Alejamiento
Los años enseñan que la historia no está hecha únicamente de héroes, mártires o coherencias inquebrantables, sino de seres humanos sometidos a circunstancias abrumadoras.
Los años acumulados, la perspectiva que otorga el tiempo y un cierto hábito de introspección intelectual, alimentado por un bagaje humanístico diverso, permiten comprender con mayor hondura los conceptos de evolución y de tiempo histórico, aquellos que tan arduos me resultaban cuando, en la Facultad de Letras, abordábamos cuestiones de epistemología. Mi trayectoria como historiador —más o menos profesional y siempre a tiempo parcial— que ya supera el cuarto de siglo, unida a más de cuatro décadas de vida adulta como testigo de múltiples acontecimientos, lector constante y analista del tiempo vivido y del pretérito, proporciona una cierta ventaja a la hora de enfrentarse a fenómenos de notable complejidad. No se trata, sin embargo, de ningún privilegio extraordinario. Como solía advertir a mis estudiantes de comunicación: “dispongo de algo que ustedes aún no poseen: perspectiva histórica. Ahora bien, no se preocupen: para alcanzarla no hacen falta especiales méritos ni habilidades; basta acumular años con paciencia y estoicismo, y soportar la incomprensión de generaciones más jóvenes que todavía carecen de ella”.
Con frecuencia resulta imposible sustraerse a la propia experiencia —biográfica y académica— al mirar hacia atrás. Y uno de los fenómenos que más me fascinaba como historiador —en mi caso, del convulso y sugerente universo libertario— era, precisamente, el transcurrir del tiempo. Nada es tan mutable como la historia y la experiencia humana. A menudo permanecemos anclados en el hecho histórico desnudo. La huelga de La Canadiense de 1919, sobre la que escribí en su momento, constituye un buen ejemplo. Tanto entre quienes ven en la historia un instrumento para reforzar convicciones y edificar mitologías colectivas, como entre colegas del gremio que convierten memoria e historia en armas políticas, tendemos a fijar imágenes icónicas, estables, casi inmutables: obreros de la CNT deteniendo el transporte, desafiando al Somatén o a las cargas de la Guardia Civil; o Salvador Seguí arengando multitudes en la Plaza de Las Arenas para que regresasen al trabajo tras el compromiso gubernamental de implantar la jornada de ocho horas. Sin embargo, esas imágenes —como los instantes y los recuerdos— se desvanecen como lágrimas en la lluvia. Del mismo modo que los cuentos infantiles concluyen con un episodio más o menos feliz, pero omiten la continuidad vital de sus personajes, también la historia posee una corriente subterránea que no siempre percibimos, un fluir constante que modela sin pausa el presente y el porvenir.
Seguí fue asesinado apenas cuatro años después de aquella escena memorable. Con treinta y cinco años, aquel dirigente sindical y pensador autodidacta se desvaneció definitivamente, relegando al “noi del sucre” a la condición de icono simbólico. Entretanto, la vida continuaba para sus amigos, seguidores, asistentes a sus mítines o lectores de sus escritos, casi siempre en direcciones inesperadas. Algunos transitaron del anarcosindicalismo al comunismo, o a Esquerra Republicana, o al socialismo, o al independentismo; otros se retiraron a la vida privada; y no faltaron quienes, paradójicamente, engrosaron poco después las filas del Sindicat Lliure, los mismos que perpetraron su asesinato. Estas derivas respondían a una combinación inasible de razones: convicción, oportunismo, azar o mera supervivencia. Si la vida es larga, la existencia es una negociación permanente con el contexto histórico y con las circunstancias personales que nos rodean. La historia, las ideas, la política, la vida misma… nunca constituyen bloques monolíticos. El conocimiento, ya provenga de la filosofía, de la literatura o de la experiencia callejera, debería enseñarnos que el mundo es intrínsecamente complejo y que la mayor parte del tiempo navegamos en solitario entre incertidumbres y contradicciones.
Quizá —aunque ello suponga sumarme a esta tendencia tan contemporánea de la literatura del yo— deba hablar de mí. Siempre he albergado, o padecido, cierta inclinación crítica, un sentido espontáneo de la justicia que ha operado tanto en el ámbito ético como en el social. Siempre fui antifranquista, defensor de la libertad personal y colectiva, del derecho a la autodeterminación y de la necesidad de combatir las desigualdades. En una cultura habituada a distinguir con nitidez entre el bien y el mal, trataba de situarme en el primer polo. Los años demuestran, sin embargo, que tras los grandes titulares se esconde un espacio minucioso —esa letra pequeña— que conviene escrutar con atención.
Recuerdo, como anécdota significativa, una mañana de 1986 en el auditorio de la Facultad de Letras de la Universidad Autónoma de Barcelona, en uno de aquellos actos que nuestros profesores organizaban con la esperanza de enriquecernos culturalmente y convertirnos en testigos de un mundo que se desvanecía ante nuestros ojos. Se conmemoraba entonces el cincuentenario de la Guerra Civil, y habían preparado una suerte de mesa redonda con antiguos combatientes. Aún puedo evocar la perplejidad de un veterano brigadista internacional sueco, desorientado en una Barcelona que no pisaba desde la despedida de las brigadas en el otoño de 1938. O el testimonio de un suizo que relataba cómo, al regresar a su país, tuvo que pasar una temporada en prisión, pues la legislación helvética prohibía expresamente servir bajo una bandera ajena.
Sin embargo, la intervención que más me perturbó fue la de un participante con el inconfundible acento de las Tierras del Ebro. Su relato chocaba con mis convicciones juveniles. Casi cuatro décadas después, no sabría precisar los detalles exactos, pero debió de romper mis esquemas preconcebidos —inevitables en un joven de veinte años— y manifestar esa visión maniquea que entonces me guiaba. Durante el turno de preguntas formulé una cuestión malintencionada: quise saber en qué bando había combatido. El hombre, que debía rondar los setenta años, respondió con serenidad que en ambos. Había sido reclutado por la República como conscripto obligatorio, y en plena batalla del Ebro —como tantos otros— había cambiado de bando. Había dado ese salto de trinchera que innumerables seres humanos han dado a lo largo de la historia, en tiempos de guerra y también en tiempos de paz.
No recuerdo con exactitud mi reacción, pero puedo deducir —a la luz del conocimiento acumulado posteriormente— que individuos sin un armazón ideológico sólido optaron por cambiar de bando movidos por convicción, oportunidad o necesidad. En su caso, un joven que jamás había salido de su pueblo, sin formación política y consciente de la inferioridad militar de los suyos, debió de inclinarse por la supervivencia. Los años enseñan que la historia no está hecha únicamente de héroes, mártires o coherencias inquebrantables, sino de seres humanos sometidos a circunstancias abrumadoras.
Todos aquellos hombres que participaron en aquella mesa redonda han debido de fallecer en las décadas transcurridas. Por ello estamos moralmente obligados a recuperar su perspectiva, a integrarla y a transmitirla a quienes se resisten a aprender de la experiencia de los mayores. Se trataba de individuos que habían debido sobrevivir a uno de los múltiples tsunamis de la historia, como también nos ocurre a nosotros y les ocurrirá a quienes nos sucedan. Cuatro décadas después, mis convicciones esenciales —el antifranquismo, la fe en la libertad personal y colectiva, el compromiso con la lucha contra las desigualdades— permanecen sustancialmente intactas, aunque la letra pequeña de la vida haya complejizado mis posiciones. Mi identidad política, como la de la mayoría, se mantiene en lo fundamental, aunque haya adoptado matices diversos con el tiempo.
Siempre me he considerado alguien con un compromiso político activo, no en el sentido partidista —jamás milité en organización alguna—, sino en el sentido aristotélico de participación en la polis: mediante el voto (al que nunca he faltado), mediante la implicación cívica, mediante la expresión pública de mis ideas, especialmente en mis escritos. También he mantenido conversaciones directas con numerosas personas con responsabilidades institucionales, a menudo en calidad de lobista, con la intención de influir en sus decisiones o, cuando menos, de prevenir errores innecesarios. Mi condición de historiador, más simbólica que efectiva, ha resultado ser sorprendentemente útil.
Con el tiempo, sin embargo, he ido alejándome de aquellos espacios en los que antaño me sentía relativamente cómodo. Quizá yo he cambiado. Quizá ellos han cambiado. Quizá, sobre todo, han cambiado las reglas mismas de la política. Como sujeto, podría inclinarme por las dos primeras hipótesis; como académico, me veo conducido a la tercera. Con frecuencia, la política —especialmente cierta izquierda, aunque también la derecha más extrema— ha ocupado el vacío que dejó la religión, convirtiéndose en un ámbito donde la fe prevalece sobre la razón y la ideología sobre la realidad empírica. Como en determinados rasgos de la tradición marxista, cuestiones que antaño eran objeto de deliberación se han transformado en catecismos cerrados, en los que disentir es sinónimo de herejía. El culto a la personalidad, el maniqueísmo simplista y la propensión a dividir entre ortodoxia y heterodoxia han generado un clima poco propicio para la discusión racional.
Hace una década formé parte de las listas de la CUP como independiente, en un puesto deliberadamente simbólico. En aquel momento me pareció un gesto adecuado: existía la posibilidad de una mayoría independentista capaz de impulsar una República que yo concebía —y sigo concibiendo— como un imperativo moral kantiano. Mi antifranquismo me conducía a romper con el régimen nacido del testamento del dictador y cristalizado en la Constitución. La autodeterminación es, a mi juicio, un valor absoluto, equiparable a la defensa de los derechos humanos. Y, en ese contexto, una izquierda que yo creía liberada de las inercias marxistas —corriente que siempre he rechazado por su ADN totalitario— permitía imaginar una alianza de clases temporal que posibilitase la fundación de un nuevo Estado. Los historiadores, quizá por deformación profesional, sentimos cierta fascinación por participar, aunque sea de manera tangencial, en los procesos que podrían devenir históricos.
Pero los acontecimientos siguieron su curso y el cambio no se produjo. Aquel espacio político, que en un primer momento me había parecido prometedor, terminó decepcionándome, del mismo modo que yo probablemente decepcioné a quienes no compartieron mis posturas. Como suele ocurrir, el desamor es la consecuencia natural de un cúmulo previo de equívocos. La izquierda anticapitalista, como otros actores del proceso, entró en una deriva autodestructiva, adoptando discursos importados del ámbito académico estadounidense —decolonialismo, análisis simplistas de la inmigración, determinadas concepciones sobre el género y las “disidencias sexuales”, o debates estéticos como el de la llamada “gordofobia”— que alejaron la reflexión política de la realidad material y la condujeron hacia un moralismo identitario de difícil encaje en la tradición emancipadora clásica. Todo ello, acompañado de cierta tendencia inquisitorial a etiquetar como fascista a quien no suscribe íntegramente el paquete ideológico, contribuyó a erosionar un proyecto que pretendía regenerar y terminó por fragmentarse.
Como tantas otras personas, he experimentado en los últimos años un distanciamiento progresivo. Una evolución hacia lo que denomino —consciente de la paradoja— “conservadurismo de izquierdas”: una defensa de ciertos valores republicanos elementales (libertad, igualdad, fraternidad) combinada con un sentido clásico del bien y del mal, y con una lectura atenta de la letra pequeña del mundo contemporáneo. En un entorno político obsesionado por las identidades, donde se fomenta la culpabilidad en virtud de rasgos biológicos o culturales, y donde las luchas públicas oscilan entre la defensa acrítica de causas extremas y debates performativos sobre símbolos o espacios, la actitud conservadora adquiere hoy, paradójicamente, un carácter subversivo.
En una era marcada por el emocionalismo amplificado por las redes sociales, donde el desplazamiento infinito de pantallas alimenta una excitación permanente y superficial, percibo en mí un retorno a la introspección de la infancia, cuando en clase de religión nos invitaban a practicar el llamado “examen de conciencia”. Un ejercicio íntimo y silencioso de reflexión sobre actos y pensamientos. Quizá no sirviera para las hipotéticas vidas ultraterrenas a las que aludían entonces, pero sin duda sirve —y mucho— para la existencia real: para vivir con lucidez el presente, para comprender mejor el pasado y para vislumbrar, siquiera tenuemente, los contornos del futuro.
Y en medio de este alejamiento creciente, permanece la pregunta sobre si he sido yo quien ha cambiado o si ha cambiado el mundo en direcciones insospechadas. Como recordaba el añorado Josep Fontana, “el futuro es un país extraño”. Y, quizá por ello, exige de nosotros una mezcla de prudencia, memoria y coraje intelectual.
Xavier Diez (Barcelona, 1965), Historiador, escritor y articulista en diversos medios. Doctor en historia, ha sido también profesor, y publicado diversos libros de ensayo y narrativa. Entre sus últimos libros destacan Una historia critica de les esquerres (El Jonc), L’escola: espai en destrucció (El Martell), El anarquismo individualista en España (1923-1938) (Virus editorial) y El pensament polític de Salvador Seguí (Virus editorial).








Estimado Xavier Diez, felicitaciones por su texto que me hice pensar. Convergimos en mucho. Si tuviera su contacto gustaria de incluirlo en mis correspondientes.Boaventura
El antifranquismo sin Franco, la superioridad moral, la pedantería... Muy interesante tdo.