Borges y la supuesta inutilidad o capacidad crítica de los intelectuales
La supuesta resistencia de las humanidades al poder es una farsa. Hoy una gran mayoría de intelectuales europeos innegablemente colaboracionistas animan a las multitudes a ir a la guerra.
En cierta ocasión me inquirieron sobre un cuento de Borges, titulado «Pierre Menard, autor del Quijote». Dije lo que pienso: ese cuento de Borges es una soberana tomadura de pelo. Sirve para que con él se entretengan teóricos de la literatura de alto voltaje, cuyo objetivo es resolver problemas que no existirían si no existiera la Teoría de la Literatura. Borges es una castalia de sofismas. Un venero de ocurrencias para teóricos y parásitos de la literatura. Es muy rentable. Una cita de Borges queda bien en cualquier parte. Sirve para todo porque no sirve realmente para nada.
Cuestiones de este tipo nos induce a hablar también de la supuesta utilidad o inutilidad de los intelectuales y su indumento académico, las denominadas «humanidades».
A las humanidades se las considera inútiles, en muchos casos, porque los propios humanistas ―o intelectuales― son también así, inútiles. La mayor parte de los humanistas ni son humanistas ni son nada, y no sirven ni a las lenguas ni a las literaturas, ni absolutamente a nada ni a nadie. Son parásitos. Hoy ser profesor de literatura es ser lo de siempre. Hay profesores de literatura muy bien formados, pero son poquísimos. Como siempre ha ocurrido. La mayor parte son personas rábulas, inútiles, irresponsables incapaces de resolver cualquier tipo de problema. Esto es una realidad totalmente innegable. El fracaso de las humanidades es resultado del fracaso de quienes se dedican a ellas. La mayor parte es gente que no sirve para nada, y se mete en esta profesión, la de profesor de literatura, para disimular su inutilidad. Es una forma de parasitismo.
La crisis de la clerecía ha provocado un crecimiento del parasitismo humanista y académico. La gente ha cambiado el seminario por la universidad. La filosofía es una secularización de la religión. Las Iglesias están vacías y las Facultades de Filosofía están saturadas de gentes que en otro tiempo no serían otra cosa que seminaristas. En una generación más, esto también habrá cambiado, y los llamados filósofos se dedicarán a la autoayuda, es decir, a vender humo. De hecho, la filosofía siempre ha vendido humo: lo que ha cambiado es su clientela.
Primero han sido los creyentes en dioses, divinidades y criaturas metafísicas. Es la etapa en la que la filosofía está al servicio de la religión. Después, con el triunfo de la Ilustración y de la razón secular, la filosofía se pone al servicio del Estado y de las ideologías políticas. Sus nuevos clientes son los votantes y los partidos políticos: las creencias ya no religiosas, sino políticas.
Los nuevos dioses son los estadistas, los superhombres, los duces, Führer y caudillos. Hoy, agotados todos los productos religiosos y políticos, la filosofía vende el humo de la autoayuda. Son los nuevos clientes. De buscadores de dioses, los filósofos han pasado a ser inventores de superhombres, y hoy, actúan como ingenieros de la felicidad y otras monsergas por el estilo. Eso es la filosofía: un timo atractivo y seductor, con atavío académico, retórica solemne y un lenguaje casi onírico y quimérico. El resultado es una forma acomodada de ejercer la pseudociencia.
Del mismo modo, cuando me hablan de literaturas o arte comprometidos, o de la resistencia de los intelectuales al poder, confieso que no sé realmente de qué me hablan. Y no lo sé porque para poder suscribir algo así, como esa crítica que dice dirigirse contra el poder, o ese compromiso o adhesión con ideas que se enfrentan al poder, tendría que saber a qué se resisten o enfrentan las actuales humanidades y sus representantes, los intelectuales, y cuáles son sus contenidos y contra qué se oponen. ¿A qué se enfrentan? ¿Qué critican realmente?
Yo en las humanidades y en los humanistas, en los intelectuales, por usar el término más convencional, solamente veo colaboración con el poder. Concretamente, con el poder que más calienta. Un poder cambiante y mutante, por supuesto, al igual que los intelectuales y humanistas, perfectos heliotropos del amo de cada época y lugar.
En realidad, veo todo lo contrario a resistencia: constato sumisión, obsecuencia y servilismo. Hoy cualquiera de nosotros puede observar que bajo el rótulo de «humanidades» cabe cualquier cosa: filosofía (pero... ¿qué filosofía?, porque unas son incompatibles con otras), ideologías (pero... ¿qué ideologías?, porque hay muchísimas, y casi todas luchan también unas contra otras), credos, fideísmos, culturas, indigenismos, fanatismos y hasta religiones... Por lo tanto, habrá que delimitar muy bien cuáles son los contenidos de esas humanidades de las que hablamos.
Por otro lado, observo igualmente que quienes dicen hablar en nombre de las humanidades son gentes bien acomodadas en el sistema, trabajan en colaboración con diferentes poderes. Veo, sin ser visionario, profesores de universidades del primer mundo muy bien pagados por un aparato político e ideológico que los promociona, edita y galardona globalmente. Por eso me pregunto, no sin razones, en dónde está esa resistencia, y contra quién se ejerce.
La supuesta resistencia de las humanidades es una farsa, un idealismo, un autoengaño, un timo o un mito, si se permite el anagrama. Muchos humanistas ―no generalicemos acríticamente― viven en perfecta consonancia con el poder. Hoy, como ayer. No necesitan oponerse ni resistirse a nada. No hay ninguna razón para ellos ni para ello. Hoy una gran mayoría de intelectuales europeos animan a las multitudes a ir a una guerra. Lejos de rechazar la guerra, estos intelectuales exigen que Europa se rearme, y agitan a las masas a guerrear. Pero no veo que ninguno de estos intelectuales se haya alistado en ningún ejército ni frente de guerra. ¿Dónde está, entonces, la resistencia de las humanidades? Yo sólo veo colaboracionismo de estos humanistas con el poder político.
Si tanto quieren proteger al pueblo de una guerra, en lugar de animarlo a guerrear, deberían ser ellos quienes lo defendieran alistándose en el ejército que consideren oportuno. ¿Por qué no rehabilitan, con el ejemplo, la clásica tradición de las armas y las letras? Si quieren guerra, que vayan ellos al frente de guerra, pero que dejen al pueblo en paz, nunca mejor dicho. Porque hoy el pueblo sabe que la guerra es la distancia que separa a los idealistas de la realidad. Y lo saben mejor que todos esos intelectuales y humanistas que incitan a la guerra en tiempos de paz. Hoy, como ayer, muchos de estos intelectuales ―insisto en no generalizar― son los mayores idealistas de una sociedad. Y los idealistas son los más peligrosos recursos humanos de cualesquiera totalitarismos. Son sus fuerzas armadas básicas.
Sobre el autor
Jesús G. Maestro es un profesor y catedrático de Universidad especializado en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, que ha trabajado como teórico y crítico de la literatura y como editor y traductor. Es autor de tres obras de referencia: Crítica de la razón literaria (2017-2025, 25 vols.), Ensayo sobre el fracaso histórico de la democracia en el siglo XXI (2024) y Una filosofía para sobrevivir en el siglo XXI (2025).








Pero, ¿no eres tú uno de ellos?
Me admira la vehemencia del artículo, y estoy en parte de acuerdo. Solo si consideramos como intelectuales a quienes están en el mercado. Afortunadamente, queda un cierto margen -cada vez más estrecho- para pensar sin recompensa directa y prostituyente. Quiero pensar que hay esperanza, y Borges sigue pareciéndome un escritor maravilloso.