demócrata habían producido para paliar los desastrosos efectos producidos por esta. Pensemos, por ejemplo, que el Manifiesto Comunista (1848) se había publicado cuarenta y tres años antes, mientras que ¿Qué es la propiedad? de Kropotkin había visto la luz ya en 1840; o que la Primera Internacional (1861) se había celebrado treinta años atrás y que incluso textos fundamentales como la primera parte de El Capital (1867) o el incendiario Dios y el Estado (1882) habían visto la luz con notable anterioridad. Sin embargo, en lo que a la digitalización totalitaria y a la irrupción de la IA se refiere, no disponemos de ningún texto influyente producido por ningún partido político ni por intelectuales de influencia relacionados con estos; tampoco se han originado movimientos que combatan esta nueva e inquietante realidad. La única institución que ha dicho algo sistemático, coherente e iluminador al respecto ha sido la Iglesia Católica mediante la encíclica Magnifica Humanitas, cuyo contenido real está siendo sistemáticamente ignorado, cuando no silenciado.
Magnifica Humanitas apuesta por la doctrina social católica, que pone la dignidad humana en el centro, para examinar críticamente a partir de ella el proceso de destrucción humana que están promoviendo los grandes monopolios de la IA. Fruto de este análisis, la encíclica de León XIV apuesta, de manera recurrente, por la imperiosa necesidad de devolver el poder político arrebatado por el Estado a las familias y demás cuerpos intermedios de la sociedad (principio de subsidiariedad), se muestra totalmente contrario al globalismo tecnócrata, y alerta contra la intención de la IA de superar los límites humanos, recordándonos que es precisamente en nuestra “limitación” humana donde comienza nuestra grandeza.
Nos encontramos, en definitiva, ante uno de los ensayos más racionales e iluminadores de los últimos tiempos. Ninguna de las insidias levantadas contra este texto se sostiene, empezado por la que acusa a León XIV de plegarse a los intereses de Anthropic, gigante de la IA (cuyo cofundador, Chris Olah, estaba como representante del sector en la presentación de la encíclica). De hecho, los principios defendidos por los jerarcas de Anthropic (por ejemplo, las siniestras ideas poshumanas recogidas por Dario Amodei en Machines of Loving Grace) o por la propia empresa, no se encuentran validadas en la encíclica. Sucede exactamente lo contrario, pues León XIV impugna el totalitarismo poshumano de estas y también la apuesta de Anthropic por elaborar una constitución de la IA diseñada a golpe tecnócrata, pero basada en principios morales que defiendan lo humano, pues
“No serviría de nada una IA más moral, si esta moral es decidida por unos pocos. Se necesita una política más presente, capaz de ralentizar donde todo acelera, y de proteger los espacios en los que las comunidades puedan seguir participando e interrogándose (…). [L]as comunidades y los cuerpos intermedios no pueden ser reducidos a destinatarios de decisiones tomadas en otros lugares, sino que deben poder contribuir al discernimiento y a la vigilancia” (107)
Por otra parte, en lo relativo a un presunto apoyo a la Agenda 2030 y a la imposición de los principios de esta sobre los derechos políticos de las familias, la encíclica es clara, reclamando una y otra vez la necesidad de restaurar el poder político familiar, pues “los padres tienen el derecho primario e inalienable de elegir el tipo de educación y formación que se imparte a sus hijos, en coherencia con sus propias convenciones morales, culturales y religiosas”, razón por la cual, ante el panorama presente, “la educación hoy tiene retos impostergables” (143). En este sentido, prueba adicional de que Magnifica Humanitas adopta una retórica anti-globalista y anti-tecnócrata la encontramos en su rechazo implícito a la renta básica universal con la que los magnates de la IA quieren esclavizar al grueso de la población. Según León XIV, una sociedad que solo garantiza trabajo a unos pocos,
“expondría a muchos a una situación de inactividad forzada, de ausencia de responsabilidad, de falta de compromiso y de estímulos cotidianos, con consecuencias de empobrecimiento humano y cultural en contraste con el elevado nivel de desarrollo técnico” (149)
Sin embargo, si estas razones no fuesen suficientes para mostrar su cariz antitecnócrata, la encíclica critica además, de manera directa, el despotismo sanitario que están intentando llevar a cabo con la colaboración de la OMS y los gobiernos, grandes señores feudal-digitales como Bill Gates por medio de alianzas al estilo de GAVI. En este punto, León XIV afirma sin remilgos que “quien posee los datos sanitarios de poblaciones enteras, hoy recopilados a menudo bajo el pretexto de ayuda, de la investigación o la innovación, posee en realidad una palanca estructural sobre el futuro: puede moldear las necesidades y los mercados” (178).
No podemos dejar de mencionar, con todo, que Magnifica Humanitas ha ocasionado también polémica por su presunta anulación de la doctrina católica de la guerra justa. Esto se debe únicamente a que en los puntos referidos a las guerras del presente y al peligro de que una IA militarizada tome decisiones carentes de moral sobre las vidas ajenas, León XIV llama a superar ciertas concepciones de la guerra justa, refiriéndose de manera concreta al contexto actual del suicida rearme europeo contra Rusia, en donde “la opinión pública se orienta y acostumbra progresivamente a narrativas mediáticas polarizadas, a menudo amplificadas por algoritmos que valoran el enfrentamiento y la oposición” (190).
Sin embargo, si hay un elemento disruptivo en Magnifica Humanitas es el que atribuye al catolicismo como antídoto al satánico veneno poshumano y a sus falsas promesas de superación de la muerte y los límites humanos mediante la IA. León XIV deja claro que el principal problema de nuestros tiempos algorítmicos es que
“Todo lo que representa un ‘límite’ —incapacidad, enfermedad, ancianidad, sufrimiento, vulnerabilidad— tiende a ser leído principalmente como un defecto que hay que corregir, más que como un espacio en el que el ser humano madura y se abre a la relación. En cambio, debemos recordar que el ser humano no florece a pesar del límite, sino a menudo a través del límite” (118)
Adoptando un tono más espiritual, la parte final de la encíclica reclamará, por eso, la figura de Cristo como aquella que nos permite renunciar a la distópica pretensión de querer hacernos falsos dioses a cambio de entregar, paradójicamente, nuestra libertad y capacidad de raciocinio a los jerarcas de la IA, pues “En Cristo comprendemos que el hombre está llamado a ser colaborador de la obra de creación, y no espectador resignado ante los procesos tecnológicos que limiten su libertad y su responsabilidad” (230). En un tono religioso que no deja de ser político por el contexto nihilista y deicida en el que se inserta, León XIV culmina su llamada a desarmar la IA y recuperar la dignidad humana, recordándonos que es iluso pretender asaltar los cielos a costa de despreciar nuestra humanidad, cuando tenemos un Dios que ha bajado a nosotros y se ha hecho humano para redimirnos:
“En las promesas del transhumanismo y de algunas corrientes posthumanistas, que persiguen una humanidad potenciada y casi desencarnada, reconocemos un deseo que nos interpela: la necesidad de una vida más plena, menos expuesta a la fragilidad y al sufrimiento. Pero la Encarnación abre un camino diferente. Mientras las ideologías antiguas y nuevas empujan al hombre a la superación técnica del límite y a elevarse por encima de los demás para afianzar un dominio, el misterio del Hijo de Dios que entra en nuestra condición narra un movimiento opuesto: el Dios vivo que desciende a nuestra historia para liberarnos de toda esclavitud, asume nuestra debilidad y la transforma en lugar de salvación. No hay un momento ni una condición humana que no sea digno de Dios.” (232)
El peligro de protestantización ante el renacer católico
Habiendo llegado al estado de descomposición actual de las democracias (que pretenden morir matando al lanzar a modo de bomba atómica sobre las poblaciones del planeta el totalitarismo tecnócrata que llevan inscrito en su ADN) podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que nos encontramos en tiempos similares a los de la irrupción del cristianismo. En otras palabras, la verdad católica es más necesaria y liberadora que nunca, tanto en Occidente como en el resto del mundo. El camino racional que pretende abrir el Papa León XIV es el único posible, aunque está plagado de peligros que el propio pontífice asume de manera incierta cuando en la parte más cuestionable (pero apenas cuestionada) de su magnífica encíclica defiende (no sabemos si de manera retórica o real) el giro liberal dado por la Iglesia católica tras el Concilio Vaticano II e intensificado durante el pontificado de Jorge Bergoglio, quien actuó como una especie de Atila woke-evangélico con capa pluvial. Como debiera ser obvio en estos momentos terminales del régimen demócrata, el catolicismo puede llegar a ser compatible con la democracia o con cualquier otro régimen político, pues defiende principios verdaderos, pero la democracia es irreconciliable con el catolicismo, al que desvirtuará o destruirá por completo. Dicho de manera más clara: no tiene sentido criticar la deriva inhumana y deicida de la técnica, y no cuestionar el régimen político que la ha hecho posible,
Entendemos que León XIV debe ser prudente y alejarse de toda actitud soberbia. El papel que debe desempeñar es muy complicado, alejándose de extremismos y defendiendo verdades imperecederas. El presunto renacer católico que nuestras sociedades están experimentando como respuesta lógica a la crisis de valores y al nihilismo rampante que padecemos es uno de los mayores peligros. La esfera pública española es buena muestra de ello, pues en medios y redes sociales podemos ver como el sentido común se ha abandonado y se apuesta por dos polos contrarios de defensa de lo católico que son enteramente protestantes. Por una parte, tenemos a los que podríamos denominar como espiritistas new age, que ocultando un sincretismo filosófico y religioso desnortado, se entregan a discursos dalailamescos de contemplación y trascendencia tan banales como heréticos. Pero, por otra parte, nos encontramos a los rigoristas, que podríamos denominar como prepucistas (es decir, judío-protestantes del revés, forofos de la idea de comunidad elegida). Los prepucistas, que andan todo el día con el prepucio en la boca como señal distintiva de los católicos, pretenden ser ultramontanos, carlistas o incluso sedevacantistas, pero representan un afán puritanizador del catolicismo. Nos encontramos ante paramilitares de la fe que hacen de la virtud negocio público, habiendo olvidado las alertas contra el fariseísmo del Sermón de la Montaña.
Por eso, si algo necesitamos recuperar en estos tiempos poshumanos de desconcierto y totalitarismo digital, es el Jesús radicalmente humano pero divino que nos alerta contra todos los que nos quieren dirigir como si fuesen dioses, cuando no son más que seres humanos que no están dispuestos a reconocer y aceptar la naturaleza trascendente pero igualitaria que comparten con todos nosotros. En este sentido, parece indiscutible que la democracia, en todas y cada una de las formas que ha adoptado en los últimos tres siglos de predominio protestante, es la gran causante de este desbarranque civilizatorio que pude conducirnos al suicidio colectivo y que está produciendo ingentes dosis de soledad y sufrimiento personal. Los valores católicos debieran revivir para llevarnos a un mundo diferente, pero dejando de lado la totalitaria lógica estatal demócrata y devolviendo el poder, como pide León XIV, a familias y comunidades. Puede parecer una solución inocente y hasta banal, pero es el más justo y radical de los principios.
La incompatibilidad entre democracia y catolicismo
En definitiva, no está de más insistir en que si algo ha dejado claro la reciente visita del Papa León XIV al Congreso de los Diputados español es que el catolicismo, en tanto que depositario de verdades esenciales, puede convivir, mal que bien, con la democracia, cuya miseria moral a menudo deja en evidencia, pero que la democracia, pese a toda su fanfarria igualitaria y humanitaria, es irreconciliable con el catolicismo, al que intenta amordazar y aniquilar. De creer en la mitología demócrata de la fraternidad, la libertad y la igualdad deberíamos preguntarnos cómo es posible que se produzca tal incompatibilidad, pues si algo defiende el catolicismo es la dignidad humana y la igualdad radical de todos y cada uno de los seres humanos en tanto que hechos a imagen y semejanza de Dios (imago dei).
La respuesta es sencilla.
La democracia nunca ha dejado de ser una herejía protestante, integrista y anti-igualitaria, creada para servir a los intereses inhumanos de la Revolución Industrial con un objetivo claro: borrar de la memoria colectiva la revolución del amor propiciada por el catolicismo desde los inicios de la Edad Media hasta el Barroco. La propia elección del término democracia, rescatado de manera reaccionaria desde una Grecia clásica que nada tenía que ver con las ansias y teorías republicanas europeas anteriores a la Ilustración, evidencian este ruin propósito.
Piensen, si no me creen, que una de las primeras medidas tomadas por los reformadores protestantes que hoy se veneran como profetas de la yihad demócrata fue impugnar el disruptivo principio legal católico que permite a dos personas bautizadas casarse sin autorización paterna, con solo manifestar un consentimiento que sea libre y mutuo. En este sentido, y por más que se intente ocultar, la presunta modernidad protestante que culmina en el régimen demócrata (sea en su versión estadounidense o francesa) se caracteriza por imponer una vuelta al mundo vetotestamentario anterior a la irrupción de los Evangelios, restaurando arcaicos derechos patriarcales contrarios a la revolución católica del amor y la igualdad, entre los que destacará el divorcio (caramelo envenenado de la democracia con el que se infantiliza y destruye dementemente a las familias), los matrimonios concertados o la imposición de policías de la moral matrimonial.
Prueba de esta guerra de la democracia contra los principios igualitarios católicos (antitéticos a la noción protestante de comunidad elegida), la encontramos, no solo en la totalitaria historia de la democracia, desgranada por un servidor en varios artículos, sino en la primera de sus manifestaciones, es decir, en la Gloriosa Revolución llevada a cabo en Inglaterra en 1688. Si algún objetivo tuvo este primer intento de edificar un parlamentarismo moderno de carácter irremediablemente oligárquico fue acabar con el catolicismo inglés y sentar las bases de la Revolución Industrial mediante la expropiación puritano-progresista de las tierras comunales (los llamados cercamientos o “enclosures”) a la mayor parte de la población. Este trágico proceso, que se repetirá en España con consecuencias fatales para el pueblo más de dos siglos después con la llegada del parlamentarismo liberal y culminará con las despiadadas desamortizaciones de Pascual Madoz en 1852, continúa activo hoy en día. De hecho, podemos afirmar que desde entonces la democracia de raíz protestante se ha impuesto a modo de virus infeccioso en España, induciendo una trágica esquizofrenia moral y política en la población (una crisis de valores típicamente nihilista) que se ha hecho esperpénticamente visible en nuestra esfera pública tras la visita de León XIV la semana pasada al Congreso de los Diputados. Una visita que, confiamos, embargados quizás por una dosis excesiva de esperanza, marque un antes y un después.
Sobre el autor
David Souto Alcalde es escritor y doctor en Estudios Hispánicos por la Universidad de Nueva York (NYU). Ha sido profesor de cultura temprano moderna en varias universidades estadounidenses. Especializado en la historia del republicanismo y en las relaciones entre política, filosofía y literatura, en los últimos años se ha centrado en explorar los fundamentos del autoritarismo contemporáneo: tecnocracia, poshumanismo y globalismo. Es colaborador habitual de distintos medios y miembro fundador de Brownstone España.




Estimado David. Si he leído correctamente tu artículo, no solo criticas a los políticos sino que elogias la figura del actual Papa. Legítimo.
Por lo que respecta al Papa y su discurso en el Congreso, permíteme que exponga lo que una persona que conozco, que estudió durante años en un seminario y que es profundamente cristiano, pero muy crítico con la Iglesia católica, me comentó sobre dicho discurso: "Si se hubiese centrado en temas y principios universales y no hubiese sacado a relucir la doctrina de la Iglesia habría estado bien. Ha sido una lástima que no haya aprovechado esta ocasión para ofrecer otra imagen de la Iglesia (por ejemplo, practicando la maravillosa virtud de la humildad al reconocer públicamente los graves errores y abusos de miembros de la Iglesia española y pedir perdón por ello) y para demostrar con sus palabras la puesta en práctica de una enseñanza del Evangelio común a todas las religiones que se precien: NO JUZGAR. ¿Y cómo ha juzgado el Papa? Pues precisamente al mencionar en sede parlamentaria el tema del aborto y la eutanasia. Para mí ha sido una falta de respeto. Por supuesto que el aborto y la eutanasia son contrarios a la doctrina de la Iglesia, pero si un pueblo como el español, mayoritariamente no católico ni creyente, agnóstico o indiferente, ha aprobado a través de sus representantes unas leyes que permiten a las mujeres que así lo deseen abortar en determinadas circunstancias y a otras personas poner fin a sus vidas voluntaria y conscientemente, un Papa no tiene por qué mentar el tema dando a entender que ese Parlamento se ha equivocado. Dios nos ha dado el libre albedrío. Dios quiere que lo ejerzamos y que si nos equivocamos podamos vivir las consecuencias de esa equivocación. Si una mujer decide abortar y una persona decide poner fin a su vida, será en la otra cuando pueda tomar conciencia de su error. ¿Demasiado tarde? No. Tenemos un montón de vidas para rectificar y compensar. Esa debería ser la actitud no ya del Papa, sino de cualquier creyente. Respeto absoluto sin el más mínimo juicio o crítica negativa a las decisiones de los demás.
Como verás, sobre gustos colores
Muy apreciado David: me pregunto si a la hora de señalar la coartada socio-política que nos mantiene en el engaño de ser "ciudadanos libres" [con derecho a introducir un inservible trozo de papel higiénico en un tupperware c/cuatro años]; en lugar de democracia se podría utilizar "neoliberalismo". Para así describir con mayor precisión el aparato ideológico y baluarte institucional del modo de producción capitalista.
Porque abomino de esta funesta democracia "representativa"; pero, ¿tal vez la "participativa" podría aportar algo similar a un plebiscito que atendiese demandas legítimas de la sociedad civil?
Sé que resulta ingenuo; pero la única opción [mi preferida] es la libertaria en su etimología original como sinónimo de acracia o anarquía.
Y es que a la gente le resulta más fácil pensar en el fin del mundo que en el fin del capitalismo.
Por eso, el cibercapitalismo arrasa.
Por cierto, te la jugo el corrector y donde quisiste poner "veterotestamentario" te puso vetotestamentario.
Gracias
😇
🙏
Y es que a la gente