Cae la luz, se alargan las sombras
Los apagones hace medio siglo eran más frecuentes y menos graves. Hubiéramos supuesto que el progreso no era esto.
Sean cuales sean las causas del mayor apagón de la historia de la Península (no afectó a las Baleares, las Canarias o las Azores) podemos contemplarlo como síntoma de algo de mayor alcance y calado.
Cuando crecía, a finales de la dictadura, los pequeños apagones eran frecuentes. La única consecuencia solía ser que te quedabas sin televisión (en blanco y negro) o que, al caer la noche, había que encender velas (siempre las había, preparadas). Dependíamos mucho menos de la electricidad. Internet ni siquiera existía (o solo como proyecto militar). Más de medio siglo después, los apagones son menos frecuentes. Pero cuando ocurren, como este lunes, tienen consecuencias mucho más graves. Hubiéramos supuesto que el progreso no era esto.
Cuanto más sofisticada una tecnología, también es más frágil. Mi abuelo conducía un camión y sabía reparar la mayoría de averías. Cuando las herramientas eran sencillas, uno mismo sabía repararlas. Hoy son extraordinarias, pero solo saben arreglarlas los especialistas. Y mientras no funcionan crean una intemperie antes desconocida. El progreso tecnológico brinda una vida más fácil, pero en realidad nos vuelve más vulnerables.
Hoy tenemos más información y más poder tecnológico que nunca, pero tenemos también más confusión. Todo apunta hacia un progreso tecnológico cada vez más increíble, en el sentido estricto de que cada vez es menos creíble.
Los filósofos que más atención han prestado a la tecnología concluyen que no es un simple instrumento que nosotros utilizamos. Hay un momento en que la tecnología se nos escapa de las manos, toma el volante y a partir de entonces somos nosotros quienes somos usados por la tecnología. Jacques Ellul afirma:
Todo acontece como si el sistema técnico creciera por una fuerza interna, intrínseca y sin intervención decisiva del ser humano.
Reflexionando sobre la creciente imposición de visiones mecanicistas y deshumanizadoras, el psiquiatra y filósofo Iain McGilchrist escribe que
estamos atrapados por algo más grande que nosotros, que nos cuenta que solo quiere nuestro bien para poder controlarnos mejor.
Hoy toda nueva tecnología es bienvenida, acríticamente, por el simple hecho de que es nueva. Y si tiene efectos negativos, creemos dogmáticamente que el mismo progreso tecnológico los resolverá. No podemos confundir ingenuamente lo “nuevo” con lo bueno. El fallecido Papa Francisco, lúcido en algunas cosas, menos en otras, escribió en Laudato si’:
Se tiende a creer “que todo incremento del poder constituye sin más un progreso, un aumento de seguridad, de utilidad, de bienestar, de energía vital, de plenitud de los valores”, como si la realidad, el bien y la verdad brotaran espontáneamente del mismo poder tecnológico.
La frase entrecomillada es del teólogo y filósofo Romano Guardini, quien ya en 1950 señalaba que “la superstición burguesa de creer en la fiabilidad intrínseca del progreso se ha resquebrajado”. Hacia 1950, después de Auschwitz e Hiroshima, cuando quedó claro que la tecnología puede empoderar la inhumanidad, la idea de que la historia es un camino irreversible de progreso había empezado a ser, como mínimo, cuestionable. Esa idea de progreso lineal, de hecho, habría resultado incomprensible para las culturas tradicionales, incluidos los antiguos griegos (y los renacentistas, que aspiraban a volver a los modelos de la cultura clásica). A partir de entonces, pensadores como Arendt, Jaspers, Sábato, Tolkien, Heidegger, Horkheimer, Adorno, Guardini, Mumford, Schumacher, Ellul, Illich, Panikkar y otros, de opiniones dispares en otras cuestiones, expresaron su preocupación por el camino que tomaba el mundo.
Occidente soñó que surcaba el océano de la Historia, a bordo del Progreso, hacia un horizonte de Prosperidad, Libertad y Fraternidad. Había tempestades, perdíamos el rumbo, pero a la larga el avance era, o parecía, innegable. Entramos en aguas del siglo XX y aparecieron escollos imprevistos (guerras mundiales). La fe en el progreso se mantuvo, pero el horizonte fue cambiando.
Ahora ya no estamos tan seguros de adónde nos lleva el Progreso. Perdimos el norte. Ya no estamos en un océano, sino en los rápidos de un río revuelto, entre aguas que se van acelerando como si nos acercáramos a una cascada. El sueño empieza a ser pesadilla: aunque saltemos del barco la fuerza de la corriente nos lleva hacia la caída (co-lapso: caída conjunta) en el abismo. Queda siempre una opción: despertar del sueño y de la pesadilla, despertar a una conciencia más amplia y más lúcida, darnos cuenta de que barco, océano y río están hechos de lo mismo que el pensamiento y la imaginación.
Sobre el autor
Jordi Pigem es Doctor en Filosofía por la Universidad de Barcelona. Fue profesor del Masters in Holistic Science del Schumacher College (Inglaterra). Entre sus libros destaca una reciente trilogía sobre el mundo contemporáneo: Pandemia y posverdad (2021), Técnica y totalitarismo (2023) y Conciencia o colapso (2024). Desde 2025 es Fellow del Brownstone Institute y miembro fundador de Brownstone España.







